
La última vez que se enamoró, Henry Miller tenía 84 años; vivía postrado y estaba ciego de un ojo. Conoció por carta a Brenda Venus, una actriz de treinta años que le había enviado una nota en la que le expresaba la pasión por él a través de sus libros. La relación duró los últimos cuatro años de Miller. En esos años le mandó a Brenda mil quinientas cartas de amor. Le escribía para decirle, por ejemplo: "Sólo gracias a ti continúo vivo. Lo sé mejor que nadie".
Hay mil ejemplos más, pero este solo debería bastar para reivindicar al género. Hoy nadie escribe cartas. Hay costumbres e inventos que se las arreglaron para convivir con las nuevas tecnologías; el libro en papel, sin ir más lejos, sigue firme a pesar de los malos augurios. Pero no pasó eso con las cartas. Y tal vez está bien. El mail, el mensaje de texto y los chats nos han librado de tener que agotar un tema, por razones de tiempo y costos, lo que volvía las cartas largas y soporíferas. Pero la carta de amor es otra cosa.
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En este caso el mail no sólo no aporta sino que quita, empobrece, da pena. La carta de amor perdió terreno ante lo peor de la presentación de imágenes, ante la frase de sobrecito de azúcar con letra inmaculada y melodía de sala de espera. Las máquinas tienen tipografía, la repetición ad infinítum de un mismo molde, pero nosotros tenemos caligrafía, y no importa qué tan elegante o despatarrada sea nuestra letra: es nuestra, y eso le da un valor distinto, un valor humano precisamente.
Leo en una enciclopedia actual un texto que dice: "Las cartas de amor son un género decadente". Decadente, según una de las acepciones del diccionario es "que gusta de lo pasado de moda". Perfecto, me digo entonces, cada día hay más personas dando vueltas por ahí, usando y reivindicando lo vintage o pasado de moda: es el momento ideal.
No se trata de decir que todo tiempo pasado fue mejor, ni de hacer un rescate de las costumbres de la bisabuela. ¿No se acuerdan cómo era escribir a mano? Prueben, es hermoso. Sólo se necesita papel y una lapicera.
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Durante mucho tiempo los enamorados se sentaban a pensar y a dar lo mejor de sí para ponerlo en un papel que soñaban eterno; fumaban, mordían el lápiz, volvían a empezar una y otra vez porque no encontraban las palabras justas o nos les salía la curvita de la S. Era un desafío que valía la pena. Después de todo, si no hacemos algo jugado por nuestro amor, qué clase de amor es el que estamos viviendo.
Una buena carta de amor tiene que ser palabrera, exagerada, llena de esos floripondios que sólo nos salen cuando estamos enamorados. Tiene que oler a perfume, y después hay que ir corriendo hasta el correo y despacharla o entregarla en mano, acompañada de una flor, mejor aún, o de un regalo, y si hay lugar, de un gran beso con ruido.
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En la carta quizá nos animemos a decir aquello que no nos sale decir de frente, por pudor, timidez o miedo a hacer el ridículo. Porque las cartas de amor son, deben ser, ridículas. Y esto no lo digo yo, sino el gran Fernando Pessoa: "Todas las cartas de amor son ridículas, no serían cartas de amor si no fuesen ridículas".
por Mauricio Koch (mauriciok_74@hotmail.com)
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