Me cautivaron sus rulos, su boca, su forma de decir las cosas. Tocaba el bajo, vivía solo desde hacía un año, había pasado por tres colegios, leía a Nabokov y a Nietzsche. Estaba estudiando fotografía y en el supuesto comedor del departamento había instalado un laboratorio para revelar sus fotos. Cursaba quinto año en un colegio jesuita al que detestaba. Yo tenía dieciséis, iba a un colegio en Belgrano y estaba empezando a dejar de ir a misa los domingos. Algunas tardes, cuando mi madre me dejaba, me bajaba del ómnibus escolar en la esquina de Ugarteche y caminaba una cuadra hasta su casa. Iba con mi uniforme de camisa blanca y pollera azul. Hablaba muy poco. Era, según sus palabras, “monosilábica”. A las amigas de su madre se refería como “anorgásmicas”. Esas palabras me conquistaban.

Un viernes a la noche estábamos viendo una película en su casa. Se levantó del sillón para atender el teléfono (eran los años 90), habló con alguien y cortó. Me dijo: “Me tengo que ir a acompañar a una mina a hacerse un Evatest”. La estatua monosilábica no hizo preguntas, lo esperó sentada en el sillón negro hasta que volvió.

En el verano vino a visitarme. Lo ponían de mal humor las reglas de mi casa. Mi familia tan poco cool, tan “straight”. Mi madre no nos dejaba tener la puerta cerrada del cuarto cuando estábamos juntos y al segundo día nos pidió que no estuviéramos en el cuarto, que prefería que estuviéramos en el living o en el jardín, a la vista de todos.

Quise enseñarle a jugar al tenis. Él no hacía ningún deporte. Fuimos a la cancha vacía del club. Yo tenía puestos unos shorts con estampado de leopardo, una remera blanca y un chaleco de jean. Empezamos a pelotear pero él no pegaba una. Me debo haber reído. No me acuerdo en qué momento ni cómo empezó el ataque, pero acto seguido estábamos en un descampado, él persiguiéndome y tirándome pelotas de bosta seca de caballo con la raqueta de tenis. No había nadie más sumisa ni más enamorada.

Algunos meses después, un sábado a la tarde, volvíamos del entierro del padre de una compañera del colegio. En el auto, además de nosotros dos, venían dos amigas mías. Él había estado callado durante todo el viaje, lo cual era raro porque le gustaba mucho hablar. Nos había estado escuchando en silencio, muy serio, como malhumorado. De pronto frenó el auto y les dijo a mis amigas que se bajaran, que eran muy gordas y que le estaban rompiendo los amortiguadores. Superados los primeros segundos de incredulidad y ante mi silencio de piedra, se bajaron. Una de ellas no volvió a hablarme. La otra me perdonó y a los veintipico tuvo con él un romance pasajero.

Un día se puso a hablar de “las ínfulas” y aunque en general sus esdrújulas me gustaban, intuí un peligro mayor. Empezó a tomar clases de francés con una amiga de su hermana –unos años menor que yo– y era hija de madre francesa. Se llamaba Juana. A los dieciséis, yo ya era una señora poco interesante. Las clases de francés transcurrían en el laboratorio, en medio de una luz roja. Yo esperaba en el living, fingiendo ver tele, odiando en silencio a Juana, su cara redondita, su francés inaccesible, su pelo color trigo.

En agosto de ese año, fui a estudiar un mes a Gales, como parte de un intercambio organizado por el colegio. Vino al aeropuerto a despedirme y me dijo que lo estaba abandonando. Le dije que no y le pregunté si quería que le trajera algo de regalo. Me dijo: “Un sweater de cashmere.” Escuchaba por primera vez esa palabra. Me dijo que si no, le comprara unos anteojos Bollé o Vuarnet. Con la plata que me habían dado para el viaje, compré el sweater, el par de anteojos Bollé y un libro enorme de Henri Cartier-Bresson. Para la dedicatoria (que, según me dijo, iba siempre en la segunda página del libro y encabezada por la fecha con el mes escrito en números romanos), me robé unas palabras del prefacio de Borges a su Biblioteca Personal. Después de recibir los regalos, me dijo que me había metido los cuernos en mi ausencia porque yo se los había metido a él con el profesor de gimnasia del colegio en Gales. Le dije que el colegio era exclusivamente de mujeres y que no tenía gimnasia.

Antes de llegar al año de noviazgo, me dejó una nota en mi casa que decía: “Sos un Mercedes Benz y yo necesito un jeep. Tuyo. M.” Leí esa nota millones de veces. Aunque citaba a Nietzsche con frecuencia y me hablaba de la importancia de una moral propia y me decía que la madre de Napoleón lo había tenido a los catorce años, no había logrado convencerme de acostarme con él. Al poco tiempo de recibir la nota, me enteré de que estaba viviendo en New York con una fotógrafa millonaria. En mis noches más oscuras, la palabra “Tuyo” me consolaba.

Las veces que sueño que estamos juntos otra vez, que son pocas, me pregunto adentro del sueño, ¿qué hacés de vuelta acá, sos estúpida? Es una de las peores pesadillas, como la de estar viviendo nuevamente en la casa de mis padres.


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