
Una investigadora argentina ha puesto patas arriba la historia de la lexicografía del español. Tras un llamativo hallazgo y un intenso análisis documental, Cinthia Hamlin afirma que el primer diccionario en castellano no es el que hizo Antonio de Nebrija hacia 1494-1495, sino que el pionero fue el humanista Alfonso de Palencia, fallecido en marzo de 1492.
“Ya no es Nebrija el autor del primer vocabulario en castellano. Sí sigue siendo importantísimo porque es el autor de la primera gramática (...) Pero ya no se puede decir con tanta propiedad que es el primer lexicógrafo de nuestra lengua. Ahora se sabe que fue Alfonso de Palencia”, cuenta la filóloga medievalista.
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La experta nunca había imaginado que, al bucear en la librería de la Universidad de Princeton (EEUU), descubriría la existencia de dos hojas que habían sido insertadas en un ejemplar de otra obra de Palencia -el Universal Vocabulario en Latín y en Romance, publicado en 1490- pero que no pertenecían a ese diccionario, sino a un desconocido incunable, como se conoce a los libros imprimidos entre la invención de la imprenta y comienzos del siglo XVI.
El primer folio contiene un prólogo castellano-latino en el que el autor -anónimo- dedica su “vocabulista” a la reina Isabel la Católica.
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Y el segundo recoge 77 palabras en castellano y sus descripciones en latín del vocabulario anunciado en el primero, que según la investigación de Hamlin, publicada en el último Boletín de la Real Academia Española (RAE), coincide con el vocabulario de un manuscrito anónimo guardado en el Monasterio del Escorial, de fines de siglo XV, pero del que se desconocía su fecha exacta y que ahora es atribuido a Palencia y considerado el primer vocabulario con el castellano como protagonista que llegó a imprenta.

Cómo empezó todo
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Corría inicios de 2018 cuando la filóloga, en su periplo en Princeton, necesitaba aclarar una duda sobre un ejemplar de Pedro Fernández de Villegas (1453–1536) con el que estaba trabajando, y contactó con el curador de la colección, quien le sacó otro tema a colación.
“Me comentó que tenía estos folios, y me preguntó si los quería ver”, rememora la argentina, que sacó fotos del material y comenzó a analizarlo en profundidad al volver a Buenos Aires en marzo de ese año.
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La primera parte de la investigación, que hizo junto con su colega Juan Fuentes, sirvió para datar la impresión de ambas hojas (1492-1493 en Sevilla), al identificar los tipos móviles con los que se elaboró -”cada imprenta tenía los suyos”, recuerda Hamlin- y la referencia a Isabel como reina de Granada, último bastión islámico que los reyes recuperaron en 1492.
“Leyendo sobre vocabularios antiguos, (Juan) llegó al dato de que existía un manuscrito en El Escorialde que existía un manuscrito en El Escorial de fines del XV sin fecha precisa, porque la letra manuscrita es mucho más difícil de fechar con precisión. Y nos dimos cuenta luego de cotejarlo que el texto que nosotros tenemos en el fragmento impreso coincidía con esa parte del manuscrito, en el que hay un vocabulario completo”, enfatiza.
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Y la segunda parte fue la identificación del autor, un trabajo mucho más largo, centrado en el cotejo de fuentes lexicográficas, incluyendo, además del manuscrito de El Escorial, el Universal Vocabulario, que es el diccionario de latín que el mismo Palencia publicó en 1490.
Un estudio “profundo” de los documentos y de las citas que se usan así como de “los errores comunes” que prueban que hay dos textos que están emparentados: “Es como encontrar un rasgo del ADN que prueba que uno es hermano de otro”, recalca la experta.
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Impresión póstuma
Según la Real Academia de la Historia, Alfonso Fernández, presentado como historiador, secretario y consejero real, nació en Palencia en 1423 y murió en Sevilla en marzo de 1492. Y adoptó como propio el nombre de su ciudad natal.
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Hamlin, que integra el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina, señala que los folios hallados en EEUU deben datarse entre 1492 y 1493, por lo que se concluye que alguien de su entorno encontró su obra, la asumió terminada y promovió su impresión.
La argentina matiza que el prólogo, que “generalmente” es “lo último que se escribe” -y que el manuscrito no tenía-, fue hecho, al llegar a la imprenta, por alguien “intentando imitar” el estilo del autor palentino.
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La filóloga relata que el bibliófilo inglés Richard Heber compró en el siglo XVIII ese incunable de 1490 donde se encontraron los folios, y fue subastado en Londres en 1834. “Y ahí es que lo compra un filólogo en Berlín que donó su biblioteca a la Universidad de Princeston”, subraya.
Históricamente se ha considerado el Vocabulario Español-Latín de Antonio de Nebrija (1494-1495) el primer diccionario de castellano impreso, algo que Hamlin refuta en su estudio en favor de Palencia.
“Tenemos especialistas que han leído los trabajos y han concluido que esto es así con seguridad y que ahora se ha cambiado el rumbo. Pero quién sabe si dentro de cinco años se encontrará otra cosa, un diccionario anterior...”, concluye la argentina, que desea que su trabajo motive más estudios sobre el vocabulario del palentino.
Fuente EFE
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