
El tema es conocido. El valor real de la hacienda terminó 2024 dentro de un escenario deprimido. Acabó perdiendo con la inflación condicionado por los bolsillos flacos de los argentinos, lo cual potenció un factor que se sospechaba recortado a esta altura de los acontecimientos. La referencia es a un nivel de faena que no cede lo suficiente; hasta acá no apareció la importante reducción esperada en el sacrificio de animales de todas las categorías, en especial las hembras.
Los números no mienten. El dato final de 2024 reflejará que se mataron muchas vacas en el primer semestre del año pasado, en tanto asistimos a un récord de faena de vaquillonas, unas 400 mil por mes. Se trata de un escenario que suele aparecer en las épocas en que el negocio ganadero no fluye.
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Un destacado analista advierte que lo que alivia la situación planteada con el stock es que está entrando en el cálculo una camada de terneros -500 mil a 600 mil animales extra- mucho más abultada que en la anterior zafra. No quita que la faena de los últimos meses y la correspondiente a lo que va de enero siga generando preocupación.

Como se observa, por ahora las previsiones han fallado. La idea inicial era que superados tres años de seca, y con un gobierno no intervencionista en el poder, los precios fluirían y alentarían algún grado de retención en los esquemas de producción. No sucedió, porque el clima volvió a meter la cola y porque los beneficios del nuevo régimen aún no aparecen. Así, se consolidó un contexto de fuerte presión en los costos y precios retrasados, lo que terminó por neutralizar aquellas expectativas optimistas.
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Según la información que puede extraerse del SENASA, durante el mes de diciembre los envíos a frigoríficos registraron 1.229.596 animales sacrificados. Este dato, sumado a la faena reportada hasta noviembre último, indicaría una matanza anual cercana a los 13,9 millones de cabezas, un 4,2% menos que lo registrado en 2023, año en que la faena superó los 14,5 millones de animales debido a la seca.
Los técnicos del Rosgan ponen de relieve que 2023 marcó uno de los períodos de mayor liquidación de hacienda luego de los años 2008 y 2009, cuando se perdieron más de 10 millones de cabezas del stock en medio de una pertinaz sequía. En 2023 el stock nacional cayó en más de 1,5 millones de cabezas al pasar de 54,2 a 52,8 millones, con una faena que creció en 1,1 millones de cabezas.
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El problema es que en 2024 la faena se contrajo en apenas 700 mil cabezas, lo cual llevó a que se coronara como una de las más altas de los últimos años. Como se indicó, más allá del número general lo que alerta es la cantidad de hembras faenadas ese año, en especial las hembras jóvenes que, en otro contexto, podrían estar abasteciendo la reposición.
Así, de los 13,9 millones de animales que se estiman faenados en 2024, 2,64 millones fueron vacas y unos 4 millones fueron vaquillonas, cifra que no presenta disminución alguna respecto del pico de faena alcanzando en 2023 cuando había condiciones que obligaban a enviar toda la hacienda posible al mercado.
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Estos números llevan a decir que cerca del 48% de la faena total habrían sido hembras, lo que representa un nivel muy cercano a la liquidación, considerando que en 2023 –de nuevo, pleno año de seca- ese porcentaje fue del 48,1% y el stock de hembras perdió unos 900 mil vientres. De ahí que el Rosgan estima que las cifras finales del año pasado terminarán arrojando una nueva caída en el número total de vientres útiles, que podría situarse entre los 500 mil y 800 mil vientres menos que los contados un año atrás.

Si bien el número general de stock ganadero probablemente termine manteniéndose sin cambios al final del ciclo que acaba de terminar, producto de una mejora esperada en los porcentajes de parición y destete, el hecho de no recuperar vientres productivos es lo que en definitiva genera mayor exposición ante aquellas variables que se encuentran fuera del control del productor, como, por ejemplo, el clima.
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Para el Rosgan, una cantidad de vientres en producción que aún no logra consolidarse no solo nos deja vulnerables frente a adversidades climáticas que puedan comprometer la eficiencia reproductiva del rodeo, sino que a su vez restringe significativamente el potencial de crecimiento y expansión durante años más benignos.
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