
Con la excusa de la celebración del 50 aniversario del turbulento regreso al país de Juan Domingo Perón tras 17 años de exilio, en el que se conmemora el Día del Militante, Cristina Fernández de Kirchner protagonizó un masivo acto en La Plata, en el que no sólo mostró que conserva una nada despreciable musculatura política y capacidad de movilización, sino que reafirmó su vocación de centralidad y gravitación en el peronismo y la política argentina.
Organizado por La Cámpora, que ocupó un sitial preferencial en el Estadio Diego Armando Maradona, contó con la presencia de referentes de casi todos los espacios que integran el Frente de Todos, tanto de aquellos que en lo cotidiano actúan como oficialismo como de aquellos que parecen a menudo más enrolados en las filas de oposición. Desde el gobernador cristinista Axel Kicillof, los intendentes del conurbano, el massismo, legisladores nacionales y la CGT, hasta las organizaciones sociales más pro-gobierno como el Movimiento Evita (con quien Máximo Kirchner habría cerrado una tregua), intendentes supuestamente con “bolilla negra” como el matancero Fernando Espinoza y hasta ministros albertistas, como Gabriel Katopodis y Victoria Tolosa Paz.
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Está convocatoria “amplia”, con preeminencia de la estructura territorial, política y sindical peronista, no fue en absoluto casual. No solo el timing elegido para el acto (la fecha que recuerda el regreso de Perón), sino un discurso que apeló en varios tramos a la simbología y la liturgia clásica del peronismo -que durante años ella misma evitó e incluso desdeñó con el calificativo de “pejotismo”- con la que la vicepresidente ahora parece querer revestirse de cara al 2023. Para algunos se trata de la admisión de una debilidad (con el cristinismo sólo no alcanza), para otros, de la reafirmación de un proyecto político amplio para el 2023.
Si bien no puede hablarse de un lanzamiento formal, se trató de un acto de eminente cariz electoral. Recibida al ritmo del canto “Cristina Presidenta”, durante su discurso de algo más de una hora hubo varios indicios que abonan una presunta intención electoral. Más allá de responder a los cantos con una inocultable sonrisa y citando al General Perón con su famosa frase “todo a su debido tiempo y armoniosamente”, y de los ya mencionados “guiños” al peronismo tradicional, se destacó también su llamativo reclamo relativo a la “seguridad”.
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En inocultable “modo electoral” salió a disputar así uno de los ejes temáticos hasta hoy hegemonizado por un sector de la oposición, llamando a “Incorporar al debate democrático el tema seguridad”, señalando que es “una deuda de la democracia” y que es “un tema complejo, pero que sufre la sociedad argentina”. Incluso se animó a pedir que se termine “con el debate berreta de los manos dura, de los garantistas…”, un debate “muy cínico y mentiroso”. Declaraciones que, sin dudas, sólo se comprenden en el contexto electoral.

Lo mismo vale para el slogan con el que se convocó el acto y el cual estuvo presente como una “marca” en toda la jornada platense: “La Fuerza de la Esperanza”. Una apelación que, junto a otras intervenciones recientes como las que tuvo en la UOM -cuando habló de recuperar la felicidad de 2015- pareciera apuntar a construir una narrativa con eje en la recuperación de los “logros” de sus gobiernos.
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En este marco, no sorprende que haya elegido como uno de sus contradestinatarios a Macri y los “halcones” del PRO. Aunque, debe señalarse, fue relativamente moderada en sus críticas a la oposición, ya que otro de los ejes discursivos fue la apelación a una convocatoria, por cierto bastante difusa e imprecisa, a un “gran acuerdo democrático”.
La cosa se complica cuando, en el marco de está narrativa que parece cifrar las esperanzas en un pasado pretendidamente virtuoso, tiene que diferenciarse del actual gobierno. Aquí es donde afloran las flagrantes contradicciones. Una enorme bandera en una de las plateas laterales rezaba “Era tan diferente cuando estabas tú”, lo que empalmaba con las repetidas alusiones a “cuando estuvimos en el gobierno”. El interrogante, que Cristina aun no responde, es más que evidente: ¿No está entonces ahora en el gobierno?, ¿no fue ella quién eligió a Alberto Fernández para ocupar la primera magistratura? Preguntas que se tornaban aún más evidentes en un día en que, producto del viaje de Alberto a la cumbre del G20, ella misma estaba a cargo de la presidencia, llegando incluso al acto en el helicóptero oficial.
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Si, como todo parece indicar, este fue el puntapié inicial de un nuevo proyecto con ella como protagonista, debe señalarse que la tarea que tiene por delante es casi titánica. El gobierno del que forma parte -aunque pareciera que no se auto percibe como parte del mismo - tiene hoy uno de los peores niveles de aprobación de los últimos tiempos. Y si bien después del frustrado intento de magnicidio y su creciente centralidad pública recuperó -según da cuentas una reciente encuesta de Aresco- 4 puntos de imagen y 5 de intención de voto, lo hizo dentro del universo de votantes peronistas, sin grandes cambios en lo que respecta a los altos niveles de rechazo que suscita en amplios sectores de la opinión pública.
Cristina parece estar atrapada así en un dilema de difícil solución. Sin un candidato competitivo en el peronismo crece la presión para que sea candidata, con una potencial condena en ciernes en la causa Vialidad que actúa como aliciente para la búsqueda de mayor protagonismo que le permita manejar los resortes del peronismo. Sin embargo, ello no será suficiente: no sólo necesitará recuperar centralidad sino ampliar su capital político, algo que parece difícil. Si los planetas no se alinean, siempre contará con el nada despreciable plan B de la senaduría nacional por la provincia de Buenos Aires, lo que le permitiría blindar su actual bastión a la vez que alcanzar los codiciados fueros.
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Así las cosas, una candidatura de Cristina -a presidenta o a senadora- se le revela a esta altura como casi inevitable.
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