
¿Qué hacer con la literatura?
“LITERATURA” es una palabra que, diga lo que diga el diccionario, admite tres acepciones:
1) La acumulación de obras escritas que forman lo que se llama “la literatura argentina”, “la literatura francesa” o “los tesoros de la literatura universal”. ¿Qué hacer con esa literatura? Evidentemente, leerla. ¿Por qué leerla? ¿Quién debe leerla?
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Hay que hacer una distinción entre la literatura y los libros en general. Estos son el repositorio del saber, hasta ahora el más eficaz, completo y ordenado. De ahí viene la presión social por que se lea y el prestigio de la lectura. Esa presión y ese prestigio desbordan de los libros y benefician a la literatura propiamente dicha. Pero ese beneficio es una mixed blessing. Porque la literatura como tal es una rama peculiarísima del saber, que suele estar contra el saber común. Empieza donde termina el saber y suele ir en dirección opuesta, desvirtuando las certezas que pudo dar el saber.
De ahí que yo, que no dudaría en recomendarles a los jóvenes que lean libros, buenos libros de historia, de filosofía, de ciencias, no me apresuraría a recomendarles que lean literatura, y no sé por qué se hace tan generalmente y con tanto ahínco esta recomendación.
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Yo diría entonces que debe leer el que quiera hacerlo, por su propia voluntad individual y a sabiendas de que no va a obtener ningún provecho práctico y está embarcándose en una actividad antisocial, ociosa y solitaria.
La literatura no es obligatoria. Podemos prescindir de ella y llevar una vida útil y feliz. De hecho, es una de las pocas cosas no obligatorias que van quedando, y en ese sentido se parece más a un gesto de resistencia que a la contribución al bien social que hace a un buen ciudadano. De ahí que resulte un tanto incongruente la promoción de la lectura que suele hacerse desde el poder establecido. Incongruencia atenuada por la sospecha de que los que ejercen el poder no hacen lo que predican, y es gracias a eso que ejercen el poder.
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2) La segunda acepción de “literatura” es la institución que acoge a escritores, lectores, maestros, críticos, editores, congresos. ¿Qué hacer con esta “literatura”? Es lo que deberíamos recordar aquí, ya que estamos en una manifestación de este aspecto institucional.
En el centro de esta cuestión hay una ambigüedad, o una contradicción, o en todo caso una dialéctica. La literatura como tal se hace y se consume en la soledad individual, con los elementos más íntimos del individuo. Esto vale tanto para la forma como para el contenido, para las intenciones como para los resultados, para las experiencias que serán expresadas como para los elementos de expresión. La lengua, que es lo compartido por excelencia, se hace literatura al sufrir la torsión personal que rige el capricho y el gusto. La experiencia histórica, lo mismo. Casi podría definirse a la literatura como esa individualización o personalización de lo que nació para ser compartido.
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De lo cual resulta una cierta incomodidad. Cuanto más compartimos, más nos estamos alejando de las fuentes solitarias de las que surge eso que compartimos. Proust crea su obra encerrado en su dormitorio. Pasan cien años, y Proust es una agencia de colocaciones que da trabajo a profesores, traductores, editores, biógrafos, historiadores. Quizás está bien que sea así.
¿Qué hacer, entonces, con la institución “literatura”? No sé. No tengo por qué saberlo. Si me lo preguntan, yo diría: nada. Porque en ese sentido la pregunta tiene una resonancia inquietante, como cuando se pregunta “qué hacer con los judíos”, o “qué hacer con el sexo”, como si se tratase de cosas con las que hubiera que hacer algo, y el que tuviera que hacerlo fuera un poder difuso y benévolo que tendría que poner un orden donde no lo hay y a indicar direcciones en lo que va a la deriva.
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3) La tercera acepción es la de “literatura” como arte, el arte que practican los escritores, como hacen música los músicos, pintura los pintores, cine Godard. Todos sabemos más o menos lo que es la literatura en ese sentido, o creemos saberlo, y podemos pasarnos la vida discutiendo al respecto sin terminar de ponernos de acuerdo. De hecho, es lo que hacemos. Esta es la acepción que está en juego cuando decimos, por ejemplo refiriéndonos a Isabel Allende o Harry Potter, “eso no es literatura”. E infaliblemente opinamos que “esto sí es literatura” de lo que hacemos nosotros, lo que devalúa bastante la clasificación. Y esta acepción es la que sirve de garantía y piedra de toque para las otros dos, porque suponemos que las acumulaciones canónicas de “literatura argentina” o “tesoros de la literatura universal” se harán con genuina literatura como arte, y que será esta, y no la otra, la materia de la que se ocuparán profesores, críticos y demás funcionarios de la institución “literatura”.
Pues bien, ¿qué hacer con esta “literatura” de la tercera acepción, la literatura como arte? Evidentemente, escribirla.
Pero ahí, donde la tomamos a cargo los escritores, la pregunta empieza a transformarse, y creo que esa es la respuesta al fin de cuentas: nuevas preguntas, que a su vez se responden con otras preguntas, en un circuito interrogativo que se muerde la cola y es el mandala que nos mantiene aislados, por no decir protegidos, de toda certidumbre. ¿Por qué escribir? ¿Cómo escribir? ¿Qué escribir?
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*Artículo publicado en Calidoscopio (revista literaria), año I, n° 1, noviembre de 2003, pp. 25-26. Lima
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