
“Fue básicamente un editor y por eso pertenece a la historia de la cultura argentina contemporánea”, dijo Juan Sasturain. Hablaba de Daniel Divinsky, su amigo, el hombre que se burlaba de que lo llamaran “el mítico editor”, el que publicó durante décadas Mafalda, el que sacó los libros de Rodolfo Walsh, el creador de Ediciones De la Flor. Lo dijo en la Feria del Libro, en un acto que fue mitad homenaje mitad presentación de Manual Divinsky de Literatura contemporánea, el ebook gratuito que publicó Infobae Ediciones con las reseñas que el editor escribió para este medio durante dos años.

Manual Divinsky de literatura contemporánea
eBook
Gratis
Divinsky, que murió en 2025, había nacido en Buenos Aires en 1942 y era abogado. Empezó a editar porque leía mucho y porque el derecho no lo satisfacía. En 1966 fundó Ediciones de la Flor junto a Oscar Finkelberg, con el nombre que les sugirió Pirí Lugones: “Ustedes quieren una flor de editorial”, les dijo la periodista, escritora, traductora. Y por ahí fueron. La paradoja es que, justamente en esta feria, la editorial anunció que cierra. Divinsky se había apartado de ella en 2015, tras separarse de Kuki Miler, quien fue su mujer y su socia.
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Bajo el sellode De la Flor, Divinsky publicó a Quino —y con él a Mafalda, que se convirtió en uno de los fenómenos culturales más duraderos de la lengua española—, a Rodolfo Walsh, a Umberto Eco con El nombre de la rosa, a Vinicius de Moraes, a Italo Calvino, a George Orwell, a Sándor Márai, a Pablo de Santis, a Guillermo Saccomanno, a Juan Sasturain con Perramus, y a decenas de autores que, en muchos casos, no existían como tales para el mercado antes de que Divinsky los eligiera. Durante la dictadura, él y Miler -para el mundo intelectual argentino, “Kuki”- fueron presos por la publicación del libro infantil Cinco dedos, cuya historia de dedos que forman un puño no gustó a los militares. Salvo esos años de prisión y exilio, la editorial estuvo en todas las ediciones de la Feria del Libro desde la primera.

El acto, coordinado por Patricia Kolesnicov —editora de Infobae Ediciones y autora del prólogo del ebook—, reunió a Sasturain, a la investigadora Judith Gociol y al periodista Patricio Zunini, que trabaja en una biografía de Divinsky. Fue -como señaló Sasturain- el único reconocimiento que la Feria número 50 le tributó al editor.
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Tres voces, tres retratos del mismo hombre. Sasturain lo definió como “un lector desaforado, apasionado, que después editaba libros, que acaso podía haberlos escrito”. Gociol recordó que Divinsky se describía a sí mismo como “un escritor solapado” y que esa frase contenía, a la vez, un chiste y una verdad. Zunini, que lo frecuenta a través de los testimonios de quienes lo conocieron, dijo que era “un proselitista de la lectura” y que el título de trabajo de su biografía es El editor del caos.
Sasturain: “Inventó su catálogo”
Sasturain fue directo al señalar que la grandeza de Divinsky no residía en haber publicado a autores ya consagrados. “Se dice que editó autores tan importantes como Quino y Fontanarrosa. No. Editó a Quino y a Fontanarrosa, que a través de su publicación se convirtieron en importantes. La gran virtud de Divinsky fue que inventó su catálogo", afirmó.
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Para entender esa audacia, Sasturain situó a Divinsky en su momento histórico. A fines de los años sesenta, la editorial Jorge álvarez había “cambiado la cara a la edición en la Argentina” desde una cuadra entre Corrientes y Lavalle. De ese seno nacieron Ediciones de la Flor, Galerna y Tiempo Contemporáneo, entre otras. Todas innovaron, todas publicaron autores que no habían tenido lugar antes. Pero Divinsky sostuvo esa apuesta durante cincuenta años.
“Es fácil decir: ‘Y bueno, está bien, Divinsky vivió cincuenta años de Quino y Fontanarrosa’. No, no, no, compañero. De ninguna manera. Fue un editor extraordinariamente audaz, genuino, que trabajó a partir del gusto de la lectura y el gusto de la publicación”, dijo Sasturain. Y enumeró: Calvino, Orwell, Márai, los humoristas uruguayos —Wimpi, Leo Masliah, Juceca Castro—, Mario Levrero, Martín Kohan, Flavia Tomaello. “Abras donde abras donde abras el ebook, vas a encontrar a alguien que él conoció y que quiere que vos conozcas”.
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Lo que Sasturain destacó del Manual Divinsky fue el modo en que el editor hablaba de esos autores. “Cuando habla de Orwell o de Calvino, no subestima al lector. Tiene la amabilidad y la inteligencia de ser absolutamente didáctico. No supone ningún conocimiento previo por parte del lector. Te lo ‘vende’, literariamente, a partir de su propio entusiasmo y te explica de qué trata, qué cuenta y qué significa“, dijo. Y señaló que Divinsky también contaba en qué circunstancias había leído a cada autor, lo que convertía cada reseña en un recuerdo personal además de una recomendación.
Sasturain leyó el libro en dos horas antes del acto y cerró con una síntesis: “Antes que nada, ¿qué fue Daniel? Fue un lector. Un lector desaforado, apasionado, que después editaba libros”.
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Gociol: “Un escritor solapado”
Gociol, investigadora de la historieta argentina, cofundadora del Archivo de Historieta y Humor Gráfico Argentinos de la Biblioteca Nacional y autora de La historieta argentina: una historia explicó que su vínculo con Divinsky comenzó cuando escribió la cronología de Toda Mafalda —“una vez dije ‘todo Mafalda’ y me corrigió; muy de él ese gesto de no dejar pasar los errores”— y derivó en una relación de afecto. “Fue para mí una suerte de papá laboral”, dijo.
Organizó su intervención en torno a una frase que Divinsky repetía cada vez que le preguntaban si le gustaba escribir: “Soy un escritor solapado”. Gociol la desmenuzó en dos capas. La primera alude al prejuicio de que un editor en el fondo querría haber sido escritor. Para refutarlo, recordó que junto a Liliana Szwarcer -la última esposa del editor- encontraron versiones manuscritas y mecanografiadas de un cuento policial titulado El arresto, firmado por Daniel Jorge Divinsky en 1957, cuando tenía alrededor de quince años. El texto arranca así: “Un coche policial frenó en seco en la esquina del rancherío. El cabo Gómez sacó la cabeza por la ventanilla y miró alrededor. ‘No se ve ni al perro’, dijo con su acento de cañaverales tucumanos. Para hacerse notar, ladró a lo lejos un perro lúgubre y adormilado”. También hallaron un guion cinematográfico del secundario, una carta de lectores al diario Clarín, una reseña del libro El marxismo, de Henri Lefebvre, publicado por Eudeba en 1961, y un panorama de la actividad cultural de Buenos Aires enviado a Ángel Rama en Montevideo para que lo publicara en Marcha. “Creo que a Divinsky le gustaba escribir, o al menos comunicar lo que le interesaba compartir con otros desde tiempos remotos”, señaló Gociol.
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La segunda connotación de “solapado” era la más literal: durante años Divinsky fue el encargado de escribir las solapas y contratapas de los libros de Ediciones de la Flor, ese sello “atendido por sus propios dueños”, como le gustaba decir. Desde esa perspectiva, las reseñas reunidas en el Manual Divinsky tienen, para Gociol, “el espíritu de esas contratapas: son claras, precisas, no demasiado extensas, sin alarde de conocimiento, aunque se perciba que el conocimiento está, y sobre todo contagian el entusiasmo y la curiosidad”.
Divinsky se reconocía a sí mismo como un lector compulsivo. Gociol lo citó: “Los adictos somos aquellos que, terminado un libro, nos abalanzamos sobre el siguiente. Una de las consecuencias de ese hábito es que a menudo nuestra memoria va borrando lo leído, sobre cuyos textos se sobreimprimen los que se leen después”. Pero Gociol aclaró que eso, en su caso, era más una pose literaria que una realidad: “Tenía una memoria prodigiosa, capaz de citar de memoria a autores o partes de libros y de reseñar libros leídos veinte años antes sin volver a hojear los ejemplares. Era un lector minucioso que sopesaba cada término”.
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Gociol cerró su intervención con la última reseña del libro, dedicada a Proteo, del novelista Morris West, un libro que figuró en la muestra sobre censura del pabellón 8 de la Feria porque fue prohibido por la dictadura. West novelizó lo que ocurría en la Argentina de 1978 y 1979: la historia gira en torno a un periodista desaparecido y su compañera rescatada de un campo de exterminio. Divinsky cerraba esa reseña con una frase que el público interrumpió con aplausos: “A cuarenta años —ahora serían tres más— de la recuperación de la democracia, estos textos sirven de bienvenidos recordatorios ante tanto negacionismo imperante”.
Zunini: “El editor del caos”
Zunini planteó una pregunta que él mismo respondió: ¿fue Divinsky un buen o un mal editor? Zunini reconoció que la editorial se fortaleció durante décadas con las ventas de Quino y Fontanarrosa —“De de dos mil ejemplares, pasó a vender doscientos mil en una tarde”—, pero señaló que esa base económica le permitió a Divinsky publicar el primer libro de Pablo de Santis, el primero de Guillermo Saccomanno y el segundo de Caparrós, entre muchos otros. “Publicó a un montón de jóvenes que después terminaron siendo grandes figuras y que no hubieran tenido lugar si no era por un tipo como Divinsky”.
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Su respuesta a la pregunta fue afirmativa. “Lo vamos a recordar como un gran editor porque es el tipo que hizo que la literatura argentina dejara de mirar al grupo Sur y empezara a mirar hacia otro lado, que tomó esa vanguardia de Jorge álvarez y la llevó adelante", dijo. Y agregó una dimensión que atravesó toda su investigación: “Creo que era un tipo que tenía fe en los libros, pero tenía una fe que es más que la fe de Borges. Lo que creo es que Divinsky tenía una fe en creer que los libros podían hacer un cambio y creo que lo mantuvo hasta el día en que se murió”.
Zunini también describió a Divinsky como un promotor silencioso de la lectura. Contó que en la Feria de Monterrey una periodista lo fue a entrevistar porque Divinsky le había recomendado su libro. “Nunca me lo dijo. Nunca me dijo nada. La tipa llegó a Buenos Aires y él le dijo: ‘Tenés que leer a este tipo’. Era un promotor de la lectura continuamente", relató.
Al momento de las reflexiones de cierre, Zunini evocó una foto del escritorio de Divinsky —repleto de hojas y papeles— con un cartelito que decía: “Un escritorio ordenado es síntoma de enfermedad mental”. “El título de trabajo de mi libro se llama El editor del caos, porque me pareció que era un tipo caótico. Genialmente caótico", dijo.
Sasturain cerró con gratitud: “Si vamos a enumerar nada más que la poesía que publicó, es impresionante. Publicó a Paul Eluard, a César Fernández Moreno, al primer Lamborghini, a Mayakovsky. Publicó la Antología de poesía norteamericana, de Pound a Bob Dylan. Por donde lo agarres. Gracias, Daniel, por todo lo que leímos“.
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