
La idea de que la ansiedad representa únicamente un riesgo para la salud física y mental ha sido puesta a discusión luego de que nuevas investigaciones demuestran un sorprendente efecto protector: las personas con niveles elevados de hipervigilancia presentan una probabilidad menor de morir por enfermedades graves, debido a su capacidad para anticipar y esquivar amenazas antes que la mayoría. Esta paradoja se reafirma con los hallazgos recientes publicados en la revista Science Bulletin, según los cuales vivir en alerta constante no es un error del organismo sino el resultado de millones de años de evolución orientados a la supervivencia.
En un macroanálisis que abarcó a más de 400.000 participantes de cinco cohortes internacionales, incluyendo datos longitudinales del UK Biobank durante 15 años, los investigadores comprobaron que la dimensión ansiosa de la personalidad multiplica la capacidad para detectar riesgos fisiológicos y conductuales.
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De forma destacada, quienes puntúan alto en una faceta específica de la ansiedad —denominada Emotional Reactivity and Internal Stability (ERIS)— presentan una reducción del 35% en el riesgo de mortalidad respecto a quienes, tradicionalmente, han sido considerados modelos de salud por mostrar bajos niveles de neuroticismo. En términos estadísticos, el análisis mostró un hazard ratio (HR) de 0,65 para mortalidad en los individuos con alta puntuación ERIS frente al grupo de baja puntuación, cifra extraída de las curvas de supervivencia Kaplan-Meier publicadas en Science Bulletin.
Este nuevo marco conceptual divide al neuroticismo —rasgo central de la personalidad caracterizado por preocupación, irritabilidad e inestabilidad emocional— en al menos dos gradientes estructurales. El primero refleja la intensidad general del rasgo, mientras que el segundo, ERIS, diferencia claramente entre quienes manifiestan preocupación y vigilancia emocional (preocupación por la salud, atención a potenciales peligros) y quienes exhiben oscilaciones abruptas en el estado de ánimo. El estudio subraya que ambas dimensiones son ortogonales: comparten poca influencia genética y neuroanatómica, según confirmaron análisis genómicos y de imagen cerebral en una muestra de 30.221 sujetos.
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Estar siempre en alerta, ¿también protege ante enfermedades físicas y mentales?
El seguimiento estadístico de Science Bulletin revela que los individuos con niveles elevados de ERIS no solo sobreviven más tiempo, sino que también presentan m menor prevalencia de enfermedades graves como diabetes (odds ratio OR = 0,79), cáncer de pulmón (OR = 0,83) y COVID-19 (OR = 0,83). A diferencia del neuroticismo clásico, que se asocia con mayor probabilidad de padecer dolores de cabeza y enfermedades gastrointestinales graves, ERIS correlaciona con menor consumo de tabaco (OR = 0,73) y con una inclinación marcada hacia conductas preventivas en salud, como la realización regular de exámenes médicos y la detección precoz de anomalías.
Desde el punto de vista funcional, estos hallazgos explican por qué las personas ansiosas suelen acudir al médico ante la menor señal de alarma o actuar con cautela frente a situaciones de riesgo. La hipervigilancia que caracteriza al ansioso no representa una debilidad, sino un mecanismo milenario de defensa que ha sido seleccionado a lo largo de la historia evolutiva humana para anticipar peligros y evitar conductas de riesgo.
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En respuesta directa a este nuevo enfoque, el informe científico señala: quienes presentan altos niveles de ERIS sobreviven más, contra la lógica establecida, porque su cerebro funciona como un “radar de amenazas” capaz de anticipar enfermedades y prevenir daños mediante decisiones más prudentes, exámenes de salud oportunos y abandono de hábitos perjudiciales como el tabaquismo o la dieta desequilibrada. Esta ventaja protectora es independiente de la salud general de base; está mediada por conductas de vida orientadas a evitar el daño y a priorizar la seguridad personal.
Las raíces biológicas y evolutivas del “radar ansioso”: un legado milenario
El estudio internacional detectó que la dimensión ERIS se asienta sobre circuitos cerebrales subcorticales conservados evolutivamente —la amígdala, el hipocampo, el tálamo y el cerebelo— involucrados en la detección inmediata de amenazas y la respuesta defensiva. En contraste, el neuroticismo clásico depende de circuitos corticales modernos encargados del control emocional consciente, como la corteza prefrontal y el cíngulo anterior. Este reparto funcional se refleja también en la genética: los genes asociados a ERIS muestran menor influencia de regiones evolutivas humanas recientes, mientras que el neuroticismo general implica adaptaciones más modernas dirigidas a la regulación emocional y la calidad de vida.
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La importancia de esta distinción reside en la intervención terapéutica. El equipo de Science Bulletin sugiere que el tratamiento más eficaz para el neuroticismo general sería la terapia cognitivo-conductual, centrada en el control intelectual de las emociones, mientras que para quienes manifiestan baja ERIS podrían resultar más útiles los enfoques que promuevan la regulación emocional inmediata, como el ejercicio físico o técnicas experienciales dirigidas al cerebro emocional profundo.
Este hallazgo reescribe la narrativa social y científica sobre la ansiedad. El rasgo ansioso, lejos de ser un mal adaptativo, puede ser un escudo protector fundamental que garantizó la supervivencia a lo largo de la evolución, permitiendo anticipar amenazas invisibles y reforzando la longevidad mediante conductas proactivas frente a la enfermedad y el riesgo personal.
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Aprender a gestionar el estres y la ansiedad

Estar en alerta permanente o vivir con estrés y ansiedad crónica no siempre puede ser sinónimo de prolongar la vida ni prevenir enfermedades. La ansiedad se ha consolidado como una de las principales preocupaciones para los sistemas de salud pública en el mundo. Más allá de su reputación negativa, especialistas consultados por The Guardian y Yale Medicine describen este estado emocional como un mecanismo biológico adaptativo, indispensable para afrontar la incertidumbre y anticipar situaciones de peligro en cualquier etapa de la vida. Adoptar herramientas de gestión personalizadas según la edad permite transformar la ansiedad de un obstáculo en una fuente de resiliencia y equilibrio psicológico.
Una encuesta de la Fundación de Salud Mental del Reino Unido detectó que una de cada cinco personas experimenta ansiedad de manera constante o frecuente. Este dato, destacado en una nota reciente de Infobae, revela el alcance del fenómeno en la actualidad y subraya su impacto transversal. El psicoterapeuta Owen O’Kane remarcó a The Guardian que la ansiedad activa el antiguo sistema evolutivo de lucha, huida o parálisis, diseñado para responder ante amenazas. El especialista, quien creció en Irlanda del Norte durante un periodo de conflicto, afirmó que este mecanismo de vigilancia ha sido crucial para la seguridad y la supervivencia a lo largo de la historia.
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La definición clásica de este estado emocional, según O’Kane a The Guardian, es la “intolerancia a la incertidumbre en la vida cotidiana”. La Dra. Sian Williams, también citada por ese medio, amplía el enfoque: sostiene que la ansiedad puede funcionar como una herramienta adaptativa al invitar a imaginar escenarios adversos y prepararse para lo inesperado. “Cuando sentimos que no tenemos el control, la ansiedad nos presenta el peor escenario posible para que nos sintamos preparados”, explicó. Los expertos insisten en que, dentro de ciertos límites, este impulso contribuye a resolver problemas y afrontar nuevos desafíos.

Desde la infancia, la clave para abordar el problema es validar y normalizar las emociones. La Dra. Meredith Elkins recomendó a The Guardian que las familias eviten considerar la ansiedad de los niños como un defecto personal y, en cambio, reconozcan sus sentimientos, sobre todo en momentos de transición como el inicio escolar. Para la especialista, el riesgo de sobreproteger puede resultar contraproducente y limitar el desarrollo de la resiliencia.
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Las guías de manejo recomendadas por Yale Medicine incluyen terapia cognitivo-conductual y orientación para padres, con el objetivo de diferenciar entre miedos razonables e irracionales y promover herramientas para que los menores aprendan a calmarse. Si la angustia se prolonga durante varias semanas, o interfiere con la vida diaria, la intervención profesional se vuelve prioritaria.
En la adolescencia, numerosos jóvenes tienden a asociar la ansiedad a su identidad. Los expertos aconsejan a padres y tutores facilitar el diálogo abierto y la exploración de la raíz de las preocupaciones. A partir de la juventud y la vida adulta emergen desafíos asociados a la independencia, la estabilidad económica y social y, en muchos casos, la parentalidad. La Dra. Lauren Cook declaró a The Guardian que incorporar hábitos como una nutrición balanceada, restringir el alcohol y el azúcar, y practicar actividad física contribuyen significativamente al control de los episodios ansiosos.
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En la perimenopausia y ante la disminución de testosterona, factores hormonales elevan la vulnerabilidad a la ansiedad. Los expertos remarcan la utilidad de la terapia cognitivo-conductual, el descanso adecuado, la exposición a luz natural, ejercicios de respiración y el contacto con animales como prácticas recomendadas. Además, el autocuidado y la reducción de la presión por el cumplimiento de múltiples tareas contribuyen a reducir la preocupación.
En la vejez, el temor por la salud y la pérdida de autonomía se convierte en una preocupación recurrente. Aimee Spector recomendó favorecer la reincorporación a círculos sociales y retomar actividades recreativas. La terapia cognitivo-conductual se mantiene como tratamiento eficaz, aunque enfrenta el obstáculo adicional del tabú sobre salud mental en varias culturas.
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