
Más de largos 45 años de economía bimonetaria –en los que los argentinos producen pesos con su trabajo y empresas, pero ahorran y pactan operaciones en dólares– no han podido erradicar los temores que genera un repentino salto de la paridad cambiaria, y generar sensación de calma cuando cotiza estable, o, mejor aún para muchos, a la baja.
Después del primer gran fin de semana largo, el mercado de divisas abrió con cotizaciones en alza, como había empezado marzo el último viernes, y surgieron las clásicas consultas a los economistas. También en las charlas de café y en muchas mesas familiares y ronda de amigos. ¿Qué pasa con el dólar? ¿Hasta cuánto va a subir? ¿Se trasladará a precios? ¿Cómo afectará a la actividad? ¿Qué hará el Banco Central, volverá a subir las tasas de interés? ¿Se acelerará la inflación?
Sin duda, las respuestas claras y convincentes surgen con la misma rapidez, pero no son comprobables en lo inmediato, porque en la cotización de cambio del peso con cualquier divisa, en particular con el dólar, influyen un amplio set de variables que interactúan entre sí, algunas locales, y otras externas.
Claramente, la regla del mercado permite advertir rápidamente que un activo aparece como barato cuando aumenta repentinamente la demanda y eso hace que suba el precio, sea por la lentitud de la oferta a reponer el bache o la percepción de movimiento especulativo, y opera la inmediatez. Y viceversa, se interpreta como caro y aparecen los vendedores, locales y externos, en busca de hacer una diferencia colocando los pesos que obtiene en un plazo fijo a tasas que considera atractivas.

Estacionalmente, los meses del verano, hasta el mes previo a la llegada del invierno, son en la Argentina de abundancia de oferta de dólares por parte del sector agropecuario, que explica 2 de cada 3 dólares que genera el comercio exterior; mientras que la demanda es también estacionalmente débil, más allá de la vinculada con el turismo internacional, porque las importaciones de materiales e insumos para la producción, como también de bienes de consumo final y de inversión, tienden a crecer a partir de marzo a abril, hasta septiembre u octubre, según el ritmo de la economía.
Pero esos no son los únicos factores que provocan movimientos abruptos del tipo de cambio, más allá de los originados en la coyuntura internacional.
También influyen los aciertos y desaciertos de política económica (fiscal, monetaria y financiera) que en la Argentina llevan más a enamorarse del tipo de cambio bajo, valor del peso alto, que del tipo de cambio alto y peso bajo, por sus efectos propagadores de la inflación, en el primer caso, y de la estabilidad de los índices generales de precios en el segundo. Además, se utiliza como uno de los reguladores la tasa de interés de referencia o los "precios administrados".
La experiencia local e internacional muestra con claridad que uno de los mejores esquemas cambiarios es el de la flotación de la cotización, pero siempre cuidando evitar escenarios de alta volatilidad.

En la Argentina la volatilidad tiene la virtud de aparecer, por "descuidos" de política económica que llevan a una situación de "atraso" cambiario, cuando surgen malas noticias, como la aceleración de la inflación, más allá de lo esperable; la agudización de la recesión, las grietas en el ala política del oficialismo y oposición, junto a señales negativas del resto del mundo.
¿Dólar alto o bajo?
Después de la crisis cambiaria desde fines de abril hasta fines de septiembre de 2018, que llevó al Gobierno a acudir al auxilio del FMI como prestamista de última instancia, el tipo de cambio al público alcanzó un pico de $41,89 promedio para la venta al público, y $40,90 en el canal mayorista, donde operan las empresas vinculadas con el comercio exterior y entidades financieras para el ingreso y pago de créditos internacionales.
Cinco meses después, el mercado vuelve a operar en torno a esos valores, pero con una gran diferencia: la inflación acumulada, estimando 4% para febrero último, fue de poco más de 19%. De ahí que no son pocos los economistas que piensan que, nuevamente, como ocurriera casi un año atrás, el salto del tipo de cambio no hizo más que reflejar un "ajuste de mercado", luego de haber estado cotizando varios meses por debajo de $38 0 $39 pesos por unidad.
Sin embargo, también están quienes consideran que el "pico" de siempre, fue un valor que anticipaba la inflación y por tanto, un valor en torno a $39, como fijó de piso el Banco Central para definir la zona de no intervención, era aceptable, pese a que diversos estudios de grandes consultoras –como Miguel Broda o Orlando Ferreres–, consideran que un valor de equilibrio está más próximo a $42 o $43, que lo ubicaría más adentro de la zona de no intervención que ya tiene un techo levemente superior a 50 pesos.
En todos los casos, lo más recomendable es que las decisiones regulatorias de mercado tiendan a evitar que se vuelva a producir un nuevo cuadro de volatilidad del tipo de cambio, porque los movimientos bruscos al alza generan el costo de afectar las expectativas, acelerar la inflación, acentuar la recesión y generar un círculo vicioso del que cada vez es más costoso salir.
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