
La vida está plagada de estímulos positivos y negativos, de altibajos que ponen a prueba nuestra gestión de las situaciones con las que nos vamos encontrando, pese a que, en la búsqueda constante de la felicidad en la que estamos inmersos, desearíamos que las emociones desagradables desapareciesen por completo de nuestra existencia.
No es posible eliminar la tristeza, el sentimiento de fracaso cuando no se alcanza un objetivo propuesto, el malestar, pero sí aprender a gestionarlos de una manera que no nos empujen hacia un bucle de frustración y culpa que acabe por contaminarlo todo.
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Alfonso Navarro, psicólogo especialista en adolescentes y familia (@alfonso.psicologia en redes sociales) y fundador de Ananké Psicología, ha publicado el libro La trampa de la frustración (Molino, 2026), en el que analiza qué nos lleva a ella. En una entrevista con Infobae, el experto habla sobre algunas de estas cuestiones: el diálogo interno destructivo, la falta de tiempo por la saturación de la vida diaria, la necesidad de producir constantemente o la “alergia al aburrimiento”, que derivan en frustración cuando no se alcanza todo aquello que creemos —o que nos han hecho creer— que debemos conseguir.

Pregunta: ¿Por qué indicas que la frustración es una “trampa”?
Respuesta: Me parece acertado llamarlo “trampa” porque en muchas ocasiones cuando hablamos de frustración estamos hablando de cosas mucho más profundas, pero que no identificamos o conocemos porque no nos han enseñado a mirar a un sitio tan profundo.
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P: ¿Por qué nos cuesta tanto afrontar la frustración? ¿Tiene algo que ver con el contexto en el que vivimos o la manera en la que hemos sido educados?
R: En cierta medida sí. Hay personas que han tenido la “suerte” de poder convivir con bajos niveles de frustración, gracias a sus padres y a su cultura, y de adultos tienen que enfrentarse a lo inevitable. Por otro lado, la frustración despierta en cada uno de nosotros muchas cosas y son esas las que hay que aprender a gestionar.
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P: ¿Qué personas suelen ser más propensas a sentir una frustración más desbordada?
R: Aquellas que han tenido que pasar por situaciones que no han podido terminar de resolver: traumas, abandonos, etc. Que han tenido que sobrellevar, o aprender a vivir con ellos, pero que más adelante en su vida funcionan como detonantes de esas emociones que tanto cuesta gestionar.
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P: Como psicólogo, ¿has percibido un aumento de las personas que acuden a terapia por cuestiones relacionadas con la frustración?
R: Sí que hemos notado un aumento de las personas que acuden con una desesperanza o tristeza que viene de la frustración. Personas agotadas de gestionar situaciones, o a familiares o relaciones y que no ven una salida para que no todo sea frustrarse y punto.
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Alergia al aburrimiento e hiperproductividad: catalizadores de la frustración
P: ¿Tenemos cada vez menos tolerancia hacia las emociones desagradables? ¿Esto puede aumentar la frustración cuando aparecen?
R: Yo no diría menos tolerancia. Lo que sí que creo es que cada vez somos más ambiciosos en nuestro concepto de bienestar y felicidad y por eso resaltamos más las carencias que tenemos o aquello que deseamos conseguir. No hay que confundir la queja con la falta de tolerancia. Además, cada vez está más permitido hablar de estos temas y eso hace que parezca que aumenta la queja.
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P: ¿Qué papel tiene el diálogo interno destructivo en la frustración?
R: Tiene un papel fundamental. Gran parte de lo que nos hace sentir esa frustración, como explico en el libro, es a quién culpamos de lo que está pasando en cada momento. Y en muchas ocasiones, sobre todo en las que no hay culpable o cuando ya ha pasado la tormenta, nos culpamos a nosotros mismos o creemos que se podría haber resuelto la situación de otra manera. Y eso genera mucho malestar.
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P: Cada vez más personas reconocen sentir no tener tiempo para nada. ¿Cómo puede influir esto en el manejo de la frustración?
R: Esto también es un factor determinante. La saturación a la que estamos acostumbrados en las grandes ciudades, el cúmulo de objetivos y tareas, el ritmo, hacen que cualquier contratiempo, por pequeño que sea, lo vivamos con mucha magnitud porque genera un fenómeno de cascada. No tenemos margen de tiempo para pararnos a recomponernos y gestionar las emociones que nos genera aquello que ha ocurrido.
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P: En tu libro explicas que “nos hemos vuelto alérgicos al aburrimiento”. ¿Qué supone esto para nosotros y para la manera en la que gestionamos la frustración?
R: Efectivamente se esta volviendo una sensación muy difícil de soportar el vacío entre dos tareas o planes. Esto genera mucha desconexión con el cuerpo y con las emociones. No con el cuerpo a nivel de entrenamientos y demás, sino con las sensaciones corporales y los sentidos. Esa desconexión nos vuelve más sensibles a terminar somatizando las emociones y siendo más explosivos. No nos “caben” esas emociones negativas.
Vivir sin frustración: un objetivo inalcanzable
P: ¿Es posible una vida sin frustración? ¿La frustración nos ofrece algún tipo de enseñanza?
R: No, y además nos convertiría en personas con un hándicap. La frustración es una señal de que algo no ha ido como queríamos. Es un radar. No existen las emociones buenas o malas. Es como la lengua que identifica sabores. Lo importante es lo que hacemos con aquello que identificamos, o incluso si sabemos ponerle nombre y entender lo que nos está pasando. Hacer las paces con las emociones es lo que nos permite avanzar y crecer de manera sana.
P: ¿Cómo de importante es aprender a manejar la frustración desde edades tempranas?
R: Fundamental. Eso genera personas con una alta autoestima y con mucha resiliencia. Hace que cuando son mayores puedan enfrentarse al fracaso de una manera sana y sacando las conclusiones correctas. Conclusiones que generan aprendizaje, no autocrítica destructiva. Las personas que tienen una mejor relación con la frustración, además, son altamente empáticas y están muy conectadas con la parte sana de la vida.
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