Hay brillantina por todos lados. Un chico maquilla a otro bajo el sol que impacta de lleno en Plaza de Mayo. Su cara, de repente, se convierte en la de  un robot dorado que ríe a carcajadas. A dos metros, una veinteañera sorprende desde atrás a su amiga trans. La abraza y le aprieta los pechos. Las dos sobreactúan un aullido que corta en dos la cumbia de Gilda que escupe uno de los camiones sobre los que muchas de las cerca de 100 mil personas que se juntaron frente a la Casa Rosada, marcharían en minutos hacia el Congreso.

La edición 26 de la Marcha del Orgullo LGBTIQ (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transexuales, Intersexuales y Queer), este último sábado, fue esencialmente lo de siempre: una celebración de las diferencias y el respeto al otro y un momento para reclamar derechos y visibilizar problemas de las minorías. Una combinación de fiesta y resistencia multicolor.

Nicolas Stulberg
Nicolas Stulberg

La imagen de una nena de no más de 5 años, sobre los hombros de una de sus mamás, y con la remera pintada que decía "Tengo dos mamás y soy feliz"; o el cartel que un matrimonio de hombres uruguayos mostró en la caminata de 14 cuadras hasta el Congreso ("Nuestro hijo es hétero 'pero igual' lo amamos") sintetizaron el universo de tolerancia a la diversidad sexual que levanta este colectivo cada vez más numeroso, y cuya metáfora es la bandera con los siete colores del arco iris, diseñada hace casi 40 años por el artista Gilbert Baker, quien la hizo flamear por primera vez en una manifestación gay en San Francisco, Estados Unidos, en junio del 78.

Lesbianas detenidas por besarse, travestis asesinadas, nuevos protocolos de seguridad para detener personas LGBTIQ, cupos trans impresos en la ley que no se cumple. "Quien piensa que nuestros reclamos se terminaron con la ley por el matrimonio igualitario se equivoca, el Estado no nos cuida y este fue un año muy particular en ese sentido", comentó a Infobae Esteban, que llegó junto a su novio Kevin desde el conurbano oeste, ambos con coronas de cotillón en sus cabezas.

La manera de reclamar de este colectivo social está sostenida por la alegría. La marcha del Orgullo puede ser lo más parecido al carnaval de Brasil que existe en Argentina, pero en lugar de una semana, apenas dura unas horas. Una adolescente con la palabra "PUTA" escrita en su mejilla derecha y un pequeño arco iris brillante en la otra, lo sintetiza: "Diversidad es felicidad".

El encuentro comenzó pasado el mediodía en Plaza de Mayo. Las personas aparecían por la boca del subte o en caravana por las calles que mueren entre el Cabildo y la Catedral. Fue la primera vez que el escenario donde cada año se leen las consignas de las organizaciones estuvo emplazado allí y no frente el Congreso, como era costumbre.

Según denunciaron los colectivos a cargo del evento, el Ministerio de Cultura nacional se negó a aportar la infraestructura, pero sí lo hizo su par porteño, por eso el cambio de sitio. Previo a que las más de 100 mil personas arrancaran la fiesta por Avenida de Mayo hasta Entre Ríos, arriba del escenario, frente a una Catedral protegida con doble vallado, hubo shows y discursos.

"Pedimos respeto a nuestra identidad. Sistemáticamente nuestra población ha sido violada, mutilada y asesinada frente a un Estado indiferente. La población travesti, transexual y transgénero ha sido víctima de un genocidio cuya única causa es el deseo de vivir en libertad", leyó una mujer y luego enumeró consignas: "Ley por el derecho al aborto; ley anti discriminación, no al racismo ni al sexismo; por un ámbito deportivo que se respete la diversidad; juicio y castigo a los asesinos de Diana Sacayan (activista travesti); cupo trans; aplicación de contenidos de ley de educación sexual integral; basta de violencia machista y patriarcal hacia las mujeres lesbianas; legalización del autocultivo de marihuana; despenalización de la tenencia de drogas; inclusión de infancias y adolescencia trans; libertad a Milagro Sala, a Facundo Jones Huala y demás presos políticos; defensa de los derechos laborales; basta de violencia institucional".

La marcha no fue demasiado "Macri friendly". Al Presidente le dedicaron varios carteles y también a la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, como reacción al nuevo Protocolo General de Actuación de Registros Personales y Detención para Personas Pertenecientes al Colectivo L.G.B.T, publicado el 30 de octubre en el Boletín Oficial. Desde el escenario se lo repudió por considerar que "habilita y legitima la violencia policial".

Cerca de las cinco de la tarde, el acto sobre el escenario terminó con uno de los himnos gay por excelencia salidos de la creatividad de un artista nacional. Después de que tronara una versión remixada de "Todavía cantamos", por Víctor Heredia, la multitud abandonó Plaza de Mayo cantando y bailando el hit de Sandra Mihanovic "Soy lo que soy". Ya los camiones coloridos lanzaban como dragones tropicales seguidillas de cumbias. Durante lo que tardaron en llegar hasta el Congreso, casi dos horas, la vieja avenida se transformó en una pista bailable de asfalto caliente.

En la vanguardia de la caravana fueron Mario Bonilla Echeverz y Rubén López Pacilio, protagonistas del primer matrimonio homosexual en Uruguay, casados hace 25 años y con un hijo de 21, hétero y miembro de la Armada del país oriental. "Vinimos a celebrar nuestro 25º aniversario de casados y, como miembros de la primera familia monoparental de Latinoamérica, vinimos a reivindicar y a apoyar la lucha por los derechos de la comunidad gay en Argentina. Estamos haciéndolo en todos los países de la región", comentó Mario.

La Marcha del Orgullo LGBTIQ se convirtió con los años en el centro de atracción que identifica también a turistas y migrantes. Se encuentran personas y banderas de Brasil, Venezuela, Panamá, Uruguay, Ecuador, Paraguay, Perú. Adriano, de República Dominicana, viste una pollera dorada. Su cara parece maquillada por los realizadores de la película Avatar. Su orgullo y gratitud son enormes. "En mi país no podría caminar dos cuadras vestido así. Aquí hay más tolerancia, a pesar de todo".

Alessia y Franco, pareja hétero llegada de Roma para pasear por Argentina, acompañan a la multitud con las banderitas inmortalizadas por Baker. "Es una reunión parecida a las que se hacen en Europa", comenta Franco y su esposa agrega: "¡Pero aquí tienen más energía!".

La marcha no sólo derriba prejuicios si no que expone las situaciones particulares. Manuela, de 25 años, pide no ser fotografiada. "Mi papá es militar y no sabe que estoy acá", cuenta mientras camina por la Plaza del Congreso. A unos metros suyo, la situación es antagónica. Andrea lleva pegada en su campera una calcomanía que dice "Familia orgullosa". Llegó desde Moreno junto a sus dos hijas, Rocío, de 18, y Camila, de 17, que está de la mano de Abril, su novia. "No hay ninguna historia especial para contar, hago lo que cualquier madre debería hacer", comenta con cierta indiferencia.

Con zapatos, pantalones, camisa, chaleco y gordo de cuero negro, Marcelo Ferreyra no hace flamear la bandera multicolor, si no una de franjas negras, azules y blancas con un corazón rojo en un rincón. Es, cuenta, un símbolo del BDSM, una práctica de fantasías sexuales que implica el cuero y el sadomasoquismo. El hombre, de 57 años, mira a su alrededor incrédulo y explica por qué. Fue una de las 100 personas que hace 26 años se juntaron en la calle Paraná al 100 en el debut de la Marcha. "Parecía un sueño en 1992 llegar a esto, tanta gente y una ley de matrimonio igualitario. Si bien los reclamos que quedan son muchísimos nos tenemos que permitir celebrar la conquista de este espacio, que homenajea nuestra identidad".

Ferreyra usa palabras de Carlos Jáuregui, primer presidente de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), en los años 80, para resumir el corazón de la marcha: "El decía que 'en una sociedad que nos condena a la vergüenza, el orgullo es una respuesta política', y esta alegría es una respuesta política a la violencia y el destrato del Estado. El secreto de la diversidad es el punto en el que todos somos iguales".

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