
Una revisión publicada en Translational Neurodegeneration concluyó que la dieta cetogénica puede proteger el cerebro frente a enfermedades neurodegenerativas como Alzheimer, Parkinson, esclerosis múltiple y ELA.
Esto sucede al ofrecer una fuente alternativa de energía cuando las neuronas ya no utilizan bien la glucosa y al influir también sobre procesos celulares vinculados al daño progresivo.
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El análisis reunió resultados de estudios publicados durante los últimos 15 años y encontró que este plan de alimentación, rico en grasas y bajo en carbohidratos, no solo ha sido utilizado para bajar de peso, sino que también aparece como una vía prometedora para prevenir o tratar trastornos que deterioran el sistema nervioso con el tiempo.
En el trabajo participaron expertos de la Universidad de Coimbra, en Portugal. La base de su hipótesis está en el eje intestino-cerebro.

El trabajo señala que ambos sistemas mantienen una comunicación bioquímica constante y bidireccional, con intercambio de señales que inciden en la digestión, la salud emocional y, de acuerdo con algunos estudios, en el desarrollo de enfermedades neurodegenerativas.
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En condiciones normales, las células dependen de la glucosa para producir energía. En personas con estas enfermedades, las células cerebrales suelen tener dificultades para usarla con eficacia, y allí la dieta cetogénica cambia el metabolismo corporal desde la glucosa hacia las grasas.
Ese cambio lleva al hígado a producir cuerpos cetónicos a partir de ácidos grasos. Esos compuestos funcionan como “combustible” alternativo para el cerebro y sostienen procesos de protección y reparación dentro de las células nerviosas, según la revisión.
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Las enfermedades neurodegenerativas comparten fallas energéticas e inflamación

El Alzheimer, el Parkinson, la enfermedad de Huntington, la ELA y la esclerosis múltiple presentan síntomas distintos, pero comparten mecanismos de base: el deterioro y la muerte lenta de células nerviosas en el cerebro y la médula espinal.
La revisión identifica a la disfunción mitocondrial como un factor central. Cuando falla la maquinaria celular que produce energía, disminuye su rendimiento y aumentan la muerte neuronal y la acumulación de moléculas dañinas; la inflamación cerebral agrava ese proceso.
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La dieta cetogénica también podría intervenir en otros frentes. La revisión indica que activa la autofagia, el sistema natural de limpieza celular, lo que ayudaría a eliminar componentes dañados y acumulaciones de proteínas tóxicas asociadas con el deterioro cognitivo.
A eso se sumarían una reducción del estrés oxidativo y un efecto de contención sobre la inflamación crónica. El estudio añade que la dieta puede modificar la microbiota intestinal: reduce bacterias asociadas a inflamación y favorece microbios vinculados con una mejor salud de la barrera intestinal.
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El origen clínico de este enfoque se remonta a 1921, cuando el médico estadounidense Russell Morse Wilder diseñó la dieta cetogénica para tratar epilepsia resistente a medicamentos en niños. Décadas después, esa estrategia empezó a atraer a investigadores de enfermedades neurodegenerativas progresivas, un campo en el que los tratamientos actuales suelen aliviar síntomas, pero rara vez frenan la pérdida de neuronas.
La Universidad de California definió la dieta cetogénica o keto como un plan alimentario alto en grasas y bajo en carbohidratos que busca inducir la cetosis, un estado en el que el cuerpo usa la grasa como combustible en lugar de la glucosa. Ese proceso produce ácidos llamados cetonas, según la institución.
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Se caracteriza por ser muy alta en grasas, muy baja en carbohidratos y relativamente baja en proteínas. El esquema plantea una proporción de 4 gramos de grasa por cada gramo de proteína y carbohidratos combinados, con alimentos pesados para sostener esa relación.
Bajo esa distribución, suele ser necesario evitar alimentos ricos en carbohidratos como pasta, papas y fruta, y acompañar cada porción de proteína con cuatro porciones de alimentos grasos como crema de leche, aguacate, aceite de oliva y queso entero. Ejemplo de una comida: medio aguacate con un trozo de salmón cocinado en abundante aceite de oliva y una ensalada, todo cubierto con una salsa cremosa hecha con nata y queso.
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Los beneficios observados y las dudas

La revisión sostiene que, en personas con Alzheimer, la dieta cetogénica se asoció con mejoras en la memoria, el funcionamiento diario y la calidad de vida, sin efectos adversos graves. En pacientes con Parkinson, también se observaron más energía, menos fatiga y mejor función motora.
Según los expertos, hubo resultados positivos en otras enfermedades neurodegenerativas. Aun así, aclara que gran parte de la evidencia disponible proviene de estudios en animales y ensayos clínicos de pequeña escala.
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La respuesta directa a la pregunta sobre qué encontró esta revisión es esta: la dieta cetogénica aparece como una estrategia prometedora porque no solo aporta combustible alternativo al cerebro, sino que además podría actuar sobre varios procesos biológicos que impulsan la degeneración neuronal.
Seguir este patrón alimentario, de todos modos, puede ser difícil. Muchas personas tienen problemas para mantenerlo a largo plazo y algunas abandonaron estudios por sus restricciones, mientras que al inicio pueden aparecer dolor de cabeza, fatiga, náuseas y mareos, síntomas descritos como gripe cetogénica.
Los investigadores señalan que todavía persisten interrogantes sobre sus efectos a largo plazo, su seguridad y su utilidad práctica en entornos clínicos. La revisión concluye que, aunque los resultados preclínicos son prometedores, esas preguntas siguen abiertas.
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