
Hemos aludido a la lucha inevitable entre la revolución terminada y la revolución en curso, y la lucha titánica sociopsicológica entre las clases satisfechas y las insatisfechas de la sociedad burguesa. Ambas alusiones describen precisamente la pregunta a la que los nacionalismos europeos y los imperialismos nacionales eran la respuesta efectiva en ese momento, es decir, la pregunta de mediante qué estrategias y medios de comunicación de masas sería realmente posible tener un número tan enorme de personas, como los Estados nación modernos hospedan, para convencerlos de su contexto social prioritario —más allá de todas las diferencias de satisfacción e insatisfacción, más allá de las grandes y exiguas pensiones, más allá de lo proletario y lo burgués—.
En cuanto a la historia francesa, evidentemente el ingenio comunicativo y comunitario de Napoleón fue el de posicionarse como un símbolo vivo de la integración frente a las rudas masas de su país. Le habló a su nación como un líder carismático, al que se le permitió prometerles a todos los franceses el equitativo acceso a las imaginarias pensiones de la grandiosidad. De ahí su lúcida observación: “Estaba seguro de que hasta el último baterista lo entendería”, y de ahí su fría visión de las nuevas condiciones cuantitativas y cualitativas de la era nacional-imperialista: “Somos treinta millones de personas que estamos unidas a través de la ilustración, la propiedad y el comercio”. Por supuesto, también podría haber dicho: somos y seguiremos siendo treinta o cuarenta millones de franceses que estamos fundamentalmente divididos sobre la cuestión de si la novela de la revolución terminó o si su capítulo decisivo todavía está por escribirse. Treinta, cuarenta millones de personas —esos son números que el primer cónsul pronuncia como en un trance, porque estas masas imponentes son las que vale contar en una suma consistente—. Sin embargo, estos millones activos, curiosos, desbordantemente inteligentes y suspicaces están, como lo asegura Napoleón, “unidos” —lo escuchamos bien, están unidos—, y si el corso decía la verdad, están unidos solo por el triple vínculo de la ilustración, la propiedad y el comercio. No obstante, como podemos ver más claramente en retrospectiva, se resumen más rápidamente en la hipnosis napoleónica misma, en la fascinación heroica de su personalidad, que, a pesar de todos los esfuerzos por mantener una actitud civil sutil, aún prometía aventura, grandeza y tragedia. El corso sabía perfectamente lo que ocultaba o no enfatizaba en ese momento: que él mismo, con sus cualidades tanto cívicas como románicas, era la única droga que podía provocar el trance de esos treinta millones, mucho más allá de lo que el comercio, la propiedad y la ilustración podrían generar en cuanto coherencia y convergencia entre los franceses o entre quienes fueran. Fue él mismo, el director artístico del teatro de los destinos de Europa, quien brindó a sus compatriotas esa fluidez de emociones plásticas, a través de las cuales los grandes pueblos modernos pueden unirse para formar comunidades vibrantes de atención y exaltación, independientemente de todos los conflictos de intereses y preocupaciones regionales.
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Damas y caballeros, en lo que respecta a los asuntos alemanes de noviembre, se llegó a una conclusión preliminar hace ocho años con la caída del Muro de Berlín. Uno podría opinar que el 9 de noviembre de 1989 fue el reconocimiento tardío del discurso napoleónico oculto de brumario, y que ahora la tardía y ladeada nación de los alemanes finalmente se puso al día con lo que se dijo con autoridad en ese momento: hemos terminado la novela de la revolución, y con la novela también la larga farsa del internado autoritario, que apareció como el segundo Estado alemán. Sin embargo, los discursos políticos que quedaron grabados en nuestra memoria desde esos días, curiosamente, ya no hablaban de revolución y normalización, y menos aún de la diferencia entre poesía y prosa en la existencia de la nación satisfecha-insatisfecha. Más bien hablaban —sin duda alguna, todos ustedes todavía lo recuerdan como si hubiera sido ayer— de pertenecer a un mismo grupo y crecer juntos. Damas y caballeros, puedo asumir que la memoria de Willy Brandt es, entre nosotros, una sublimidad sagrada. La reputación de este insólito político alemán descansa sobre unos cimientos tan buenos y honorables que puedo tomarme la libertad de hacer una pregunta escéptica a su famoso discurso de noviembre, sin tener que sospechar que uno de nuestros pocos monumentos positivos vaya a ser sacudido. Ahora lo que pertenece al mismo tronco crece junto: quiero preguntarle a este discurso maravillosamente redondo y clásicamente ingenuo si debe su éxito al hecho de que se pronunció en un momento en que esos tonos estaban desactualizados y las ideas subyacentes estaban vaciadas —en una época en que la mayoría de la gente en Europa Occidental y Central había empezado a enojarse por todo lo que tenía que ver con pertenecer al mismo tronco y especialmente con crecer juntos—. No solo estoy pensando en la crisis general de solidaridades que irrita a todas las sociedades avanzadas, porque no hay ninguna que ya no tenga que sufrir los indeseables efectos secundarios psicopolíticos de su transición a relaciones sociales altamente mediadas por el dinero; pienso aún más en las condiciones cambiantes de los medios de comunicación y la nueva evidencia geográfico-económica que hoy en día se está discutiendo por todas partes bajo el título de globalización. ¿Qué significa en un mundo tan desgarrado, mediatizado y movilizado que un grupo específico, nacional e histórico crea conocerse a sí mismo y confiese que pertenece a una misma unidad y no quiera cambiar, por nada en el mundo, seguir viviendo en instituciones comunes? ¿Cómo pueden pertenecer a un mismo conjunto ochenta millones de personas? ¿Qué significa el optimismo de Brandt de que en la causa alemana crece junto lo que pertenece al mismo tronco, después de que este algo político haya sido tan notablemente diferente durante medio siglo y se haya enfrentado entre sí? ¿Qué tipo de plantas serían las que quisieran describirse a sí mismas de una manera tan patética, a lo largo de generaciones de separaciones, como pertenecientes, cohesivas e idénticas a las raíces? ¿Son las naciones modernas algo así como plantaciones políticas, donde se atraen a seres vivos inteligentes, como las grandes plantaciones de vino y té conocidas por su nombre? ¿Cómo deberíamos imaginarnos los invernaderos de tal integración política y social, y cómo se construyen estas casas, si es que existen? ¿Cómo se construyen estos grandes interiores políticos, estos interiores nacionales? ¿Cómo se climatizan, qué cultivos producen, quién se encarga de su eliminación?
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