
Hay algo en lo que no se pone tanto foco. Mientras hablamos de productividad, eficiencia e indicadores, una pregunta clave sigue sin respuesta: ¿cómo nos cuidamos?
En toda organización hay personas que cumplen diferentes roles: operativos, estratégicos, tácticos y de soporte. Cada uno, desde su lugar, sostiene el clima, el rumbo y los vínculos. Pueden ser líderes, mandos medios u operativos. A veces están en primer plano, otras no se los ve, pero su impacto siempre se siente.
La cuestión es que muchos de ellos, por no decir la mayoría, en diferentes momentos se quiebran. Y cuando son muchos los que se quiebran, el sistema entero empieza a tambalear.
Venimos de años de tensión acumulada: pandemia, disrupciones tecnológicas, cambios de reglas de juego constantes. En el mundo de la logística lo vivimos cada vez que un conflicto externo desarma la planificación y nos obliga a improvisar con equipos agotados. Los que “siempre saben qué hacer” empiezan a no tener más respuestas.
Nadie es de acero (aunque lo parezca)
Durante mucho tiempo se creyó que el seniority blindaba. Que el que sabe, aguanta. Pero la experiencia no inmuniza frente al desgaste emocional.
Y cuando el talento se apaga en silencio, los síntomas no siempre se notan a tiempo.
Errores que antes no pasaban. Referentes que siempre proponían y ahora solo ejecutan. Malos climas que no se explican por ninguna problemática. El miedo, la presión y la falta de contención están pasando factura.
Del otro lado, también se suele creer que las nuevas generaciones son más frágiles, menos resistentes. Pero en realidad, están expuestas a otras formas de presión: la hiperexigencia de rendir rápido, la inmediatez de los resultados y la falta de espacio para aprender fallando. El desgaste emocional no distingue edad, lo que cambia es cómo y por qué aparece.
El bienestar emocional no es un tema “blando”, es estratégico y operativo. El desafío no es evitar el desgaste, sino saber detectarlo y actuar antes de que se vuelva irreversible.

La próxima pandemia es emocional
La salud mental se convirtió en uno de los grandes desafíos del mundo laboral. La Organización Iberoamericana de Seguridad Social (OISS) ya lo advirtió: estamos ante una crisis global que impacta directamente en el trabajo y en la productividad.
Los datos son contundentes. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada año se pierden 12.000 millones de días laborales a causa de trastornos como la ansiedad y la depresión. Esto representa un costo superior al billón de dólares anuales en pérdida de productividad.
No se trata de un problema individual. Es un fenómeno estructural que atraviesa organizaciones, sectores y culturas. Y como tal, necesita ser abordado de manera integral y urgente.
Invertir en salud emocional no es una moda. Es invertir en continuidad, en decisiones mejores, en equipos resilientes.
En crear sistemas de apoyo para que las personas puedan gestionar de la mejor manera el miedo, el cansancio y el estrés. Porque solo así pueden desplegar lo mejor de sus habilidades.
En un contexto donde se valoran la velocidad y la eficiencia, hablar de contención parece incómodo, pero es más necesario que nunca. No hay indicador que valga si las personas están al límite.
Cuidar no es consentir. Es entender lo que está en juego
No siempre se trata de implementar grandes programas de bienestar. A veces, lo más importante es volver a lo básico: preguntar sinceramente cómo están, reconocer que no tener todas las respuestas también forma parte del trabajo, y hacer espacio para lo humano, más allá de lo urgente.
Las organizaciones más sanas no son las que evitan el conflicto, sino las que pueden atravesarlo sin romperse por dentro.
Porque cuando una persona se apaga, no tiene que haber un reemplazo, tiene que haber contención.
Necesitamos una nueva conversación. Una que no solo mida lo que hacemos, sino cómo lo estamos pudiendo sostener.
Porque el talento también se quiebra. Y sostener, sin ser sostenido, también desgasta.
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