
Cada mañana, un puñado de pacientes aborda un ascensor industrial que desciende 250 metros bajo tierra, en los subsuelos de un barrio residencial en las afueras de Ereván, capital de Armenia. Al fondo los espera una red de túneles excavados en roca salina, camas estrechas detrás de cortinas y seis horas de silencio absoluto. Lo que parece el decorado de un búnker de la Guerra Fría es, en realidad, una clínica médica instalada en el interior de una mina activa de sal, considerada una de las pocas de su tipo en el mundo. Su existencia, sin embargo, pende de un hilo.
El centro opera desde 1987 en la mina de Avan y ofrece un tratamiento alternativo llamado espeleoterapia, basado en la premisa de que el aire saturado de sal, libre de alérgenos y contaminación, puede aliviar enfermedades respiratorias como el asma y las alergias. Durante décadas, miles de armenios recibieron este tratamiento de forma gratuita a través del sistema público de salud.
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Según un informe elaborado por el medio británico The Guardian, en 2019 el gobierno de Armenia retiró el financiamiento estatal al considerar que la espeleoterapia carece de evidencia científica suficiente para justificar el gasto público. Desde entonces, el número de pacientes cayó de forma drástica y la clínica opera al límite de su capacidad.
Un microclima bajo tierra

La doctora Anush Voskanyan, que trabaja en la clínica desde 1989, guía a los visitantes por las enormes cámaras subterráneas y explica el origen del tratamiento. Según relató al medio británico, la idea surgió cuando los médicos advirtieron que los trabajadores de las minas de sal presentaban tasas de enfermedades respiratorias notablemente bajas, a pesar de pasar su vida laboral bajo tierra. Esa observación impulsó estudios sobre el microclima de las minas, que derivaron en la apertura de clínicas especializadas en distintas partes del bloque soviético.
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La médica atribuye los beneficios del entorno a una combinación de factores: el aire cargado de sal, una temperatura constante de 19°C durante todo el año y la ausencia total de alérgenos, ruido, radiación y polución. Los pacientes realizan el tratamiento durante seis horas diarias a lo largo de tres semanas.
De acuerdo con los médicos del centro, la primera semana sirve para que el organismo se adapte al ambiente de la mina, y los efectos positivos se van acumulando de forma gradual. “Aquí básicamente no se envejece”, afirmó la doctora en declaraciones recogidas por The Guardian.
De miles a cinco pacientes

En su momento de mayor actividad, la mina de Avan recibía miles de pacientes por año. Muchos llegaban sin costo alguno, cubiertos por el sistema de salud armenio. Hoy, las cámaras que antes albergaban a 60 personas a la vez están casi vacías. “Hoy somos probablemente cinco”, dijo al observar los espacios desiertos, según consignó el diario.
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El punto de quiebre llegó cuando el gobierno armenio retiró el financiamiento en el marco de una reforma del sistema de salud orientada a la introducción de un seguro médico universal. Las autoridades debieron decidir qué tratamientos merecían cobertura pública y la espeleoterapia quedó fuera. Quienes antes asistían gratis ahora deben abonar alrededor de 20 libras esterlinas (unos USD 26,59) por cada sesión. “Estamos al borde del cierre. Seguimos funcionando, pero apenas, y podríamos cerrar cualquier día”, advirtió la doctora.
Entre el testimonio y la evidencia

La espeleoterapia se practica desde hace décadas en Europa del Este y en los países de la ex Unión Soviética, pero los estudios a gran escala son escasos y la mayoría de los centros que existían ya cerraron sus puertas. Muchos especialistas en enfermedades respiratorias la consideran una terapia complementaria que puede aliviar síntomas, pero que no debe reemplazar los tratamientos médicos convencionales.
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Para sus defensores, la falta de investigación sistemática no invalida décadas de testimonios. Mikayel Torosian, un paciente asmático, describió su experiencia al medio inglés: “Probé todos los tratamientos posibles y este es el único que funcionó. Pensé que era una completa tontería antes de probarlo, pero ahora soy un verdadero creyente. Me salvó”, contó al medio.
Mientras el debate sobre la validez médica del método continúa abierto, cada mañana el ascensor de la mina de Avan sigue su descenso bajo las calles de Ereván, ofreciendo a quienes bajan algo difícil de encontrar en la superficie: horas de silencio total, sin conexión a internet y sin el ruido del mundo exterior.
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