
Entre los documentos desclasificados sobre la última dictadura argentina que el gobierno de los Estados Unidos hizo públicos en abril de 2019, muchos se ocupan de las intrigas entre las fuerzas armadas, y sobre todo en la más poderosa de aquel momento en las juntas que siguieron al golpe de estado del 24 de marzo de 1976: el ejército.
A fin de marzo de 1981, a un año y medio del intento de rebelión de Luciano Menéndez contra Roberto Viola, por entonces jefe del arma, se confirmó la esperada sucesión de Viola a Jorge Videla en la Casa Rosada. Pero el breve paso de quien se esperaba que fuera el reaseguro de las políticas dictatoriales se convirtió en un muestrario de las peleas internas por el poder.
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Los dos militares habían sido amigos durante gran parte de su carrera: Videla había nombrado a Viola jefe del Estado Mayor en 1975 y lo había ascendido a teniente general en 1978 para designarlo comandante en jefe del arma en su reemplazo, lo que lo llevó a la junta y, de ahí, a la presidencia el 29 de marzo de 1981, cuando la crisis económica era visible.
Viola devolvió los favores durante el juicio a las juntas, cuando impulsó un grupo secreto para la coordinar defensa de los acusados de crímenes de lesa humanidad. Viola manifestó su desdén por el proceso legal en los tribunales públicos —sólo debía explicaciones a la justicia militar, creía— y, tras amenazar con no designar abogado, nombró al que resultó el más conflictivo del juicio, José María Orgeira. Murió en 1994, excarcelado por el indulto de Carlos Menem, antes de la reapertura de causas.
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El 3 de abril de 1981 un memo de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), dirigido al Departamento de Estado y el Consejo de Seguridad Nacional, presentó al nuevo presidente: "A Viola le gustaría resolver el problema de los derechos humanos en Argentina mediante alguna forma de investigación interna; sin embargo, la armada argentina le impide hacerlo, pues se opone con fuerza a que cualquiera pueda ser llamado a responsabilizarse por las acciones en la guerra contra la subversión. Casi con certeza Viola intentará resolver este problema, pero se moverá muy lentamente".
Sin embargo, para moverse con lentitud hace falta tiempo, y los problemas del presidente de facto fueron urgentes y surgieron también de su arma. Pronto, el 24 de junio, los estadounidenses volvieron a ocuparse de él: el encargado nacional de inteligencia para América Latina advirtió, en un memo rutinario para las oficinas de Virginia, que "la autoridad del presidente Viola" estaba "siendo socavada", por lo cual "la efectividad y potencialmente la supervivencia de su gobierno están en juego".
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Con asombro, consignó: "Viola está siendo acorralado por la junta militar que formalmente lo eligió, y recibe cuestionamientos de oficiales tanto militares como del gobierno. Se dice que algunos oficiales se inclinan por su reemplazo".
La erosión de la autoridad de Viola complicaba, advirtió el texto, "el manejo de la delicada situación económica" y alentaba "a los militares opositores a su programa político relativamente moderado". Eso, comentó el autor, "podría allanar el camino al deterioro de las relaciones cívico-militares" (probablemente un eufemismo), lo cual a su vez "complicaría los esfuerzos de los Estados Unidos por mejorar las relaciones bilaterales".
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Finalmente, cuando sólo faltaban nueve días para la eyección de Viola de la Casa Rosada, el 2 de diciembre de 1981, el encargado de la Sección Política en la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires, Townsend Friedman, generó un memo interno y confidencial sobre el futuro del breve dictador, a partir de dos conversaciones.
El 21 de noviembre Viola había dejado la presidencia, interinamente, en manos del ministro del Interior, Horacio Liendo, tras haber sido ingresado al hospital militar con la presión sistólica en 24 mm Hg. Un cuadro complicado por el tabaquismo había resultado en "insuficiencia coronaria e hipertensión"; tampoco ayudaban la inflación, la recesión, el desempleo, el aumento de la deuda externa y los cierres de empresas en el país.
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"Una fuente argentina que creo que es amigo íntimo del ministro Liendo", describió Friedman, le había dicho que: "1) tanto el ex presidente Videla como el general Galtieri le pidieron a Viola que renunciara", pero "en ambas ocasiones Viola se negó"; "2) que las decisiones económicas que el gobierno tomó durante la semana no tenían el visto bueno previo de la junta; 3) que Viola va a regresar a la presidencia".

La segunda fuente es José Antonio Romero Feris, a quien el diplomático describió como "asesor presidencial" ubicado en "el borde exterior del círculo interno del presidente, una posición que reconoce indirectamente". El político correntino también dijo que Viola regresaría a sus funciones la semana siguiente y que "Galtieri no tratará de forzar la renuncia del presidente si él no quiere", una estimación que hacía a partir de lo que Videla habría dicho a un amigo. Y que resultó inexacta.
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Aunque el Pocho —quien, casi a los 80 años, intenta resucitar el Partido Autonomista Nacional (PAN) y ser su candidato en 2019— creía que había que evitar el caos político que haría de Argentina una suerte de "Bolivia, que cambia el presidente cada seis meses", Viola fue sacado del poder contra su voluntad.

El último comentario de Romero Feris fue que a Viola le habían aconsejado que se hiciera ver en los Estados Unidos, "pero se había negado". En primer lugar, porque "las implicancias políticas de ese viaje eran demasiado serias"; además, "haría que la medicina argentina se viera mal".
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Por fin el 11 de diciembre la junta militar cesó a Viola; como su gabinete dimitió en pleno, hubo que buscar otro presidente interino en reemplazo de Liendo: así fue como Carlos Lacoste, de la marina, fue primer mandatario por 11 días. Poco más tarde, el 16 de diciembre, el embajador en Buenos Aires, Harry Shlaudeman, avisó que Galtieri iba a jurar como presidente el 22, y que el almirante Anaya le entregaría la banda presidencial.

"Creo que un mensaje a Galtieri de nuestro presidente —ya era Ronald Reagan— sería adecuado para la ocasión", ponderó el embajador. Con respecto al contenido del saludo, el texto "podría desearle a Galtieri que le vaya bien con los importantes temas por delante" y también "expresar confianza en el futuro de las relaciones" entre los dos países. Pero "cualquier implicancia de felicitaciones, desde luego, se debería evitar en vista de las circunstancias".
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El 23, Shlaudeman volvió a escribir al Departamento de Estado para dar detalles de la ceremonia, que calificó de "breve (nueve minutos) y austera", cuyo "aspecto más notable" fue "la obvia falta de interés popular". El último párrafo se destinó a la trivia: "En contra de las expectativas y de lo que parecería ser el protocolo normal, fue el miembro inferior de la junta, brigadier Lami Dozo, en lugar del almirante Anaya, quien colocó la banda presidencial a Galtieri". La razón, según los rumores, fue que "Anaya lo quiso así, por temor a que debido a su estatura diminuta se viera ridículo tratando de pasar la banda sobre la cabeza del gigantón Galiteri".

Destacó, también, que fueron obvias las presencias de Videla, Omar Graffigna y Orlando Agosti, como las inasistencias de Viola y su gabinete renunciado. En cambio, "los almirantes Massera y [Armando] Lambruschini fueron conspicuos por su ausencia", agregó. Según los rumores, estaban juntos en "una aventura política".

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