
La Argentina sufre las consecuencias de no tener una política monetaria disciplinada desde hace 88 años. Desde la creación de nuestro Banco Central en 1935, entidad que fue constituida bajo un régimen mixto entre públicos y privados, hemos tenido solo 16 años de inflación de 1 dígito, de los cuales 8 años fueron durante la convertibilidad de los 90′. Recordemos que este régimen era inflexible y limitaba fuertemente el accionar del Banco Central.
Un dato más: desde 1945 a la fecha la inflación ha sido del 60% anual y desde 1980 a la actualidad la Argentina ha sido la economía con mayor cantidad de recesiones del mundo. ¿Estamos condenados a la decadencia? ¿Es verdad que no hay solución en nuestro país? ¿Es imposible pensar en una economía distinta?
En las últimas décadas, y sobre todo en los últimos 15 años, los avances en la neurociencia han sido superlativos. La evolución de la tecnología, los nuevos equipos y los avances científicos han permitido una evolución sorprendente en el estudio del cerebro y la mente. Básicamente entender cómo funcionamos los seres humanos. La conclusión a la que llegan la mayoría de los científicos, entre muchas más, es que “somos nuestros hábitos”. Es decir, nuestros hábitos configuran quiénes somos nosotros como personas. Y este es un punto central que se vincula con la economía Argentina.
He mencionado que nuestro país convive con inflación promedio del 60% anual desde 1945, también que le hemos quitado 13 ceros a nuestra moneda y que la inestabilidad y la locura frenética del dólar, la devaluación, “los mercados”, los cepos, los controles, las restricciones, el “carry trade”, han configurado un pensamiento y hábitos en los argentinos. Estos hábitos, vinculados a pensar diariamente el valor del dólar, a tomar decisiones cortoplacistas de “vender o comprar”, de convivir en este estado de vulnerabilidad constante, han dañado nuestra posibilidad de soñar con una economía distinta.
El crédito en nuestro país es una utopía, la posibilidad de comprarse un 0km con un leasing es una irrealidad, la posibilidad de ahorrar en nuestra propia moneda es un suicidio y tener una economía estable parece imposible de alcanzar.
Sin embargo, esto no debe ser siempre así. Argentina es una de las excepciones del mundo. En la mayoría de los países que compartimos fronteras no sufren inflación desmesurada, devaluaciones sistemáticas de sus monedas o crisis recurrentes que solo mandan a más gente a la pobreza. En estos países se puede planificar el futuro de un negocio sin pensar en la inflación. Se puede vivir en la diaria sin pensar que los precios de los alimentos subirán en las próximas horas. Todo esto se puede lograr si nos animamos a tomar las decisiones que hoy parecen ser las más difíciles e incómodas para nuestras mentes. Aquellas que nos van a cambiar nuestros hábitos diarios y nos van a llevar a tener que construir nuevos hábitos de conducta. La dolarización de la economía Argentina es un camino posible para ir en esa dirección, porque una de las formas más eficientes de cambiar un hábito es reemplazarlo por otro.
La situación económica de Argentina ha sido desafiante durante décadas, marcada por inflación crónica y una volatilidad constante en el valor de la moneda. Sin embargo, las investigaciones en neurociencia revelan que nuestros hábitos, incluso los económicos, configuran nuestra realidad. Romper con los patrones habituales puede conducir a un cambio significativo. La dolarización, aunque implica decisiones difíciles, podría ser la clave para reemplazar los hábitos económicos dañinos por otros más estables y predecibles.
Cuando la política deje de contar con el hábito de imprimir billetes para financiar gastos excesivos e innecesarios. Cuando la política tenga que cambiar sus propios hábitos para gestionar recursos limitados y no quieran inventarlos entendiendo las consecuencias inflacionarias que nos generan. Cuando la política tenga que tener otro tipo de orden y control porque la inflación será muy baja y no permitirá “licuar” gastos. Cuando el país se aleje de las prácticas monetarias desestabilizadoras y adopte un enfoque más disciplinado. Cuando tengamos la valentía de tomar decisiones distintas, todos los argentinos nos vamos a poder animar a pensar en una economía distinta.
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