
La nueva rebeldía son las señoras. Peinan canas; caminan con bastón, se desplazan con andador si es necesario (pero quietas jamás), hacen trekking de marcha con bastones de senderismo, van a todas las charlas y presentaciones de libros y dan pelea con una convicción de roble.
Se desplazan con calma, pero no paran y si tienen que tirar pasos no se amilanan, aunque las rodillas crujan y la humedad se sienta en los huesos. Tienen arrugas en la cara que muestran que los filtros de Instagram no las vuelven complacientes, vendibles o sumisas.
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Entre ellas y las más jóvenes hay una ternura clara que potencia la sabiudría histórica y la frescura del futuro. Juntas son invencibles. La revolución de las hijas y la de las abuelas se dan la mano para cuidarse mutuamente y devolver la dignidad a una época de agresiones y desasosiego.

Las mujeres +50 son las mayores opositoras a los movimientos reaccionarios. Por eso es sintomático que el símbolo de la protesta que cambió el rumbo político de España sea una mujer de casi nueve décadas, reconvertida en ícono popular a partir de su fallecimiento.
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Maricarmen Abascal tenía 87 años, 50% de discapacidad y problemas de movilidad. Fue desalojada el 23 de septiembre de la casa donde se había levantado y acostado durante 71 años, en el barrio madrileño de Retiro.
Murió el miércoles 7 de octubre en el Hospital Gregorio Marañón, de Madrid, después de quince días de internación provocados por el desahucio realizado a la fuerza, con policía y una manifestación que intentó impedirlo. Salió de su casa en camilla. Se fue en ambulancia. No volvió.
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La movilización había logrado que, el 28 de septiembre, se llegue a un acuerdo entre la abogada de Maricarmen y Urbagestion, la empresa compradoar de la propiedad, en la calle Alcalde Sainz de Baranda, que le habría permitido volver a su vivienda, con el arreglo de un pago que no fuera superior al 30% de sus ingresos.
El 23 de septiembre la sacaron de la casa con la policía en el cuarto intento de deshaucio que las movilizaciones habían logrado frenar. Además, varios donantes particulares ofrecieron pagar el monto del alquiler a precio de mercado, pero la empresa había rechazado las ofertas en las que no tenían pérdida de ningún tipo. Hasta que la perdida fue la de Maricarmen.
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Ella nunca pudo regresar a su hogar. “Si bien se consiguió un acuerdo histórico que le habría permitido volver a su vivienda, esta solución ha llegado demasiado tarde. Una situación absolutamente evitable tras un proceso torturante”, expresó, en un comunicado, el Sindicato de Inquilinas.
“Yo soy mi casa”, definió antes de irse en ambulancia frente a una manifestación que pedía que la dejaran quedarse y con una convocatoria clara de su voz quebrada y su piel escarmentada por el padecimiento: “Luchad, seguid luchando por lo que es vuestro”.
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Los fenómenos no son unidireccionales: mientras en Francia son los estudiantes secundarios los que protagonizan una revuelta, en España el caso de Maricarmen pone como protagonista a otra punta generacional.
Su desalojo llevó a una acampada en la plaza de Sol, en Madrid, un epicentro turístico donde, hasta ahora, los extranjeros se sacaban fotos y compraban zapatillas y maquillajes y ahora se amontonan carpas y pancartas.
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Hay algunos efectos llamativos alrededor de un fenómeno social que se vuelca a la política y de una política cada vez más alejada, desde todas las ideologías, de la sociedad. En principio, que la emoción sigue siendo una fibra que hace reaccionar a los ciudadanos cuando menos se lo espera.
La periodista Ángeles Caballero realizó una columna sobre la muerte de la derecha compasiva por los agravios y faltas de respeto a la memoria de Maricarmen
En principio, la convicción de lucha de una señora mayor y el acompañamiento de los jóvenes para que no la saquen de su casa, la permeabilidad de su caso (que muestra hasta qué punto conmueve la situación de una anciana) y la capacidad de luchas intergeneracionales.
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En principio, los feminismos marcan la cancha y abren el terreno para que las mujeres de 20, 30, 40, 50, 60, 70 y de 80 puedan sentirse unidas y apoyarse en fuertes liderazgos de mujeres: las referentes del Sindicato de Inquilinas con una impronta claramente surgida del empoderamiento feminista.
Además, el uso de símbolos nacidos en Argentina, como el pañuelo reconvertido en naranja en la lucha por la vivienda e, incluso, el nombre de “marea verde” (como se conoció a las grandes manifestaciones por el derecho al aborto de 2018 y 2020) con el que se nombró a las columnas por la educación pública que se sumaron a la convocatoria por el derecho a la vivienda.
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El Sindicato de Inquilinas realizó un homenaje a Maricarmen por su lucha por la vivienda
Los feminismos europeos tienen una fuerte inspiración (la mayoría de las veces poco reconocida en una apropiación neo colonial negacionista de las raíces de lo que se dice, se usa, se canta y se hace como forma de protesta) de las tradiciones de lucha de América Latina y de las redes entre mujeres de distintas edades signadas por el ejemplo de las Abuelas y las Madres de Plaza de Mayo.
En las manifestaciones por la aprobación de medidas que permitan mejores condiciones para acceder al derecho a la vivienda es claro cómo las manifestaciones latinoamericanas marcan los símbolos, las consignas y los cantos, con la utilización de frases heredadas del Ni Una Menos (“Ni una Maricarmen más”).
También se transformó el canto de “El patriarcado se va a caer, se va a caer y el feminismo va a vencer” por “el rentismo se va a caer, se va a caer y los inquilinos van a vencer”, con el famoso pasito de rodillas para abajo y saltito para arriba que se volvió un clásico: un perreo de protesta que en Argentina realizaron pioneras como Nina Brugo y Nelly Minyersky.
En la marcha con velas en honor a María Carmen, en un duelo colectivo signado por la rabia, la conmoción y el respeto, el nombre de la mítica señora que sólo quería vivir y morir en su casa se nombró igual que el de las desaparecidas por el terrorismo de estado en Sudámerica.
El grito colectivo, nacido de la lucha de los organismos de derechos humanos de Argentina y Chile en reclamo por los desaparecidos/as de las dictaduras militares de 1973 y 1976, sonó en Madrid, medio siglo después de su surgimiento: “Maricarmen presente, hoy y siempre”.
Por un lado, es claro que entre los jóvenes las mujeres llevan la vanguardia y que el respeto a las mayores (que antes podía verse como un valor conservador) se volvió un sentimiento genuino, un valor de solidaridad y una alianza natural con las manos entrelazadas por la lucha y abrazadas por la ternura.
En términos políticos la acampada de Sol llevó a que el Gobierno de Pedro Sánchez propusiera un decreto Maricarmen en el Congreso para facilitar la compra de departamentos y el alquiler sin fines especulativos. No fue aprobado.
El Partido Socialista Obrero Español (PSOE), en el Gobierno, convocó a elecciones para el 29 de noviembre. La derecha prefería otra agenda y el caso de Maricarmen implicó que el tema de la vivienda ocupara el centro. Sin ingenuidad, es lógico que existan réplicas o debates.
Aún así las encuestas anuncian un posible Gobierno de derecha (el Partido Popular) con Vox (extrema derecha). Pero más allá de quién gane o pierda se supone que los valores de derecha eran conservadores y que los conservadores respetaban a las personas mayores y mostraban solemnidad ante una tragedia.
Ahora o no son conservadores o no conservan los modales más básicos de la humanidad ni respetan el límite de la vida que es la muerte. Por el contrario, los jóvenes rebeldes y las feministas protegen a las mayores.
En política se analiza que uno de los puentes que permitió la llegada de una extrema derecha virulenta, agresiva, irrespetuosa es que las derechas clásicas ya no ocupan un lugar moderado en el epicentro social. Ese fenómeno electoral es también un fenómeno social. Los conservadores ya no conservan las formas ni los valores.
Los ataques, burlas, comentarios despectivos sobre Maricarmen desde medios de comunicación y políticos/as que, en Argentina, serían similares a decirle “Mariplanera” o vaga a una señora que pisaba las nueve décadas y salió viva de su casa pero no pudo regresar a su cama, son ordinarios, agresivos y crueles.
Es cierto que son parte de la época, sí. Pero de una época en donde los que se autoproclaman conservadores no respetaron, si quiera, el minuto de silencio pedido en homenaje a Maricarmen en la diputación de Madrid.
Las especulaciones políticas existen, claro, desde distintos partidos. Pero romper el rito de 60 segundos de luto por un caso que conmociona a la población es destruir también códigos sociales que aunaban a la ciudadanía en acuerdos comunes y en el respeto por las personas que perdían la vida y que merecían morir según sus últimos deseos (con sus propias sábanas) y con el respeto que un fallecimiento (hasta ahora) merecía entre los vivos.
¿Por qué tanto ensañamiento? Hay razones, pero también riesgos. Los límites de respeto que se corren no vuelven atrás. Y no solo inciden electoralmente, sino que se permean en una odiocracia que puede resentir la trama social.
¿Se puede romper el minuto de silencio por una anciana desalojada y pedirle a los chicos de 17 años que cedan el asiento en el colectivo a las señoras que no aguantan estar paradas o ayuden a cruzar a una persona mayor antes de que el semáforo los encuentre en la mitad de una avenida?
¿Se puede calificar de “jeta” (ventajera), “sinvergüenza” o culpar por jugar al bingo a una mujer que pedía no ser desalojada y decirle a la juventud que visite más a sus abuelas o las acompañen al médico?
Hay dos razones de fondo que acompañan esta embestida: los ajustes, motosierras, tijeras, machetazos, austeridad, o como se nombren a los recortes del gasto público, tienen como mayores enemigos a los jubilados/as o pensionadas/os que viven más e implican más gasto (para quienes ven la vida como un problema de costo económico).
Y, dentro de ese sector etario, las mujeres viven más. En Argentina las jubiladas viven en promedio hasta los 80 y los hombres hasta los 74 años.
En España la expectativa de vida es mayor: las mujeres viven hasta los 86 y los hombres hasta los 81, en promedio. Por eso, criticarlas, es también una manera de legitimar que el ajuste recaiga sobre ellas, las que más viven; y naturalizar su muerte es dejar de preocuparse por el bienestar de las mayores.
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