
La periodista y escritora Florencia Etcheves volvió con Madame Borges, una novela centrada en María Kodama, viuda y heredera universal de Jorge Luis Borges. El libro propone un recorrido imaginario por los últimos recuerdos de Kodama, atravesados por su vínculo con la literatura, el amor y la decisión de resguardar la obra del escritor argentino. En la trama, la protagonista enfrenta una última aventura acompañada por una presencia inesperada, mientras repasa una vida marcada por la defensa del legado de Borges. La novela aborda las polémicas, disputas y cuestionamientos que rodearon a Kodama durante décadas por su papel como responsable de la herencia literaria, según la sinopsis editorial.
Etcheves, periodista y autora de títulos como Cornelia, La Virgen en tus ojos y La cocinera de Frida, suma así una ficción inspirada en una figura central y controvertida del universo borgiano. A continuación, un fragmento de Madame Borges, esta novela de 248 páginas publicada por Planeta.
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Madame Borges
En la puerta principal de la Feria del Libro, la brisa del otoño se convierte en un huracán y los rayos del sol, en espadas de hielo. Me cubro el pecho con la chalina de seda azul. Tenía razón mi abuela cuando me amenazaba con la existencia de infiernos de hielo.
¿Me retiro en silencio o peleo? Me vienen a la cabeza los samuráis japoneses. Será porque son la casta perfecta, servidores de lealtad inquebrantable. Para ellos el honor, la palabra, los juramentos y el coraje se valoran por encima de la propia vida. Me voy a subir al ring de la batalla. Yo soy un samurái. Su samurái, Borges.
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Miro con atención el cartel que me dejó tiesa: fondo negro, letras blancas, y debajo una foto suya. Se le ve rozagante con ese traje gris. Camisa blanca, corbata negra, y con sus ojos ciegos enfocados hacia abajo. Pero no es la foto lo que me deja clavada al piso. No. Son las letras, el texto, el engaño, la patraña.
Abrazo la cartera que elegí para la ocasión. Es la de cuero verde, la que tiene forma de cabeza de dinosaurio. Esa que me compró usted, Borges, en los Estados Unidos. Esa que uso cada vez que quiero escandalizar. Pero claro, hasta hace un rato no sabía que el escándalo no iba a tener nada que ver con mi cartera.
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Mi mirada se topa con la de mi amigo Juan Azores, que inmediatamente apoya su mano firme sobre mi hombro. A veces sabe cómo calmarme, pero creo que hoy no va a conseguirlo.
—Ayudame a sacar esa infamia de ahí —le digo mientras señalo el cartel con el dedo índice, cargado de anillos finitos de marfil—. No puedo creer que todavía insistan con esto.
—María, calmate… —me replica Juan, sin quitarme la mano del hombro.
—Estoy calmada —le aclaro con el tono de voz más bajo y monocorde que tengo.
No puedo quitar los ojos del poema que me obsesionó durante años, un texto ramplón que alguien le adjudicó a usted, Borges.
Un millón de dólares me ofrecieron años atrás para participar en una lectura colectiva de «Instantes» en el puente de Brooklyn. Amenacé con demandarlos por diez millones y logré frenar el evento. Pero ahora, la mentira está exhibida ni más ni menos que en Buenos Aires. En su Buenos Aires, Borges. Y no lo voy a permitir.
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Avanzo dos pasos hacia el cartel, me pongo en puntas de pie y, con un tirón firme y seco, logro arrancarlo. La lona cae al piso ante la mirada atónita de Juan. No puede creer mi fuerza, y menos aún mi determinación. A veces yo tampoco.
—Juan, no te quedes ahí parado. Hagamos un rollo con esta porquería.
Entre los dos conseguimos enrollar el cartel, ante el escrutinio de la gente que pasa. Y quiero más. Voy por todo.
Cruzamos a paso rápido la explanada del predio y entramos al primer galpón, sin detenernos. Me gusta que nadie se atreva a frenarnos el paso. Parece que todos saben que, aunque un animal esté herido, siempre recuerda que tiene dientes para morder. Y yo muerdo. Muerdo fuerte.
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La oficina de la directora de la Feria del Libro está en el fondo. La puerta está entornada. La empujo con la punta del pie y entro.
La directora está sentada detrás de un escritorio improvisado, toma notas en un cuaderno. Levanta la cabeza y me ve. Se acomoda los anteojos y alza las cejas. La expresión es de total asombro. Y no es para menos.
Puede verme cargar con esfuerzo la lona. Observa también mi túnica color maíz, mis collares de piedras de coral. Lo que no puede ver es la furia de mis ojos. Los lentes de sol le hacen el favor. Nadie quiere estar sometido a mis ojos cuando la ira se apodera de ellos.
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No le doy tiempo ni de saludar. Desenrollo el cartel encima de su escritorio, y un vaso de agua cae al piso. El poema «Instantes» queda expuesto. Y su foto, Borges, también.
—¿Qué significa esto? Es vergonzoso. Estoy atónita —escupo las palabras con desprecio.
Noto cómo la directora toma aire y la bocanada se le atora en la garganta. Lo disfruto. Ella sabe muy bien que ese poema no es suyo, Borges. Igual intenta tranquilizarme.
—¡Ay, María! ¡Qué papelón! —exclama con un hilo de voz.
La interrumpo. Quiero hablar yo. El universo de las palabras no dichas me parece una desgracia.
—Yo no voy a permitir que cambien la obra de Borges ni que la inventen. Yo sé muy bien el trabajo que le llevaba a Borges revisar cada palabra de sus textos. Es como que te torturen o te maten un hijo. Es lo mismo. El hecho de que sea algo intelectual no significa que no tenga tanta importancia como algo físico. Para mí es lo mismo.
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—Por supuesto, María. Tenés toda la razón del mundo. Fue un error involuntario de alguna de las chicas…
Sonrío con sarcasmo. Estoy harta de las excusas.
—Nadie es responsable acá. La culpa siempre es del otro. Por eso se cometen una y otra vez los mismos errores. Yo estoy educada en la cultura de la responsabilidad, y soy responsable de la obra de Borges. ¿Por qué les cuesta tanto entenderlo?
La directora logra recomponerse. Enrolla el cartel y lo acomoda en un rincón, junto al tacho de residuos. Una puesta en escena para mostrarme que ese cartel es basura. Nada que yo no sepa. Y se vuelve a disculpar. Me gustaría perdonar, pasar página, seguir adelante, pero no siempre el perdón es suficiente. Por un segundo me pregunto qué cosa me dejaría con el alma en paz. No encuentro respuesta. Lo que sí encuentro son palabras. Las palabras nunca me dejan sola.
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—Esta Feria que tanto dice querer a Borges nunca lo leyó. Nadie que lo haya leído puede pensar que ese texto es de él. Si él hubiera escrito esa porquería, yo me habría desenamorado de inmediato, y ustedes no tendrían estos problemas conmigo. ¿Cómo Borges iba a escribir ese poema pesaroso? Él nunca se arrepintió de su vida, de nada. —Trago saliva y tomo aire—. Y te voy a decir algo por última vez. Si ustedes piensan que ese poema lleno de lugares comunes es de Borges, entonces no merecen a Borges.
No quiero quedarme ni un segundo más en este sitio en el que cada año me siento expulsada. Salgo del predio a paso rápido. Agacho la cabeza para evitar contactos visuales. Meto la mano en mi cartera de dinosaurio y saco mi cámara de fotos digital. Es nueva, regalo de una amiga. Me quito los anteojos y enfoco el lugar en el que, hasta hace un rato, estaba el cartel de la discordia. Ahora es solo un espacio vacío. Aprieto el botón plateado y la imagen queda congelada.
Esta foto me va a recordar siempre que debo seguir firme en mi misión, firme junto a usted, Borges. Firme como una estaca. Porque usted es la mitad de mi vida.
Forever and ever and a day.
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