
Durante años, la ciencia intentó responder por qué algunas personas logran vivir más de un siglo con buena salud. Un estudio internacional coordinado por la Tufts University aporta nuevas pistas a esa pregunta y pone el foco en un factor concreto y modificable: la alimentación.
La investigación, publicada en la revista científica Innovation in Aging, siguió durante 20 años a los hijos de personas centenarias. El trabajo forma parte del New England Centenarian Study, la mayor investigación mundial sobre longevidad familiar, iniciada en 1995 por la Boston University en Estados Unidos.
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El análisis específico sobre hábitos alimentarios comenzó en 2005, cuando los participantes tenían alrededor de 70 años. Actualmente, muchos de ellos superan los 90, lo que permitió evaluar de manera prolongada la relación entre dieta, condiciones de vida y estado de salud.
Según explicó Paola Sebastiani, autora principal del estudio, este seguimiento permitió observar una menor frecuencia de afecciones como accidente cerebrovascular, demencia, diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares en comparación con la población general.
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Un patrón alimentario que favorece la salud
El estudio encontró que estos individuos presentan patrones alimentarios más saludables que el promedio. En particular, consumen más pescado, frutas y verduras, y menos sodio y azúcares añadidos, lo que se asocia con una menor incidencia de enfermedades relacionadas con la edad.

Este tipo de alimentación se asocia con mejores indicadores de salud metabólica, cardiovascular y cognitiva. En términos simples, ayuda a mantener el funcionamiento del organismo y reduce el riesgo de enfermedades crónicas.
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Los investigadores plantean que existe una “vía conductual”, es decir, un conjunto de hábitos aprendidos que refuerzan la resistencia biológica heredada. Esto implica que la genética puede ofrecer una base favorable, pero el estilo de vida es clave para sostenerla.
El científico Erfei Zhao, primer autor del estudio e integrante del Jean Mayer USDA Human Nutrition Research Center on Aging, destacó que la alimentación es uno de los factores más importantes bajo control individual para mejorar tanto la duración como la calidad de vida.
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Los beneficios de esta forma de alimentación no son abstractos. Tienen efectos directos en el organismo. Una dieta rica en frutas, verduras y pescado aporta nutrientes esenciales que ayudan a:
- Mantener estables los niveles de azúcar en sangre
- Reducir la inflamación del cuerpo
- Proteger las arterias
- Preservar la función cerebral
Por el contrario, el exceso de sal y azúcar puede favorecer la aparición de enfermedades crónicas.
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A pesar de estos hábitos positivos, el estudio detectó que tanto los descendientes de centenarios como los grupos de control presentan deficiencias similares. En particular, ninguno alcanza los niveles recomendados de consumo de cereales integrales ni de legumbres, como porotos, lentejas o guisantes. Estos alimentos son importantes porque aportan fibra, proteínas y nutrientes que contribuyen a la salud cardiovascular y digestiva.
Este dato sugiere que incluso las personas con mejores hábitos alimentarios tienen margen para mejorar su dieta.
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Genética y ambiente: una combinación clave

El estudio señala que la longevidad no depende exclusivamente de la herencia genética. De acuerdo con investigaciones citadas por Tufts University, los factores genéticos explican aproximadamente el 50% de la variabilidad en la edad al fallecer. El resto está vinculado a factores ambientales, entre los que la alimentación ocupa un lugar central. Sin embargo, no actúa de manera aislada.
Zhao explicó que el envejecimiento saludable es el resultado de la interacción entre predisposición genética y condiciones de vida. Este vínculo aún es objeto de estudio, ya que no se conoce completamente cómo estos factores se combinan a lo largo del tiempo.
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Para evaluar la calidad de la dieta, los investigadores utilizaron índices reconocidos a nivel internacional, como el Healthy Eating Index (HEI), el Alternative Healthy Eating Index (AHEI), la MIND Diet y el Planetary Health Diet Index. Estas herramientas permiten medir desde la adherencia a recomendaciones nutricionales hasta la prevención de enfermedades y el impacto ambiental de la alimentación.
Más allá de la dieta, el estudio destaca el rol del contexto social. El nivel educativo y socioeconómico influye de manera directa en la calidad de los hábitos alimentarios.
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Los datos recogidos por la Boston University muestran que las diferencias en la alimentación entre hijos de centenarios y otros participantes eran notorias en personas con menor nivel educativo. Sin embargo, esa brecha se reducía significativamente entre quienes contaban con estudios de posgrado.
Este resultado sugiere que la educación superior puede igualar el acceso a información y hábitos saludables, independientemente del origen familiar.

A su vez, el investigador Andres V. Ardisson Korat, coautor del estudio, remarcó la necesidad de políticas públicas que faciliten el acceso a alimentos saludables. Esto incluye mejorar la disponibilidad y el costo de productos como pescado, frutas, verduras, cereales integrales y legumbres.
Una guía para envejecer con mejor salud
Los resultados indican que adoptar este tipo de alimentación podría beneficiar a la población en general, más allá de la herencia genética. Los expertos coinciden en que aumentar el consumo de alimentos frescos y reducir los productos con alto contenido de sodio y azúcares puede contribuir a prevenir enfermedades y mejorar la calidad de vida en la vejez.
Al mismo tiempo, el estudio advierte que incluso quienes tienen una predisposición favorable no alcanzan siempre las recomendaciones nutricionales ideales. Por eso, se subraya la importancia de promover cambios sostenidos en la alimentación.
El objetivo de este tipo de investigaciones no se limita a prolongar la vida. Como señalan los investigadores de Tufts University, el desafío es lograr que esos años adicionales se vivan con buena salud, autonomía y bienestar.
En ese sentido, la evidencia refuerza una idea clave: aunque la genética influye, los hábitos cotidianos —especialmente la alimentación— pueden marcar una diferencia concreta en cómo envejece el organismo.
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