Johnny Lawrence (William Zabka) y Daniel LaRusso (Ralph Macchio) vuelven a encontrarse décadas después del torneo de karate de All Valley (Guy D'Alema/Sony/YouTube/Kobal/Shutterstock).
Johnny Lawrence (William Zabka) y Daniel LaRusso (Ralph Macchio) vuelven a encontrarse décadas después del torneo de karate de All Valley (Guy D'Alema/Sony/YouTube/Kobal/Shutterstock).

La serie estrella de la cuarentena fue una revelación: Cobra Kai, el spin off de la muy popular y ochentosa Karate Kid, se llevó los laureles del binge watching pandémico y logró conquistar tanto a los cuarentones nostálgicos como a los centennials aprensivos que supervisan cada chiste de acuerdo con las reglas de la cultura woke. Y lo hizo sin demagogia ni con unos ni con otros.

La premisa es muy inteligente. Pasaron 34 años del inolvidable torneo de karate de All-Valley en el que Daniel LaRusso (Ralph Macchio) venció a Johnny Lawrence (William Zabka) con la patada de la grulla. Aquella noche se enfrentaron, además, dos filosofías: la del Sr. Miyagi (Pat Morita), noble y pacifista, y la de Cobra Kai, resumida en el eslogan “no mercy” (sin piedad).

Ahora Johnny es un perdedor que trabaja haciendo changas y tiene un hijo adolescente al que casi no ve. Daniel, en cambio, es dueño de una próspera cadena de concesionarias de autos y vive en una casa lujosa con su mujer y sus dos hijos. La movilidad social fue en ambas direcciones.

No se trata solo de la rivalidad entre dos personas y dos filosofías. Johnny y Daniel representan dos tipos de masculinidades.

Una noche, Johnny defiende a Miguel (Xolo Maridueña), un hijo de inmigrantes ecuatorianos que estaba siendo atacado por unos bullies. Ese chico en el que ve reflejado a su propio hijo lo lleva a reabrir la escuela de karate Cobra Kai y a entrenar a un adorable grupo de chicos marginados. Cuando Daniel se entera, decide resucitar el legado del Sr. Miyagi y entrenar a su hija Samantha (Mary Mouser) y a Robby (Tanner Buchanan), el hijo de Johnny. Así se reaviva la rivalidad entre ellos.

Pero no se trata solo de la rivalidad entre dos personas y dos filosofías. Johnny y Daniel representan dos tipos de masculinidades. En los 80, eran el macho recio, rubio y ricachón que cree que la mujer es su propiedad, y el flacucho menos agraciado y sin auto, pero con sensibilidad y sentido del humor.

Cobra Kai es astuta y sugiere que hoy, a los cincuenta y pico, los adversarios de antes son las dos caras de una misma moneda: Daniel es Dr. Jekyll y Johnny es un Mr. Hyde deconstruído.

Trailer de Cobra Kai

“Para ser un gran luchador, tenés que aprender a adaptarte”, les dice Johnny a sus alumnos para relativizar el “no mercy” de su slogan, pero se lo está diciendo también a sí mismo. Y Daniel, que en los 80 era su némesis, hoy es otro boomer que no entiende el concepto de apropiación cultural.

En una de las escenas clave de los últimos capítulos, Johnny y Daniel se ven obligados a compartir la mesa en un restaurante mexicano. Johnny está en una primera cita con la madre de Miguel y Daniel en una salida de reconciliación con su esposa. Las dos mujeres son las que insisten en sentarse juntos y se miran, cómplices y divertidas, ante la incomodidad de los dos varones que se lanzan dardos en una pelea adolescente por ver quién la tiene más grande.

La vida no es blanco o negro, la mayor parte del tiempo es gris. Ser un badass todavía es requisito, pero tienen que aprender a pensar no con sus tripas ni con sus puños, sino con la cabeza

Después de algunos tequilas y algunas cervezas, empiezan a pegar onda y a darse cuenta de que las peleítas del pasado ya fueron y de que los dos tienen más cosas en común que las que creían: una chica que les rompió el corazón, la pasión por el karate, hijos adolescentes y la necesidad de examinarse la próstata periódicamente. A la salida, se dan la mano y el gesto nos recuerda el final de Karate Kid, cuando Johnny pierde y, entre lágrimas, le da el trofeo a Daniel y le dice: “Sos buen tipo, LaRusso. Buena pelea”. Ese apretón de manos se venía esperando desde el principio, como cuando una espera el beso final en una comedia romántica.

“Yo siempre seré Miyagi-do y vos siempre serás Cobra Kai”, le dice Daniel a Johnny como para no bajar del todo sus banderas. Y tiene sentido que los varones puedan ser a veces Miyagi-do y a veces Cobra Kai.

“Para ser un gran luchador, tenés que aprender a adaptarte”, dijimos que decía Johnny. La lección continuaba así: “La vida no es blanco o negro, la mayor parte del tiempo es gris. Ser un badass todavía es requisito, pero tienen que aprender a pensar no con sus tripas ni con sus puños, sino con la cabeza”.

Si bien este monólogo es una lección de Johnny Lawrence a sus alumnos, eso de que la vida no es blanco o negro parece una lección de Cobra Kai (la serie) a sus espectadores. No siempre poner música japonesa en un video es apropiación cultural, a veces solo era la música favorita del Sr. Miyagi.

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