Cómo alimentar el fuego de la literatura con talleres y encuentros de lectura

Virginia Cosin, Jorge Consiglio, Santiago Craig, Vivi Katz y Santiago Llach conversaron con Infobae Cultura sobre esos espacios de encuentro entre lectores que no sólo persisten en la escena argentina sino que se multiplican: ¿cantera de los grandes narradores del futuro?, ¿misa de catarsis colectiva?, ¿prueba de fuego de la literatura de proyección? Todo eso y mucho más

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Una tarde cualquiera, una mesa rectangular, varias personas alrededor con hojas y libros y cuadernos, un mate pasando de mano en mano; alguien lee, todos escuchan. Así, más o menos, podría comenzar a dibujarse la postal de un taller literario. Ya sea de lectura o de escritura, lo que importa es siempre lo mismo: alimentar el fuego de la literatura.

Argentina tiene una fuerte tradición en talleres literarios —grandes maestros fueron Alberto Laiseca, Hebe Uhart y Abelardo Castillo, sólo por nombrar algunos— que cruza las décadas y llega hasta la actualidad, donde se construyen como espacios de intimidad y lectura. No sólo persisten, se multiplican. Hoy, y ahora, sobre todo en verano, los flyers de talleres y encuentros literarios van y vienen por las redes sociales. Pero, ¿qué es un taller literario? ¿La cantera de los grandes narradores del futuro? ¿Una misa de catarsis colectiva? ¿La prueba de fuego de la literatura de proyección? Además, ¿pueden parir grandes escritores los talleres literarios?

Trabajo de parto

“Pienso en la palabra parir y en el ser indefenso y sanguinolento que sale expulsado del útero de una madre y creo que la respuesta es no, en el sentido de que ese útero que alberga en silencio y completo aislamiento al que luego se convertirá en un escritor -por otro lado ¿qué es un ‘gran escritor’?- tiene que ser otra cosa, previa al taller de escritura: una predisposición al peligro y a la soledad, cierto arrojo hacia la pregunta, lo abierto, el no saber, el juego”. La que habla es Virginia Cosin. Además de escribir libros —su última novela se titula Pasaje al acto, publicada por Entropía—, da talleres.

“El taller es un espacio para adquirir algunas herramientas o aprender a buscar las propias, alguna disciplina, una práctica de escucha -yo hablo de ‘retorno’, un circuito como el de los micrófonos y los parlantes- que te ayude a escucharte a vos. Es decir: un escritor se pare a sí mismo. Pero un buen tallerista puede ayudar, como un obstetra o, mejor, una partera”, completa en un ida y vuelta vía mail con Infobae Cultura. He aquí la primera definición: el tallerista como partero.

Virginia Cosin (Foto: Valeria Bellusci)
Virginia Cosin (Foto: Valeria Bellusci)

Y así, pariendo lectores y escritores, los talleres proliferan: el Museo Moderno, la Casa de la Lectura, el colectivo #LaGenteAndaLeyendo, etcétera, etcétera, etcétera. Muchos escritores también, como Santiago Craig, por ejemplo. El autor de Las tormentas y 27 maneras de enamorarse habló con Infobae Cultura: “No me gusta pensar el taller como algo que ‘aumenta’ o ‘mejora’ o ‘produce’ la escritura. Más bien lo contrario: es juntarse con otros a hacer algo que se basta a sí mismo. Y, además, es un modo de trabajar la paciencia, de insistir sin ansiedad ni urgencias”.

Vivi Katz recomienda libros en La Once Diez. Es, antes que nada, una lectora y eso le hizo construir una idea, un retiro literario: un fin de semana en San Pedro para leer y escribir. “Es el diseño de algo que soñé toda mi vida; el leer y escribir son actividades necesariamente muy solitarias, pero se me ocurrió que sería lindo disfrutarlas con gente que haga lo mismo. Al que lee en su casa el fin de semana y tiene mucho alboroto alrededor le va a encantar retirarse al campo a hacerlo en compañía de otros. Lo mismo con las recomendaciones de libros: hacerlas a viva voz y en ronda. Si le sumamos naturaleza y comida deliciosa y casera, es un golazo”, le dice a Infobae Cultura.

“También se arma un espacio de escritura al ritmo propio de cada uno. Hay quien viene a terminar su tesis académica y están los que tienen un texto en curso. Los que no saben por dónde empezar a escribir y sienten ganas reciben consignas para motivar el arranque, y luego está la opción de compartir con los demás el texto escrito... ¡pero esto no es obligatorio!”, dice sobre el fin de semana del 25 y el 26 de abril en la ciudad bonaerense ubicada en el borde del Paraná, a unas dos horas y pico de la Capital, que los que se inscriban pasarán leyendo, escribiendo y jugando al scrabble (“también es optativo, pero nos llama la atención a todos los que nos gustan tanto las palabras y las letras”).

Para ella, esto no es un taller literario express; en absoluto. Lo piensa más como un retiro o como un encuentro. Y está segura de marcar distancia porque asiste a las clases de Santiago Llach: “El año pasado organicé un retiro con mi profe de taller Santiago Llach y nos fuimos casi veinte alumnos exclusivamente a escribir y salió hermoso. Pero este encuentro es abierto a gente que no necesariamente tenga experiencia previa, que no precise pertenecer a un taller determinado ni a ninguna corriente literaria. Incluso hay gente que solo quiere venir a leer y nada más. Si bien habrá actividades optativas, el retiro es libre”.

Jorge Consiglio (Foto: Magdalena Siedlecki)
Jorge Consiglio (Foto: Magdalena Siedlecki)

Ante la pregunta por las posibilidades de que de los talleres literarios salgan grandes narradores, Llach responde: “Creo que tienen más posibilidades que los talleres mecánicos”. Así, con cierta ironía, Santiago Llach teoriza sobre su práctica: es un reconocido tallerista. Hace años que ejerce la docencia en este tipo de encuentros. Es también poeta y editor de La Agenda. Para él, una buena alumna es “la que vino a tomarse un respiro de la maternidad, no tiene la menor intención de publicar y si lo hace es sólo a su pesar. Lee todo, anota todo y practica el difícil arte del arte por el arte”, le dice a Infobae Cultura. Acá tenemos otra definición: practicar el arte por el arte.

Misteriosos son los caminos literarios

“Grandes escritores pueden salir de cualquier parte”, le dice a Infobae Cultura el escritor Jorge Consiglio, quitándole solemnidad al asunto. “Por supuesto que no es requisito asistir a un taller literario, pero no es raro que salga uno de ese ámbito. En los talleres literarios o, mejor dicho, en los talleres de escritura, no se enseña a escribir, se intenta reflexionar sobre la escritura. Y ese ejercicio sirve, definitivamente, a la hora de componer un texto. Cuando trabajo en un taller, intento privilegiar las discusiones sobre los problemas de la construcción por sobre los de la interpretación. Leemos un relato e intentamos ver cómo se relacionan los elementos que lo conforman”, agrega.

Para Consiglio, licenciado en Letras y autor de libros como Pequeñas intenciones y Hospital Posadas, “no hay reglas externas para construir una ficción: el texto crea sus propias pautas. Lo que intentamos hacer es verificar si esas pautas se cruzan de manera efectiva y si generan la tensión y el tono que el relato exige. Sin embargo, nada de esto es requisito para parir a un autor: los caminos de la escritura son misteriosos y cada uno elige el que mejor se lleve con su necesidad”. Si no hay reglas que se puedan aplicar con la racionalidad matemática de las ciencias exactas, ¿cómo trabajar sobre los textos? ¿Existe, en términos objetivos, una buena forma de escribir?

Para Virginia Cosin, no. “Me parece que es un problema pensar en escribir bien, tanto como en escribir mal. Porque ¿qué es escribir bien o mal? ¿A partir de qué canon y qué criterios se juzga esa escritura?”, asegura. La pregunta viene a colación de la relación maestro-alumno y en cómo se trabaja desde el taller con las expectativas de los alumnos que, quizás, no escriben tan bien como creen. Cosin repregunta: “¿Cómo sabés cómo escribís, antes de escribir?” “Intento escapar —dice Consiglio completando la idea— a la categorización binaria bueno o malo. En el campo de la escritura, es muy difícil hablar en esos términos”.

Santiago Llach (Foto: Manuela Martínez)
Santiago Llach (Foto: Manuela Martínez)

“Si quien asiste a un taller piensa que su relato está bien, yo no me siento con ninguna autoridad para contradecirlo”, comenta Consiglio, que adhiere a eso de poner en duda las “verdades categóricas” en el arte ya que es una “zona de enorme subjetividad”. En ese sentido agrega: “Lo que sí me parece valioso es que discutamos sobre criterios estéticos y sobre la pertinencia o no de ciertos procedimientos dentro de su texto. La literatura tiene que ver con poner en marcha un artificio. En cada relato se plantean ciertos dispositivos que generan efectos. El verdadero laburo es ver qué pasa con esos efectos, si entablan o no una relación dialógica entre sí. Pero esta tarea tiene que ver con la reflexión conjunta, es un punto de encuentro entre dos opiniones”.

Virginia Cosin coincide: “Las expectativas son malas cuando son tan altas que te paralizan, cuando partís de una idea de texto como totalidad y no te bancás ese momento de incomodidad e inseguridad que adviene indefectiblemente en el momento en que la idea cobra forma en el mundo sensible de las palabras y las cosas. Siempre, para cualquiera que se siente a escribir, incluso para el más consagrado de los escritores, el momento de la escritura es de incomodidad, temor e inseguridad. Mi trabajo consiste en habilitar, invitar al que asiste al taller a desplegar una voz propia, y para eso a veces es necesario demoler algunos supuestos sobre lo que se considera buena o mala literatura”.

Como en la vida: lo mejor y lo peor

Nadie sabe muy bien para qué, pero los talleres y encuentros literarios sirven. “Lo que intento hacer en mis talleres, al modo del maestro ignorante, es que los asistentes ubiquen ese saber que no saben que tienen, precisamente porque está opacado por ideales que les hacen sombra. Disfruto especialmente de la revelación que algunos experimentan cuando descubren esa voz propia”, cuenta Virginia Cosin. Por su parte, Katz se refiere a su encuentro de lectores: “Me encanta juntar gente que en otros ámbitos no se vincularía para nada, nacen relaciones muy amorosas desde el lado de la palabra. Y el objetivo es que vuelvas a tu casa con listas de libros para leer, con ganas de anotarte en un taller literario o lo que fuera la forma que tome una zanahoria nueva delante de tu nariz”.

Vivi Katz
Vivi Katz

Como todo en la vida, estos encuentros tienen cosas buenas y cosas malas. Empecemos por las buenas. “Todo”, responde Santiago Llach. “Agradezco el hecho de que ayudar a otros a expresarse de manera creativa y a poner en juego sus emociones, sus secretos y su relación con el lenguaje sea mi trabajo”, completa. Otra definición: poner en juego la relación con el lenguaje. “Lo mejor es saber que todos los que están en ese lugar quieren estar allí. Es una manera elegida de pasar el tiempo, un tiempo cómodo. Me ayuda a poner en perspectiva otros tiempos menos cómodos, menos elegidos. Además, me obliga a pensar y repensar la escritura desde otras perspectivas. A salir de mí. Lo mejor de dar talleres es que puedo hacer lo que me gusta hacer”, dice Santiago Craig.

Cosin responde así: “Es un ejercicio constante de pensamiento y escucha, un combustible inagotable que me estimula a seguir leyendo y escribiendo. Asisto cada vez a la maravilla de la aparición de las palabras. Se genera una corriente de amor y comunión parecida a lo que, creo, es estar en presencia de lo divino. Y me divierto mucho”. “Como la literatura supone soledad y aislamiento”, dice Jorge Consigilio, “el taller es útil para que ese texto encuentre su primera recepción, su vuelta. Y si las devoluciones son precisas y están bien formuladas pueden funcionar como iluminaciones para el autor. Uno escribe en el más absoluto hermetismo y está demasiado cerca de lo que produce. El taller -en un marco de sinceridad, cuidado y buena intención- aparece como un espacio importante para completar el circuito comunicativo de esa obra”.

¿Y lo peor? “Lo peor, en un sentido práctico, es que resulta muy difícil sostenerse económicamente con los talleres”, cuenta Craig, y agrega: “Hay gente que puede, no es mi caso. Asociado a eso, creo que, sentir que uno podría tener más cabeza, más lectura, más energía para los talleres y dedicárselos a otras cosas, deriva en una frustración, aunque chica. Lo cierto es que disfruto dando taller y tengo que forzar la respuesta respecto de lo malo”. Para Cosin, “ver que una persona talentosa abandona su escritura. Algunas desilusiones, que tienen un costo emocional”.

El riesgo de apostar a una única estética —sostiene Consiglio— y, por lo tanto, generar autores clones. Este caso es más común de lo que se imagina: el que lo coordina tiene un par de ideas acerca de lo que es escribir bien y las comunica a su auditorio con toda la fuerza que su investidura -de autor prestigioso, de crítico, de académico o de lo que fuera- le proporciona. La gente, entonces, se va a producir a sus casas con esas afirmaciones en la cabeza y terminan por aplanar su sonido, por desatender su propia voz. Eso es fatal”.

Santiago Craig
Santiago Craig

¿Para qué sirve ir a un encuentro literario? “Eso depende de cada taller y de cada asistente —comenta Cosin—; puede servir para organizar una rutina, para escuchar y ser escuchados, para compartir e intercambiar lecturas, para conocer nuevos autores, para habilitar una forma propia, para estar con gente a la que le interesan cosas parecidas, para pensar con otros, para empezar un proyecto, para corregir, para terminar de darle forma a un proyecto, para darte cuenta de que te importa escribir, para darte cuenta de que escribir no es lo que te interesa”. “Para desarrollar la expresión escrita”, responde Llach.

Jorge Consiglio asegura que “en el proceso de escritura, hay cosas que se pueden nombrar y otras que permanecen en la oscuridad. En los talleres se arroja alguna luz sobre los elementos que se pueden nombrar y se delibera sobre el sistema de causalidades que disparan”. “No estoy seguro de que sirva para algo —concluye Craig—, y eso es bueno. Sirve para compartir, claro, sirve para exponerse y para forzarse, sirve para insistir en el gesto inútil de escribir y, por eso mismo, es, me parece, un tipo de actividad que va en contra de lo utilitario”. Última definición: la escritura, un gesto contra lo utilitario.


* Virginia Cosin da distintos talleres en el barrio porteño de Colegiales: vircosin@gmail.com

Los talleres de lectura y escritura creativa de Santiago Llach son en Palermo y se lo puede contactar a su mail santiago.llach@gmail.com

El contacto de Jorge Consiglio, que da talleres en distintos lugares, es este: jorgeconsiglio@hotmail.com

El encuentro que organiza Vivi Katz en San Pedro es 25 y 26 de abril; su contacto es vivikatz@hotmail.com

Santiago Craig da un taller en Colegiales, pero también de forma virtual y a distancia. Se le puede escribir a santiagocraig@gmail.com


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