
En la Cámara de Diputados, hubo discursos para todos los gustos, algunos dignos de ser escuchados, otros -la mayoría- objeto de lectura.
Yo diría que se los podría dividir en tres grupos: los de Unión por la Patria, que reflejaban el dolor del poder perdido, de ese Estado que el kirchnerismo parasitó sin límites, para terminar favoreciendo a un anti-estatismo que se justifica en su voluntad de depredación. Por otro lado, los “gorilas”, como Lombardi, que explicaba su apoyo a una ley inconstitucional porque los gobiernos precedentes habían sido peores que el actual -triste concesión filosófica -, y en el medio, algunos que intentaron hablar de una propuesta. Yo escuché atentamente a Facundo Manes y sentí que ese discurso era el mío, que planteaba ideas de fondo, con propuestas y sin fanatismo. El debate parlamentario dejaba al desnudo tanto la distorsión del kirchnerismo como la patética soberbia extranjerizante de La Libertad Avanza.
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Es lamentable que para poder cuestionar al Gobierno necesitemos sacarnos de encima la carga de la oposición kirchnerista. Esa etapa está terminada y su gente se degradó; fue una historia demasiado dañina para poder recuperar la dignidad de convertirse en oposición. Si el kirchnerismo es la alternativa, Milei tiene mucho tiempo para seguir destruyendo a la Argentina. La salida es por arriba. Es lo que propuso Manes, no reivindicar la usurpación ilimitada del Estado por parte del kirchnerismo, pero tampoco su destrucción, planteada por el señor Milei, que vino a defender los intereses de las grandes empresas en desmedro de la integración social.
Por eso, LLA habla de esos famosos cien años porque es el tiempo que le permite negar aquello que en su visión son apenas dos detalles: la democracia y la industria. Por eso, dicen cien años Milei y Caputo, porque su profunda ignorancia y su perversión los lleva a un tiempo en que la Argentina estaba dividida entre poderosos terratenientes y humildes peones. Aquellos millonarios que tiraban manteca al techo y asombraban a París hace cien años. En Viaje al fin de la noche, la extraordinaria novela de Céline, aparecen esos ricos argentinos que deslumbran a los franceses. Después vendrían los jeques árabes que corrieron la carpa y encontraron petróleo; los argentinos solo hicieron plata con las vacas. Nada constructivo.
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El golpe del 76 vino a destruir la industria. Luego, su heredero, Carlos Menem, repartió entre pocos los bienes que eran de todos, y ahora viene Milei a sacarnos las fronteras y quitarnos los recursos naturales. Por suerte, existen las provincias, porque si no fuéramos un país federal, nos vendería el petróleo, el litio, los minerales. La idea no es producir, sino usurpar. Producir es generar riqueza para una sociedad mientras que usurpar es llevársela. En nuestro país, siempre estuvo presente el conflicto entre las aduanas que generaban riqueza importando y los productores que la generaban trabajando. Y hoy vemos su incidencia más que nunca porque si el kirchnerismo no fue productivo, Milei se opone abiertamente a la producción. Y eso es más que grave.
Se reitera hasta el hartazgo un argumento: hay que darle tiempo al gobierno. Y los que tenemos alguna idea de la política y la economía, sabemos que, a mayor tiempo, mayor miseria. Porque lo que está haciendo este señor es saquear. Si usted le da tiempo a un ladrón para que siga en su hogar, sólo va a lograr perder más de lo que tenía.
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En marzo o abril, veremos, tomaremos conciencia de que nos metieron en un túnel que no tiene brotes verdes ni luz de salida. Eso implica vivir en ese túnel, pasar la vida en él, en la miseria de los humildes, ante la obscena exuberancia de los poderosos. No habrá más clase media, porque hasta los quioscos son de los grandes grupos económicos, de los bancos, en rigor. Bancos que no están para dar crédito, sino para tomar el dinero de la gente y usurparlo, para robarle sus negocios.
Con respecto a Scioli y su arribo al gobierno de Milei, recuerdo que cuando Néstor lo eligió como su vicepresidente, discutimos mucho. Todavía yo era muy cercano a él y me parecía que ponerlo de vice era una muestra de su inseguridad: prefería a un segundo inexistente. Nunca entendí quién ni qué era Scioli. Un invento, algo así como un comodín en las cartas, que se utiliza para sustituir otros números. Más adelante, cuando fue candidato en las presidenciales de 2015, elegí votar a Macri. Muchos creyeron que traicionaba al peronismo. En realidad, prefería a un enemigo que todavía no sabíamos qué iba a hacer -aunque en parte pudiéramos suponerlo- a uno disfrazado de peronista, que sí sabíamos lo que no iba a hacer. Scioli fue Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, candidato a presidente, embajador y ahora asume su cargo en la Secretaría de Turismo. Su actitud desnuda a un personaje sin sentido, que ni siquiera tiene la dignidad de poner por encima la historia que recibió, prefiriendo un cargo al que se aferra como una forma de sobrevivir propia de los que carecen de vida interior. Él y Macri son personajes simétricos, hijos de millonarios, malcriados, frívolos, aficionados al deporte y a los negocios, con un excesivo nivel de incultura y sin firmes concepciones ideológicas.
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Cierro retomando el discurso de Facundo Manes en la Cámara de Diputados. Esperemos que de dos grandes errores surja la política ausente hoy, concepto que con claridad y contundencia Manes supo plantear. La verdadera política, aquella que se guía por el prestigio de sus líderes y el contenido de las ideas y no, como lo hace hoy, en su decadencia, por el dinero y las prebendas. En síntesis, ni el estatismo sin sentido kirchnerista, que convirtió al Estado en una carga odiada incluso por los humildes a los que pretendía favorecer, ni el liberalismo despiadado, el privatismo estafador de Milei, que convierte a lo privado en un opresor que saquea y siembra miseria por doquier.
Como apunté más arriba, el discurso de Manes terminó siendo el de muchos, también el mío.
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