
En el pabellón 4 de la Penitenciaría Nacional era el único preso al que se le permitía tener el pelo largo, y contrastaba con las cabezas rapadas de los internos. Se debía a una fiera herida que tenía en el cuero cabelludo y la concesión obedecía a que era un hombre dócil, siempre listo para ayudar y que se había ganado el afecto de las autoridades del penal. Se llamaba Guillermo Hoyo, y era conocido por todos por su apodo de “Hormiga Negra”, uno de los últimos gauchos tenidos por pendencieros de nuestra historia, a pesar de que él se pasó gran parte de su vida desmintiendo tal imagen.
Había nacido en Alto Verde, San Nicolás de los Arroyos en 1837. De joven admitió haber cometido errores que lo llevaron a duelos a cuchillo con otros gauchos y a enfrentarse con la autoridad. Él justificaba su modo de vida en que los criollos eran de una sola pieza, valientes a toda prueba y que sabían hacerse respetar.
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Era bajo, delgado, pelo rubio, ojos claros y de bigote grueso. Su papá Leonardo, que había sido de temer, era conocido como “Hormiga brava” porque cuando sacaba su facón “picaba más que una hormiga”. Se dice que de ahí proviene el apodo que recibió. Su mamá se llamaba Rosa Segas, y de ella heredó el pelo y los ojos claros.

En San Nicolás aún se conserva un paredón de la antigua cárcel donde estuvo encerrado Hoyo, quien veía cómo de una rajadura salían hormigas. “Cómo me gustaría ser hormiga para salir de acá”, se lamentaba. Otros aseguran que el apodo venía porque ese insecto se llevaba todo para la cueva.
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Recordaba que cuando tenía 14 años les había hecho frente a unos 40 milicianos en Santa Fe. Trabajaba de carrero en un campo y una partida lo empezó a interrogar. Como les respondió mal lo quisieron castigar, y se defendió con su cuchillo, alcanzando a herir a uno en el abdomen.
Enseguida su figura fue agrandada por los relatos que se escuchaban en pulperías y en fogones, en los que se exageraban a más no poder aspectos de su vida.
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Por 1858 mató a un hombre en Las Piedras, posiblemente en medio de una “cuestión de polleras”. Según refiere el historiador Hugo Chumbita, lo que Hormiga Negra contó años después es que estaba borracho y que no recordaba los motivos de la pelea. Una partida policial dio con él en la casa de un pulpero amigo de su padre. Su hermano Zoilo, al tratar de defenderlo, fue muerto de un sablazo.
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Estuvo preso un año y al año siguiente lo metieron de prepo en una unidad de artillería que combatió en Cepeda. Hizo gala de valor y de decisión, lo que le valió el apoyo del comandante Gaitán, bajo cuyas órdenes volvió a pelear en Pavón.
Pero la fama de gaucho pendenciero y peleador se había echado a correr y contra eso no pudo pelear. Le habían endilgado haber asesinado a su suegra, a un peón, a un inglés, a policías, a bandidos y que hasta había degollado a un niño solo para robarle un par de quesos, imagen que iba de la mano de la idea que se tenía en la ciudad de que ser gaucho equivalía a ser vago, holgazán y estar al margen de la ley.
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Deambulaba por la provincia de Buenos Aires, por las zonas de Pergamino y Junín, donde se ganaba la vida en distintos trabajos.

Durante una fiesta en la casa de su tía Casilda Hoyos, en 1864, mató a puñaladas a un hombre. Más adelante se peleó con otro aparentemente por un acordeón. Detenido, el fiscal había pedido la pena de muerte y el juez cadena perpetua, pero la Cámara de Apelaciones le redujo la condena a seis años de presidio.
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No podía permanecer mucho en un pueblo, porque cuando se cometía un crimen todas las miradas se dirigían hacia él y debía abandonarlo.
Reacio a apoyar a los políticos que buscaban a los gauchos para movilizar a la peonada en las campañas políticas, estaba casado con Dolores Acuña. Tuvieron varios hijos; uno llamado Ramón, chacarero, con el tiempo le dirían “Hormiguita”.
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El 14 de septiembre de 1902 se produjo un brutal crimen en San Nicolás. Había muerto asesinada a puñaladas Lucía Penza, esposa del chacarero Luis Marzo. Esa mañana Hormiga Negra había ido a comprarle unas papas a la señora.
Él vivía en un rancho en el medio del campo, cerca del boliche Bola de oro. Actualmente la zona está completamente urbanizada y el barrio mantuvo el nombre de la pulpería. En aquel momento era puro campo. Que lo hubieran visto salir de ese campo, fue suficiente para detenerlo. Estuvo cuatro años entre rejas a pesar que siempre insistió en su inocencia. Cada tanto le tomaban declaración para ver si se contradecía. “A veces hasta dudé de mí mismo”, confesó años más tarde.
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El juez del crimen era Ramón S. Castillo, quien llegaría a la presidencia en 1942. Luego de estudiar detenidamente el caso concluyó que el hombre era inocente. Devolvió la causa a la Cámara de Apelaciones que, luego de dos años, lo dejó en libertad, más aún cuando el verdadero asesino, un tal Martín Díaz, confesó. Dicen que Díaz, al verlo, le dijo “perdón, don Hormiga”, y que él respondió con una sonrisa.
Se asegura que lo recompensaron con 500 pesos con la condición de que no reclamase por el tiempo que había estado preso.
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En sus últimos años se quejaba de que su vida era triste, más aún desde la muerte de su esposa, y que la fatalidad lo había perseguido más de lo debido.
No le gustó para nada el libro que había publicado en 1881 Eduardo Gutiérrez, un escritor costumbrista que dos años antes había publicado una historia sobre Juan Moreira, al que mostró como un perseguido que se defendía de las injusticias. Gutiérrez había viajado a conocerlo y Hoyos no entendió por qué agrandó sobremanera algunos aspectos de su vida y por qué otros directamente los había inventado.
Cuando la compañía teatral de los hermanos Podestá, precursores del circo criollo, llegó a San Nicolás, trajo el espectáculo “Hormiga Negra”, basado en una adaptación del texto de Gutiérrez. En el momento en que el protagonista mataba a sangre fría a un paisano, desde las butacas dispuestas en la carpa se alzó la voz del gaucho: “¡Eso no fue así! ¡Mienten! ¡Mienten! ¿Para qué mienten? Yo les puedo contar cómo fue…!”
El alboroto fue descomunal. El espectáculo se interrumpió, hubo mujeres desmayadas y debió intervenir la policía para poner orden.
Al día siguiente un mensajero de los Podestá le hizo llegar un billete de 10 pesos, para que se abstuviera de ir a la función, y que en caso contrario sería encerrado en un calabozo.

Murió el 1 de enero de 1918 a los 81 años. Su humilde tumba en San Nicolás, mantenida por sus descendientes, es continuamente visitada. Gente que le va a pedir favores, le dejan cigarrillos y a veces se encuentran velas de quienes hacen algún tipo de “brujería”, tal vez como simples homenajes póstumos al último gaucho matrero de nuestras pampas.
(Fuentes: Jinetes rebeldes. Historia del bandolerismo social en la Argentina, por Hugo Chumbita; Revista Caras y Caretas: Hormiga Negra, por Eduardo Gutiérrez; entrevista al historiador nicoleño Ricardo Primo)
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