
La preocupación por el tiempo frente a pantallas durante la infancia a menudo está atravesada por sentimientos de culpa y temor en muchas familias. Frente a esta situación, la especialista en educación Ash Brandin participó de una entrevista para el podcast Good Inside —presentado por la doctora Becky Kennedy—, donde propuso abandonar el juicio y la ansiedad para abordar el uso de la tecnología desde una perspectiva neutral y personalizada.
Brandin, educadora y autora, planteó que el debate sobre el tiempo de exposición a las pantallas debería alejarse de la pregunta sobre la cantidad “adecuada” para enfocarse en las necesidades concretas de cada familia.
Según su experiencia, la clave reside en reconocer que la tecnología es una herramienta útil, no un enemigo, y que a menudo responde a necesidades legítimas de los adultos, como organizar la vida diaria o reducir la carga de cuidados.
“No se trata solamente de lo que las pantallas hacen a los niños, sino de lo que permiten a las familias lograr”, explicó la experta, quien resaltó que el acceso y uso de la tecnología también está condicionado por desigualdades sociales.

Principios para un uso saludable con límites claros y consistentes
El enfoque alternativo que impulsa Brandin se sustenta en tres principios: neutralidad, personalización y bienestar familiar. La neutralidad exige dejar de valorar la tecnología como algo positivo o negativo en sí mismo y entenderla como una herramienta más de la vida cotidiana.
La personalización supone adaptar las regulaciones a las características y necesidades particulares de cada hogar, sin seguir modelos rígidos ni compararse con otros. En tanto, el bienestar familiar se sitúa en el centro, reconociendo que el uso de pantallas puede resolver demandas reales y que la meta no es excluir la tecnología, sino integrarla de manera saludable.
Para explicar la necesidad de límites claros y consistentes, la entrevistada utilizó la analogía de los videojuegos. En esos entornos, los jugadores exploran opciones y comprueban los límites del juego, pero las reglas permanecen fijas y se aplican de forma neutral.
“El videojuego impone las reglas con firmeza, pero sin juicios”, señaló. De manera similar, los límites familiares sobre pantallas deben ser claros y predecibles, aunque también permitir cierta autonomía a las niñas y los niños para experimentar y negociar dentro de esos márgenes, sabiendo que el marco general no se modifica de manera arbitraria.
Asimismo, la culpa y el miedo son emociones frecuentes en la crianza digital, especialmente cuando surge la sensación de haber concedido “demasiado” tiempo frente a las pantallas. Brandin advirtió que tomar decisiones desde el temor o la vergüenza carece de sostenibilidad y no empodera a los hijos.
Por el contrario, recomendó una postura neutral; al contemplar la tecnología como un elemento cotidiano exento de valoraciones morales. “La neutralidad permite ver el uso de la tecnología como una herramienta, no como un enemigo”, señaló.

Desarrollar competencias digitales y equilibrio familiar
Más importante que contabilizar las horas, la experta subrayó la relevancia de preparar a los niños para moverse de manera segura y autónoma en el mundo digital. El objetivo es formar personas capaces de regularse, pensar de forma crítica y creativa, y gestionar el ocio con responsabilidad.
Ante esta postura, resulta fundamental que los adultos modelen una relación equilibrada con la tecnología y propicien oportunidades para que los niños cultiven habilidades de autorregulación, tolerancia a la frustración y gestión del tiempo libre.
El equilibrio entre ocio, productividad y necesidades familiares es otro eje central de la propuesta. El tiempo dedicado al ocio, incluso frente a una pantalla, debe considerarse legítimo para todos los miembros del hogar. “Todos merecen ocio por el ocio mismo, incluidos los niños”, remarcó.
Reflexionar sobre la propia relación adulta con el descanso y la diversión, es clave según la autora, ya que las resistencias al ocio infantil a menudo reflejan conflictos no resueltos de los adultos.
Límites adaptados y participación infantil
Respecto a los posibles excesos, Brandin mencionó que la literatura científica a veces sitúa el umbral de uso problemático en cuatro horas diarias o más, aunque esta cifra depende del tipo de uso y del contexto particular.
Lo importante, recomendó, es observar si el uso de pantallas afecta las rutinas y necesidades familiares o crea conflictos persistentes. La pregunta clave es si ese uso resulta sostenible y funcional para toda la familia.

Entre las estrategias recomendadas, propuso involucrar a los niños en la definición de las normas, invitándolos a aportar ideas y opiniones, aun cuando los adultos mantengan el control sobre los límites que no pueden ser negociados.
A través de esta participación, se favorece la aceptación de las reglas y disminuye la resistencia. Además, remarcó la necesidad de mantener una actitud neutral y ajustar las normas a la realidad de cada hogar, evitando comparaciones y estándares rígidos.
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