
La vid sigue un ciclo anual: reposa durante el invierno, florece en primavera, crece y da sus frutos en verano, para luego iniciar su recuperación en otoño. De forma similar, las bodegas atraviesan diferentes etapas a lo largo del año. El inicio de la cosecha genera entusiasmo y expectativas, tanto en cantidad como en calidad, según lo previsto. Mientras los vinos completan su primera fase de elaboración, en la bodega comienza la planificación comercial del año.
En esta época, varias bodegas comienzan a mostrar algunos de sus nuevos vinos, y hasta fin de año se suceden los lanzamientos y las participaciones en ferias, más allá de los diversos viajes que muchos enólogos y agrónomos realizan a otras regiones vitivinícolas del mundo para continuar capacitándose. Y culminar el año con el foco puesto en las ventas, intentando cumplir lo presupuestado. Gracias a este ciclo virtuoso de la industria y a ser un importante país productor, en la Argentina siempre hay novedades.
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Siempre hay etiquetas nuevas para conocer, incluyendo las nuevas cosechas de vinos existentes en el mercado. Y este año no será la excepción, porque por más complicaciones que haya en el mundo, el vino no afloja y está muy bien preparado para una (tan esperada) reactivación, ya que lo más importante es la calidad y luego la diversidad. Sin ellas no habría futuro promisorio para el agro alimento con mayor valor agregado que se produce en el país.

Entre las muchas novedades se destacan los tintos de cosechas anteriores, aunque también algunos blancos. Esto se debe a que, con la llegada de la primavera, surgirán los rosados del año y los blancos jóvenes. Por eso, antes que termine el otoño, es una gran oportunidad para conocer algunos vinos tintos que van muy bien con los guisos de olla y con el locro a la cabeza. También los platos caseros de cuchara, las eternas carnes asadas y las pastas con estofado.
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Claro que el gran protagonista en la Argentina siempre es el Malbec y más de Mendoza, simplemente porque es mayoría. Esa mayor masa crítica le permite siempre destacarse en cantidad y calidad del resto. Es cierto que cada vez hay más exponentes con carácter propio y, según los hacedores, el Malbec es una uva ideal para mostrar lugares porque se adapta muy bien a los diferentes terruños. Esto explica que cada vez se “sienta” menos la bodega, gracias a que muchos winemakers ejercen la mínima intervención, aunque una mayor observación. Además, hoy las crianzas son mucho más sutiles. Esto resulta en vinos más de fruta y con sus expresiones más equilibradas, siempre teniendo en cuenta las características que aportan clima y suelo en cada región.
Más allá del Malbec, otro tinto ideal para descubrir en otoño puede ser el Cabernet Franc que, con menos de 2.000 hectáreas, hace mucho ruido, y ya dejó de estar de moda para convertirse en otra de las variedades que muestra muy bien las regiones. Claro que nunca hay que subestimar al rey de los tintos, el Cabernet Sauvignon, del cual en la Argentina hay más de 15.000 hectáreas plantadas. Si bien supo ser el protagonista de los (pocos) grandes vinos nacionales del siglo pasado, quedando relegado por el auge del Malbec, ahora quiere volver con todo motivado, no solo por el carácter distintivo del cepaje en el país, sino también porque representa casi el 20% del vino consumidor en el mundo.
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Está claro que la originalidad no es sinónimo de calidad, pero llama la atención. Y eso, a la hora de efectivizar una venta, se torna muy importante. Por eso, siguen surgiendo vinos de otras cepas: algunas importantes y clásicas internacionales como Pinot Noir y Merlot. Incluso la autóctona Criolla, que cada vez es protagonista de más vinos, lo cual responde a sus características organolépticas. Pero también a que, por su fluidez, es ideal para disfrutar en la mesa, sobre todo con platos de sabores contundentes. Así de entretenido es el mundo del vino argentino, siempre con novedades para descubrir en cualquier momento del año.
Locro, el plato patrio por excelencia que revive cada otoño
El maridaje no es una ciencia cierta, pero es verdad que en la combinación de platos y vinos hay secretos para ofrecer más placer a los comensales. Existen asociaciones estrictamente gastronómicas, pero también están las culturales. Sin dudas en la Argentina, el locro es uno de los platos más tradicionales. Sin embargo, no es servido tan seguido más allá de su estacionalidad.
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Principalmente se lo asocia a las fechas patrias de esta época del año, y para acompañarlo muy bien y disfrutarlo como se debe, hay muchos vinos en las góndolas. El Malbec, que es el más emblemático, el más producido y el que más se vende, aquí y en el mundo. Y no es casualidad que sea el vino que más y mejor se elabora en todas las zonas vitivinícolas del país, es el que ofrece más opciones.

Pero las texturas del Cabernet Franc y Cabernet Sauvignon, o la suavidad de los Merlot y Pinot Noir, también pueden ser ideales para disfrutar más el locro. Por último, hay un viejo vino que se está revalorizando de la mano de buenos exponentes a base de uva Criolla, aunque cada uno es dueño de sus propias elecciones a la hora de sentarse a la mesa. Por eso, para muchos la mejor alternativa es el Torrontés, un blanco de uvas autóctonas y con un perfil muy original, que tan bien se desarrolla en Salta y sus alrededores (La Rioja y Catamarca).
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No obstante, la mayoría elige un vino tinto, por la época (otoño) y por la consistencia del locro. Un guiso tradicional de texturas densas (por la base del zapallo), con diversos ingredientes (maíz, porotos y carnes varias, entre otros). La contundencia propia del locro necesita de vinos con cuerpo, pero a la vez que tengan un paso ágil por boca.

Entonces, la clave estará en la acidez y en los taninos incipientes. Un Malbec joven sería una muy buena elección, pero también porque suelen ser frescos, carnosos, con un carácter frutal y especiado, rico y amable, que va muy bien con las texturas y densidad de este guiso tan criollo. Por su parte, una alternativa más novedosa, pero a la vez más tradicional, sería acompañar el locro con un vino a base de uva Criolla. Sí, esta cepa autóctona responsable de la mayoría de los vinos de mesa, está siendo protagonista de vinos más elaborados, con buena frescura y la gracia de un tinto liviano, pero con carácter propio, y con una gracia rústica que remite a los vinos de antes.
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Por último, a quienes les gusta el locro más especiado y picante pueden optar por un vino más refrescante aún, como un Torrontés. Mejor si tiene un paso por madera y cierta madurez, porque suelen ser más untuosos y persistentes que sus pares jóvenes del año. Su frescura y carácter (frutal y floral) van muy bien con las sensaciones diversas de este plato regional, equilibra las sensaciones picantes, despeja el paladar y lo prepara para nuevas cucharadas.
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