Se trata, sin duda, de una de las series más importantes del año y ha sido creada por Isabel Peña y Eduardo Villanueva para Movistar Plus+ a partir de la adaptación del libro El proxeneta, de Mabel Lozano. Se titula El Castillo y nos sumerge en el negocio de la explotación sexual en España, desde la llegada del euro hasta casi nuestros días.
La producción consta de seis episodios y sigue durante dos décadas a Claudia, una joven colombiana interpretada por Valentina Vidal; al Suizo, un proxeneta encarnado por Raúl Arévalo; y al inspector Gerardo Llesa, al que da vida Omar Ayuso dentro de la Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales.
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Mabel Lozano ya había abordado la prostitución y la trata en el documental Chicas nuevas 24 horas, estrenado en 2015 y ha ganado dos premios Goya vinculados a sus investigaciones, por el cortometraje Ava y por el cortometraje documental, Biografía del cadáver de una mujer. Su libro sirve de base para una historia que examina el reemplazo de mujeres locales por víctimas trasladadas desde otros países, sometidas a una deuda inacabable mediante la retención de sus pasaportes.
Tres personajes y tres puntos de vista
Así, en El Castillo, Claudia llega a España para ejercer la prostitución, enviar dinero a su familia y pagar los medicamentos de su hijo enfermo. Mientras, el Suizo se presenta en sus tarjetas de visita como “empresario de la noche” y colabora con la Policía para apartar del negocio a las mafias del este, una relación que también le permite reforzar su apariencia de legitimidad.
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La investigación policial recae en Gerardo Llesa, un inspector recién incorporado a la UCRIF que detecta un cambio de patrón en el negocio y actúa como enlace entre la Policía y el proxeneta. El personaje se enfrenta a un entorno difícil de delimitar, marcado por la confusión y por unos mecanismos de explotación que exceden su capacidad de respuesta.

El relato incorpora, además, el punto de vista de una jueza instructora en el episodio final. La decisión desplaza la atención hacia los vacíos legales, las investigaciones archivadas por falta de pruebas y la fragilidad de los testimonios de mujeres cuya credibilidad queda bajo sospecha.
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Son muchas las cuestiones, tanto a nivel de narración (gracias a sus creadores) como a nivel de dirección, de la que se hacen cargo de manera brillante Elena Martín y Sandra Romero, que rompen con los estereotipos de las ficciones que estamos acostumbrado a ver en los últimos tiempos. Tiene que ver con la concisión, con la precisión casi documental con el que se abordan las historias, pero también con el respeto y el pudor con el material tratado, que se traslada a decisiones contundentes en la puesta en escena.
Sus guionistas construyen personajes alejados de los estereotipos: víctimas (que son supervivientes) con contradicciones, policías agotados y proxenetas ambiciosos, capaces de desenvolverse en los márgenes legales y de aspirar a una posición empresarial, mostrando esa imagen de macho ibérico que con total impunidad ha campado a sus anchas en el panorama público nacional.
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Una serie que se posiciona políticamente
La ficción adopta un naturalismo áspero que evita embellecer el universo criminal. La ejecución estilística se distancia tanto de la idealización de la prostitución como de una búsqueda estética de la fealdad. Es una serie que se siente, que se huele, que trasmite esa atmósfera opresiva de toda la podredumbre moral que arrastra la historia.
Sin embargo, nunca se subraya nada, se muestra y no se esconde lo que hay, pero no hay una voluntad de regodearse en la miseria. La violencia siempre está latente, pero no tiene por qué aparecer de forma explícita, al igual que ocurre con las escenas sexuales.
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La representación del sexo evita mostrar el cuerpo de las mujeres durante los encuentros con clientes. En la primera escena de Claudia con un hombre, la cámara solo le enseña a él, una decisión de lo más valiente que se mantiene a lo largo de los seis capítulos.

Ese procedimiento pone precisamente el foco en el sufrimiento de la mujer, en la disociación que sufre al tener que acostarse en contra de su voluntad con un hombre, de forma que, simbólica y físicamente, desaparece de la pantalla.
La serie desplaza así el interés hacia los hombres que sostienen el negocio y se aparta de retratos convencionales de la prostitución en la ficción que habíamos visto hasta el momento, centrados en la explotación de los cuerpos femeninos.
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El Castillo es también una serie profundamente política que se posiciona en torno al vacío legal que ha existido en nuestro país alrededor de la trata, pero también en cómo se convierte en un negocio sustentado por los consumidores.
Al final de cada episodio, encontramos unos rótulos informativos que muestran datos reales alrededor de todo lo que estamos viendo. No se trata de una cuestión didáctica, sino de ese espíritu testimonial, crudo y realista que tiene la serie a la hora de poner en la mesa las contradicciones de aquello que cuenta.
Así, los procedimientos de investigación y la descripción del funcionamiento policial, judicial y delincuencial forman una crítica a la burocracia, a una justicia descrita como falsamente ‘garantista’, a la insuficiencia legislativa y al desamparo de las víctimas. El resultado es un sistema que favorece la impunidad de un negocio rentable y socialmente normalizado.
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En el apartado interpretativo encontramos a un totémico Raúl Arévalo, comprometido con su personaje hasta el punto de engordar 20 kilos y aparecer irreconocible. Su personaje, el Suizo, es tan normal como terrorífico, un monstruo cotidiano capaz de lo peor para defender sus intereses. Omar Ayuso sorprende con su personaje de joven policía que supone nuestro punto de vista dentro de la historia, introduciéndonos en los entresijos de ese universo repleto de desinformación e intereses ocultos. Por último, el descubrimiento de Valentina Vidal que, con su ojos lo dice todo en su trayecto por las cloacas de la prostitución.
El Castillo es una serie que no admite concesiones. Nos introduce en un submundo desconocido que tal vez no quisiéramos conocer, pero cuya descripción resulta tan precisa como necesaria. Es una serie valiente, desgarradora, lúcida y comprometida. Un retrato que nos adentra en las entrañas de un entorno atroz para que, por una vez, abramos los ojos sobre lo que ocurre a nuestro alrededor sin escandalizarnos, sino tomando verdadera conciencia.
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