
Las palabras construyen. Construyen cultura, construyen nuestra forma de pensar, construyen conocimiento. Pero también construyen estereotipos, discriminación y barreras que nos limitan. Este poder, tan inherente al lenguaje, cobra una dimensión aún más profunda cuando hablamos de nuestra edad, de nuestro paso por el tiempo y de cómo nos definimos en relación con ello.
En una sociedad donde la narrativa dominante acerca de la edad suele estar cargada de prejuicios y suposiciones, las palabras que utilizamos para hablar de nosotros mismos y de los demás no son inocuas: tienen el poder de moldear nuestra percepción individual y colectiva. ¿Cuántas veces hemos escuchado frases cómo “ya no estoy para eso” o “a mi edad, ya no puedo”? Estas expresiones, repetidas casi de forma automática, no solo reflejan una visión limitada del potencial humano a lo largo de la vida, sino que también refuerzan una cultura que asocia la vejez con pérdida, declive y obsolescencia.
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La mediana edad, en particular, ha sido históricamente atrapada en una narrativa que se parece más a un estereotipo que a la realidad. La famosa frase “crisis de la mediana edad” acuñada en la década de los 60, cuando el psicólogo canadiense Elliott Jaques publico el ensayo Muerte y crisis de la mediana edad, se ha visto durante décadas, asociada a romances impulsivos, autos convertibles, crisis laborales o conflictos familiares.
Este imaginario repetido en conversaciones coloquiales, medios de comunicación y hasta estudios académicos no es inocente. Solo ha hecho arraigar la idea de que esta etapa de la vida es un abismo donde la juventud quedo atrás y lo que sigue es declive y resignación.
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Inclusive en nuestros días, esta narrativa sigue moldeando en muchos casos la forma en la que pensamos. Un ejemplo reciente es el caso de una empresa en los Estados Unidos que lanzó una campaña declarando “la muerte” de la mediana edad. Si bien puede parecer una idea disruptiva, no deja de reforzar una visión limitada de este momento de vida en lugar de resignificarla como momento de transformación, crecimiento y nuevas oportunidades.
La mediana edad no necesita de un funeral, sino de una reconfiguración acorde a nuestros tiempos: hablo de una resignificación. Es un momento marcado no por la idea de un colapso, sino de un renacimiento donde se mezcla, muchas veces, el duelo por lo que hemos perdido pero que nunca terminó formalmente. La mediana edad no tiene por qué ser un punto de cierre, sino de expansión. Es un momento de preguntarnos ¿qué quiero llevar conmigo? ¿Qué puedo dejar atrás? ¿Qué quiero construir a partir de ahora?
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Aferrarnos a identidades obsoletas, a veces no es mas que miedo a dejar ir. Ese acto de soltar puede generar vergüenza, porque muchas veces va relacionado a esa falsa idea de coherencia con uno mismo, de ser fieles a la persona que prometimos ser en algún otro momento de nuestras vidas. Nos aferramos así al pasado porque tememos que el cambio sea visto como un fracaso, una especie de traición a nuestros sueños de antaño. Pero ¿es eso coherencia o acaso miedo disfrazado?
Dejar ir no significa pretender que esos sueños que alguna vez ambicionamos importaron. Tampoco significa negar que el dolor de no haber alcanzado aquello que un día deseamos con mucha fuerza. Más bien, se trata de algo mucho más honesto: reconocer que hemos cambiado, que nuestros deseos han evolucionado, que la persona que somos hoy tiene necesidades y aspiraciones diferentes a las de ayer.
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El duelo por lo que ya no somos es real: el dolor de despedirnos de una identidad que nos definió durante años no debe ser minimizado. Es importante entender que esa identidad sirvió, que tuvo su propósito, que nos permitió llegar hasta aquí. Pero eso no significa que deba acompañarnos en el camino que tenemos por delante. Dejar atrás no es renunciar a todo lo que hemos sido, es hacer espacio para lo que podemos ser.

La cultura nos enseña a valorar la constancia, a ver la vida como una línea recta de cumplimiento de objetivos a toda costa. Pero la realidad es mucho mas rica y multicolor: la vida es un proceso de transformación constante, de evolución. Ser coherentes no es permanecer iguales, sino ser honestos con nosotros mismos en cada etapa y ello implica aceptar que nuestras prioridades, sueños y deseos no son estáticos; y eso no es un signo de fracaso sino de crecimiento. Es allí donde el primer paso para este crecimiento debería ser preguntarnos: ¿quién soy ahora? ¿O en quién quiero convertirme?
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