
El tratamiento de la enfermedad de Parkinson atraviesa una transformación silenciosa: junto con los fármacos, el ejercicio físico gana protagonismo como una herramienta con efectos que van más allá del alivio sintomático.
La evidencia científica empieza a consolidar la idea de que el movimiento no solo mejora la calidad de vida, sino que también podría influir en la evolución del trastorno.
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Un informe publicado por The Washington Post reunió distintos enfoques respaldados por especialistas y estudios recientes. Los expertos consultados describieron cómo diversas formas de actividad física impactan tanto en los síntomas motores como en los aspectos cognitivos y emocionales asociados a esta enfermedad neurodegenerativa progresiva.
El rol del ejercicio en el Parkinson
El Parkinson afecta a las neuronas que producen dopamina, un neurotransmisor esencial para la coordinación del movimiento. Su disminución provoca manifestaciones características como temblores, rigidez muscular, lentitud y alteraciones en la marcha y el equilibrio.
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Frente a este cuadro, el ejercicio se posiciona como un componente clave del tratamiento. La neuróloga Jori Fleisher, del Centro Médico de la Universidad Rush, afirmó a The Washington Post que “el ejercicio siempre debería formar parte del tratamiento para el Parkinson en todos los casos, es tan importante como la medicación”.
Además, remarcó un aspecto relevante: “Aún no se ha demostrado que ningún medicamento ralentice la progresión del Parkinson, pero el ejercicio parece tener ese efecto”.
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Según especialistas, la actividad física fortalece los músculos, mejora la movilidad, aumenta el equilibrio y reduce la tensión corporal. En el plano mental, contribuye a disminuir el estrés, favorece la memoria y potencia la interacción social, especialmente en entornos grupales.
1. Cardio: la base del entrenamiento
El ejercicio aeróbico ocupa un lugar central en las recomendaciones médicas. La neuróloga Sule Tinaz señaló a The Washington Post: “El ejercicio aeróbico es fundamental. Es la base del programa de ejercicios”. Actividades como correr, nadar, andar en bicicleta o utilizar la elíptica permiten alcanzar intensidades que impactan de forma directa en la función motora.
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Estudios citados en el informe indicaron que el entrenamiento de mayor intensidad podría potenciar la movilidad y la comunicación neuronal vinculada a la dopamina. La elección de la disciplina no resulta determinante, siempre que se mantenga de forma constante y con el esfuerzo adecuado.
2. Entrenamiento de fuerza: postura y estabilidad
El trabajo de fuerza resulta esencial para contrarrestar la debilidad muscular, especialmente en la espalda y el core. La fisioterapeuta Kelly Hussey explicó en diálogo con el medio estadounidense que es importante fortalecer los músculos de la parte superior e inferior de la espalda, así como los glúteos, ya que estos permiten mantener una postura más erguida y una zancada más larga.
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Ejercicios como sentadillas, puentes de glúteos, remos o movimientos con bandas elásticas ayudan a mejorar la estabilidad y reducir el riesgo de caídas. Además, trabajar el rango completo de movimiento permite enfrentar la tendencia a realizar gestos más limitados, característica frecuente en esta enfermedad.
3. Yoga: flexibilidad y salud mental
El yoga aporta beneficios tanto físicos como emocionales. La práctica regular mejora la flexibilidad, especialmente en zonas como caderas, espalda y piernas, que suelen verse afectadas por la rigidez muscular.
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También incorpora técnicas de respiración y atención plena, lo que favorece el manejo de la ansiedad y la depresión. Diversos análisis lo posicionan como una de las disciplinas más eficaces para mejorar la movilidad funcional y reducir el riesgo de caídas.
4. Karate: coordinación y confianza
El karate combina actividad aeróbica, coordinación y memoria. Las secuencias coreografiadas, conocidas como katas, estimulan la memoria de trabajo, mientras que los movimientos amplios ayudan a contrarrestar la reducción del rango de movimiento.
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La práctica incluye técnicas para caer de forma segura, lo que puede disminuir el temor a perder el equilibrio. Este aspecto incide directamente en la confianza al desplazarse en la vida cotidiana.
5. Boxeo: agilidad y potencia
El boxeo sin contacto se consolidó como una alternativa cada vez más utilizada. Según la neuróloga Tinaz diversos estudios demostraron que esta disciplina contribuye a mejorar la coordinación, el equilibrio, la agilidad, la explosividad de los movimientos y la potencia.
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La disciplina exige movimientos multidireccionales, cambios de ritmo y secuencias que requieren concentración. Este conjunto de estímulos favorece tanto la condición física como las funciones cognitivas.
6. Baile: movimiento y socialización
El baile, y en particular el tango, ofrece beneficios integrales. Esta práctica combina ejercicio cardiovascular con coordinación y memoria, ya que implica seguir pasos y ritmos específicos.
Además del componente físico, se destaca el valor social y emocional. La interacción con otras personas y el aprendizaje de nuevas habilidades contribuyen a mejorar el bienestar general, en un contexto donde la motivación resulta clave para sostener la actividad en el tiempo.

Un enfoque multifacético
Las guías de la Fundación Parkinson y el Colegio Americano de Medicina Deportiva recomiendan un programa que incluya actividad aeróbica, fuerza, estiramientos y ejercicios de equilibrio y agilidad varias veces por semana. Esta combinación permite abordar de manera integral los distintos síntomas de la enfermedad.
La evidencia reunida en el informe muestra que el ejercicio no actúa como una cura, pero sí como una herramienta con impacto tangible en la funcionalidad diaria. La integración de estas prácticas en la rutina terapéutica marca una diferencia en la evolución y en la calidad de vida de quienes conviven con Parkinson.
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