
Si durante años entendimos la vejez como algo que debía corregirse, retrasarse o resistirse, tal vez haya llegado el momento de cambiar la mirada: envejecer no es un problema ni mucho menos una enfermedad. Es, en realidad, la condición más democrática de la vida. Somos seres envejecientes.
El mundo atraviesa uno de los cambios demográficos más profundos de su historia. La población vive cada vez más años, con mejor estado de salud, al tiempo que las tasas de natalidad descienden sostenidamente. Sin embargo, estamos transitando esa transformación sin diseño, sin planificación y, muchas veces, sin comprender todavía la magnitud del cambio que implica.
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Porque hay algo de fondo que comenzó a modificarse: las personas mayores están dejando de ser consideradas “objetos de decisión ajena” para convertirse en “sujetos activos” que eligen, consumen, planifican y administran sus recursos y su proyecto de vida.
En Argentina, el 12 % de la población tiene más de 65 años y alrededor de un millón de personas supera los 80. Esa cifra, además, se duplica aproximadamente cada diez años. Pero mientras la realidad cambia, gran parte de nuestras estructuras siguen pensadas para un mundo que ya está dejando de existir.
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Muchas decisiones sociales, económicas y culturales continúan organizadas como si envejecer fuera una anomalía que hubiera que contener. Seguimos intentando “resolver” la vejez. Pero, lejos de ser un problema, el verdadero desafío consiste en crear mejores condiciones para vivirla. El problema, entonces, no es la vejez: es cómo organizamos —o no organizamos— el proceso de envejecimiento.
Ese desafío se expresa, al menos, en tres niveles.
El primero es el de la atención: el sistema de salud, con todas las limitaciones que pretenden asignarle, sigue siendo el área más desarrollada.
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El segundo es el de los cuidados: el acompañamiento cotidiano de las personas mayores, hoy sostenido en gran medida por cuidadores, muchas veces sin formación específica y atravesados por altos niveles de desgaste.
El tercero es el de los apoyos: todo aquello que permite conservar autonomía en la vida diaria. Y, paradójicamente, es el nivel más rezagado, pese a que podría evitar la sobrecarga de los otros dos.
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Un ejemplo simple alcanza para entenderlo. Una caída en una bañera alta y resbaladiza puede terminar en una fractura de cadera. A partir de ahí, se activa una cadena compleja: atención médica, internación, rehabilitación y cuidados prolongados. Pero el problema no empezó en el hospital, sino mucho antes, en la ausencia de adaptaciones básicas y sistemas de apoyo. Los apoyos pueden hacer mucho más eficientes los sistemas de atención y cuidados, reduciendo la presión que se genera sobre ellos.
Lo mismo ocurre cuando una persona mayor debe enfrentar sola trámites completamente digitalizados, viviendas poco accesibles o un transporte público que no siempre contempla las limitaciones funcionales asociadas al envejecimiento.
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Hasta ahora, gran parte del sistema de cuidados descansa sobre una red invisible: millones de personas —en su enorme mayoría mujeres— que sostienen el cuidado dentro de sus hogares o trabajan cuidando a otras familias, muchas veces sin capacitación, respaldo ni mucho menos reconocimiento económico adecuado.
Se estima que entre 1,5 y 3 millones de personas cumplen hoy ese rol en Argentina. Si ese trabajo se monetizara, equivaldría aproximadamente al 2 % del PBI. Es decir: una parte central de la infraestructura social del país funciona, en la práctica, sin sistema.
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Ahí es donde la tecnología puede cambiar la ecuación. No creo que la tecnología pueda reemplazar, ni hoy ni en el futuro, el cuidado amoroso de las personas, pero sí puede construir una red de apoyo para cuidar a quienes cuidan. Telemedicina, formación remota, inteligencia artificial y plataformas de seguimiento permiten mejorar decisiones, reducir errores, prevenir internaciones innecesarias y sostener la autonomía de las personas mayores durante más tiempo.
La escala del impacto puede ser enorme: un solo profesional, apoyado en herramientas tecnológicas, puede orientar y acompañar simultáneamente a múltiples cuidadores, intervenir de manera preventiva y organizar respuestas en tiempo real.
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Lo verdaderamente revolucionario ya no es combatir el envejecimiento. Es comprender, de una vez, que vivir es envejecer. Y que el desafío de una sociedad moderna no consiste en evitar ese proceso, sino en crear mejores condiciones para atravesarlo.
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