
Dos veces al mes, Yasuo Takamatsu aborda una pequeña embarcación pesquera en el puerto de Onagawa, en la prefectura de Miyagi, noreste de Japón, y se sumerge en las mismas aguas que se llevaron a su esposa. Lleva más de 13 años buscando los restos de Yuko, desaparecida tras la catástrofe de 2011, y acumula ya más de 760 inmersiones.
El 11 de marzo de 2011, un terremoto de magnitud 9,0 desencadenó una ola gigante que penetró casi 10 kilómetros tierra adentro en la costa del Pacífico japonés. Esa mañana, Yasuo llevó a su mujer al banco donde trabajaba. Durante el trayecto, la pareja habló de qué cenarían esa noche. Fue la última conversación cotidiana que tuvieron.
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Yuko envió un mensaje desde la azotea antes de que el mar se la llevara
Cuando sonaron las alarmas de alerta, Yuko y doce compañeros subieron a la terraza del edificio del banco para ponerse a salvo. Desde allí, le envió un mensaje de texto a su marido: “¿Estás a salvo? Quiero volver a casa”. Yasuo leyó el texto y creyó que ella estaba fuera de peligro.

Al día siguiente, fue al hospital municipal donde se concentraban los sobrevivientes. Yuko no estaba. “Me dijeron que el tsunami se la había llevado”, contó Yasuo en el programa Heart and Soul del BBC World Service. “Después de eso, no podía mantenerme en pie. Perdí todas mis fuerzas, como si el agua se las hubiera llevado consigo”, añadió.
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En los días y semanas posteriores, las autoridades recuperaron miles de cuerpos a lo largo de la costa japonesa. Sin embargo, muchas víctimas permanecieron desaparecidas, entre ellas su esposa. Durante dos años, Yasuo observó a los buzos de la Guardia Costera de Japón rastrear el fondo marino en busca de restos y pertenencias.
Aprendió a bucear para no perder el vínculo con su esposa
Ante la imposibilidad de encontrar a Yuko por otros medios, Yasuo tomó una decisión: aprender a bucear. “Sentía que algún día podría encontrarla si seguía haciéndolo”, explicó ante el programa. Desde entonces, dos veces por mes, se coloca el traje de neopreno, ajusta el tanque de aire y se lanza a las aguas frente a Onagawa.
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Lo que comenzó como una búsqueda concreta se convirtió con el tiempo en un ritual de memoria. En la tradición budista japonesa, la práctica del kuyō implica hacer ofrendas y rezar junto a una tumba o altar para brindar paz a los difuntos. Como nunca se recuperaron los restos de Yuko, Yasuo no tiene un lugar físico donde realizar ese rito. El mar pasó a ocupar ese espacio.
“Tras bucear una y otra vez, empecé a sentir que ella podría estar cerca. Es algo distinto a visitar un sepulcro, porque ella no está en uno. Es más como ir a reunirme con ella”, señaló. A 50 metros bajo la superficie, Yasuo flota sobre un paisaje fracturado, con escombros, autos aplastados y estructuras que con el tiempo se convirtieron en arrecifes artificiales.
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A pesar de la tragedia, Yasuo no le guarda rencor al océano

Yasuo creció junto a ese mar: aprendió a nadar y a pescar en sus aguas desde pequeño, y esa relación no desapareció con la pérdida. “En realidad, no le guardo rencor. Hubo un tsunami y el mar estaba agitado, pero también se pueden pescar muchas cosas deliciosas y el paisaje es hermoso”, reflexionó en declaraciones al BBC World Service.
Esa actitud refleja la de una región que convive históricamente con la violencia de la naturaleza. En la zona de Tohoku, sobre el Pacífico, los terremotos y tsunamis forman parte de la historia colectiva. Santuarios, restos de naufragios y escombros salpican el litoral como recordatorio permanente del poder del mar.
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Cuando Yasuo regresa a la superficie y sube al bote, suele mostrarse tranquilo y amable. Habla de Yuko con un matiz de ironía. “Si nos encontráramos, creo que lo primero que ella me diría sería: ‘Has envejecido’”, contó. La inmersión número 763 ya quedó atrás. Pronto volverá al agua una vez más.
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