Lo que el Estado todavía no aprendió sobre las familias porteñas

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Ilustración acuarela de personas esperando en fila con perros y gatos fuera de una veterinaria pública donde veterinarios atienden a mascotas.
Familias acuden con sus mascotas a la veterinaria pública para recibir atención gratuita y celebrar el Día del Animal, destacando el compromiso con el bienestar animal. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Hace pocos días el horrendo caso de maltrato de Tiger, un perro en el barrio porteño de Palermo, volvió a poner en el foco mediático una causa por demás importante para la Ciudad de Buenos Aires: las bajísimas sanciones existentes en la ley nacional contra los casos de maltrato de animales. Por su urgencia e impacto, esta temática es la primera que se nombra al hablar de la agenda de protección animal. Sin embargo, es tan solo la punta del iceberg de un conjunto de exigencias fundamentales para el futuro de la Ciudad de Buenos Aires y de toda la Argentina. En esta nota, que llega en la semana en la que a nivel internacional se celebra el Día del Animal, intento fundamentarlas, sistematizarlas y, desde ya, convocar a todos los lectores a sumarse a esta causa.

La primera pregunta relevante para entender este tema suena sencilla: ¿qué son los animales? Una respuesta científica diría que todos los integrantes del reino animal. Sin embargo, una respuesta honesta y actualizada debe entender que hoy muchos animales son un miembro más de la familia: reciben afecto y cuidados, transmiten y generan emociones profundas, son parte de los planes del hogar. Mi día, afortunadamente, empieza con un paseo con Loki, y lo mismo sucede con miles de familias en la Ciudad. Para ser exacto, el 41,2% de los hogares de CABA vive con un perro o gato. Ahora bien, mientras las familias porteñas tienen esta concepción, la normativa vigente no distingue entre cosas ―llámese una mesa, una silla, un utensilio de cocina― de un perro o un gato. Gracias al trabajo de miles y organizaciones, se logró que UFEMA reconozca a más de 400 animales como sujetos de derecho. Pero en esos números, miles de familias porteñas siguen quedando afuera. No alcanza. Y por eso es imperativo seguir trabajando para que los animales sean reconocidos por la ley como corresponde.

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Aunque desalentador a nivel nacional, en 2025 cambió el panorama en la Ciudad de Buenos Aires: por primera vez en muchos años, en el marco de la “Ley Huellas” que impulsé, se reconoció a nivel legislativo que las cosas tenían que cambiar. Que las penas irrisorias por golpear, criar ilegalmente, abandonar a un animal o dejarlo encerrado y tantas aberraciones más no solo eran insuficientes, sino vergonzosas para una ciudad donde vivimos con más de 860.000 animales en nuestros hogares. También se aprobó un programa de castraciones masivas, una herramienta probada en decenas de ciudades del mundo para reducir el abandono y el sufrimiento animal. Primer paso logrado, gracias al esfuerzo y constancia de una comunidad de miles de personas organizadas detrás del amor y cuidado compartido por los animales.

Sin embargo, hay un problema que conozco de cerca: las leyes aprobadas no alcanzan si no se reglamentan. El programa de castraciones masivas existe en papel, pero todavía espera su reglamentación. Sin ella, es letra muerta. Sin ella, cada día que pasa es un día más en que animales que podrían tener un hogar no lo tienen, en que las familias que no pueden pagar una castración privada no tienen adónde recurrir. Exigir que el Ejecutivo porteño reglamente lo que la Legislatura ya aprobó no es un pedido menor: es la diferencia entre una política pública real y una foto. Y como decía más arriba, el maltrato y la falta de reglamentación son solo las caras más visibles del problema.

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Quedan muchos otros puntos claves para debatir desde la política pública, con un gran denominador común: el desconocimiento, la falta de empatía y la desactualización del Estado frente a lo que son hoy las familias porteñas.

Ilustración en acuarela de una familia de cuatro y un perro Golden Retriever comiendo en una mesa. El perro viste un suéter de rayas y come de un tazón.
Una ilustración en acuarela muestra a una familia de cuatro y su perro Golden Retriever comiendo juntos en una mesa de madera en un ambiente hogareño y acogedor. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Atención veterinaria pública

Hoy, si una familia porteña tiene una emergencia veterinaria a las tres de la mañana y no puede pagarla, sencillamente no tiene adónde ir. No existe en la Ciudad de Buenos Aires un hospital veterinario público. La paradoja es mayúscula: en una ciudad donde más del 40% de los hogares vive con un perro o un gato, el Estado no contempla la posibilidad de que esa familia no tenga los recursos para pagar una clínica privada. Ciudades como São Paulo cuentan con hospitales veterinarios públicos que atienden urgencias las 24 horas. Roma está construyendo un enorme hospital público para animales, el más importante de Europa. Buenos Aires, que aspira a compararse con las mejores ciudades del mundo, todavía no tiene ni uno. Un hospital veterinario público no es un lujo: es una deuda con la mitad de las familias de la Ciudad.

Accesibilidad

Hay algo que cualquier familia que vive con un perro sabe de memoria: la cantidad de lugares a los que simplemente no puede entrar con él. Comercios, espacios públicos, transporte, edificios. La Ciudad plantea convivencia, pero no garantiza las condiciones para que esa convivencia sea posible. Falta que no haya un solo espacio del barrio donde no puedas entrar con toda tu familia. Falta que el transporte público contemple a los animales de compañía con reglas claras y razonables. Falta que los espacios de recreación sean realmente compartidos. No se trata de privilegios: se trata de reconocer que una familia con un perro o un gato es, ante todo, una familia.

Duelo

Hay un tema que casi nadie menciona, quizás porque duele demasiado nombrarlo: qué pasa cuando un animal muere. Cualquier familia que atravesó esa pérdida sabe que el dolor es real, profundo y, muchas veces, incomprendido. Y sabe también que el Estado no está ahí. No hay protocolos de acompañamiento, no hay espacios de contención, no hay alternativas accesibles para los últimos cuidados y el sepelio. La Ciudad de Buenos Aires no tiene nada pensado para ese momento. Mientras que en otros países existen líneas de acompañamiento en duelo por pérdida de animales y espacios especialmente diseñados para ello, acá las familias que pierden a su compañero enfrentan ese momento solas. Ocuparse del duelo no es una excentricidad: es reconocer que el vínculo fue real, que el amor fue real y que el Estado tiene algo que decir al respecto.

Cada uno de estos puntos —la reglamentación de las leyes ya aprobadas, la atención veterinaria pública, la accesibilidad y el acompañamiento en el duelo— tiene algo en común: no requieren grandes revoluciones, sino voluntad política y una concepción empática de lo que es una familia porteña. No importa qué familia querés construir: el gobierno tiene que ser tu aliado. Y para ser tu aliado, primero tiene que reconocerte. Más de la mitad de los hogares de la Ciudad esperan que suceda.

Emmanuel Ferrario es Legislador de la Ciudad, autor de la Ley Huellas, director ejecutivo de la organización A1000 y docente universitario.

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