
Eleanor y Lyle Gittens han construido una rutina donde la compañía diaria, la comunicación y el aprendizaje marcaron el pulso de ocho décadas juntos. Su longevidad no dependió de fórmulas secretas, sino de la suma de pequeños hábitos: priorizar el tiempo en familia, rodearse de amigos, mantener la curiosidad intelectual y participar en la vida social. Con 83 años de matrimonio, residentes de Miami, la pareja ha sido reconocida como el matrimonio más longevo del mundo. Se casaron el 4 de junio de 1942 y a principios de este año celebraron su 83º aniversario.
Este logro, validado por la Comisión de Validación Global de LongeviQuest, los sitúa en la cima de los récords mundiales de longevidad conyugal y los convierte en la pareja casada más anciana registrada hasta la fecha. Su historia, marcada por la superación y el optimismo, despertó admiración internacional y se transformó en un ejemplo de vida en común.
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Para certificar la hazaña de los Gittens, la comisión revisó documentos oficiales, como el certificado de matrimonio de 1942, registros del censo estadounidense y material de archivo de varias décadas. Con una edad combinada de 216 años y 132 días, Eleanor, de 107 años, y Lyle, de 108, no solo han superado a sus predecesores, sino que también han establecido una nueva marca histórica para las parejas casadas a nivel mundial.
El secreto de su longevidad

La longevidad y estabilidad de su matrimonio se ha sustentado en valores sólidos y rutinas compartidas. La pareja superó adversidades, pero siempre estuvieron juntos. ¿Cuál es el secreto de su matrimonio récord? Eleanor dio una explicación sencilla: “Nos amamos”. Ante la misma pregunta, Lyle respondió de forma similar: “Amo a mi esposa”. Ambos mencionaron que mantener su matrimonio nunca les había exigido mucho esfuerzo; les resultaba fácil seguir casados, según describió Longeviquest.
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Ambos, contaron, valoraron la vida en familia y permanecieron cerca de sus hijos al envejecer, mudándose a Miami para estar cerca de su hija.
Un estudio reciente indica que las personas mayores que mantienen una vida social activa presentan una mayor esperanza de vida. Según los hallazgos publicados en la revista Journal of the American Geriatrics Society, la participación social en este grupo de edad se vincula con un menor riesgo de mortalidad en comparación con quienes viven en soledad.
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El valor de los vínculos sociales fue documentado por el Harvard Study of Adult Development, considerada la investigación más extensa sobre la vida humana realizada hasta la fecha. Este proyecto, que comenzó en 1938, rastrea la vida de más de dos mil personas y sus familias con el objetivo de identificar factores que inciden en el bienestar físico y mental.
La evidencia reunida por este trabajo sostenido en el tiempo indica que el apoyo emocional, el sentido de pertenencia y una actitud positiva tienen mayor impacto en la longevidad que la mayoría de los factores físicos tradicionalmente evaluados. El subdirector del estudio, Mark Schultz, explicó a New Scientist: “Las personas cercanas nos ayudan a encontrar soluciones a los problemas y a regular emociones difíciles. El simple hecho de estar cerca de otros calma el cuerpo de formas importantes”. Los resultados muestran que quienes conservan lazos sociales positivos y se mantienen activos en su comunidad durante la mediana edad presentan menor riesgo de depresión y mejor función cognitiva en la vejez.
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Según detalló la pareja en la entrevista, promovieron la alegría, la gratitud y la sencillez en la vida cotidiana. Superaron juntos situaciones difíciles, como la separación durante la Segunda Guerra Mundial, manteniendo la comunicación a través de cartas.

La calidad y diversidad de las relaciones sociales pueden ser tan determinantes para la longevidad como la salud física, según un estudio longitudinal realizado en Estados Unidos.
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Durante una década, más de 1.500 adultos mayores participaron en una investigación que analizó cómo los distintos tipos de vínculos personales influyen en el bienestar físico, emocional y mental en la vejez. El trabajo, liderado por Lissette Piedra, profesora de la Universidad de Illinois, y James Iveniuk, investigador de la Universidad de Chicago, concluyó que la estructura de las redes sociales en la tercera edad tiene un impacto directo y comparable al de los factores médicos tradicionales.

El análisis, basado en datos del National Social Life, Health and Aging Project (NSHAP), permitió identificar tres configuraciones principales de redes sociales entre los adultos mayores: enriquecidas, focalizadas y restringidas.
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Los investigadores emplearon un modelo estadístico denominado análisis de transición latente con intercepto aleatorio, para clasificar a los participantes y seguir la evolución de sus relaciones a lo largo del tiempo.
Según los resultados publicados en la revista Innovation in Aging las redes enriquecidas se caracterizan por su amplitud, diversidad de vínculos y alta participación social. Quienes integran este grupo suelen mantener relaciones familiares y extrafamiliares activas, participan en actividades comunitarias y presentan bajos niveles de soledad.
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Por otro lado, el matrimonio se mantuvo activo en la educación y el aprendizaje: eleanor obtuvo su doctorado a los 69 años y Lyle sigue interesado en adquirir conocimientos usando su teléfono inteligente. Participaron en actividades sociales y culturales, manteniéndose vinculados a su universidad y viajando a congresos y destinos que les interesaban.
“Los adultos mayores que mantienen la curiosidad y desean aprender cosas nuevas relevantes para sus intereses podrían contrarrestar o incluso prevenir la enfermedad de Alzheimer. Por el contrario, quienes muestran poca curiosidad y desinterés pueden estar en riesgo de padecerdemencia”, señalaron en un comunicado de la UCLA, en una nota anterior de Infobae.
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Alan Castel, psicólogo de la UCLA y autor principal del estudio publicado en PLOS One, expresó: “La literatura psicológica muestra que a menudo lo que se conoce como curiosidad rasgo, o el nivel general de curiosidad de una persona, tiende a disminuir con la edad”.
Aprender un idioma es otra forma de fomenta cambios en el cerebro y aporta beneficios comprobados en memoria, creatividad y concentración.
Investigaciones, como las del Instituto Max Planck, han demostrado que estudiar una lengua extranjera estimula áreas cerebrales relacionadas con el lenguaje y protege contra el envejecimiento cerebral. Esta práctica mejora la plasticidad cerebral tanto en niños como en adultos.
Una historia de amor y longevidad

La historia de ambos comenzó en 1941, cuando estudiaban en la Universidad Clark Atlanta. Lyle, integrante del equipo de baloncesto e incluido luego en el Salón de la Fama de la universidad, captó la atención de Eleanor durante un partido contra Morehouse College. Eleanor recuerda que no retuvo el resultado del encuentro, pero sí la impresión imborrable de aquel primer contacto con quien sería su compañero de vida.
La Segunda Guerra Mundial marcó los primeros años de su relación. A pesar de la certeza de que Lyle sería reclutado, la pareja planeó su boda para el 4 de junio de 1942. Lyle recibió un permiso especial de tres días para la boda antes de reincorporarse a su entrenamiento militar en Fort Benning, Georgia.
Poco después, fue destinado a Italia con la 92.ª División de Infantería del Ejército estadounidense, mientras Eleanor, embarazada de su primer hijo, se trasladó a Nueva York, donde conoció a la familia de Lyle. Tras el fin del conflicto, la pareja se reunió y estableció su hogar en Nueva York, donde ampliaron la familia con el nacimiento de sus hijos Lyle Rogers, Angela e Ignae.

Durante las décadas de 1950 y 1960, a pesar de las largas jornadas laborales, instauraron una tradición que perdura: al finalizar el día, Lyle preparaba dos martinis para compartir con Eleanor, un ritual que hoy se ha transformado en una cerveza durante el almuerzo. Esta costumbre simboliza la importancia que ambos han dado a la compañía diaria y a celebrar los pequeños logros juntos.
Eleanor encontró nuevas vías de realización personal al obtener su doctorado en Educación Urbana en la Universidad de Fordham a los 69 años, demostrando que el aprendizaje no tiene edad.
“Estoy feliz de estar aquí”, dijo Lyle para cerrar la nota. Y concluyó: “Disfrutamos mucho nuestro tiempo juntos y hemos hecho muchas cosas juntos”.
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