
Última fila, de Daniel Böhm, reúne cuentos escritos con una intensidad y un dramatismo de respiración cinematográfica. En sus páginas conviven vampiros urbanos, amores secretos, taxiboys, deseos trans y vínculos que se internan en zonas prohibidas, en un mapa sensible y oscuro de la experiencia contemporánea.
La obra de Böhm vuelve sobre algunas de sus obsesiones más persistentes: la nostalgia húngara, la soledad porteña, la sombra de la Shoá, pero también los viajes, la arquitectura y ciertas figuras luminosas que irrumpen en medio de la intemperie. Según Fernando Garriga, cada relato funciona como una inmersión, una entrada a un universo donde lo íntimo, lo inquietante y lo poético se entrelazan.
PUBLICIDAD
Escritor, artista audiovisual y psicoanalista, Böhm desarrolla una obra situada en el cruce entre cine y literatura. Después de publicar Fuera de cuadro y Una flor en el jardín del mal, Última fila profundiza esa búsqueda con un libro de cuentos intenso, delicado y perturbador, del que compartimos a continuación dos cuentos.

LA CAJA
Se sientan a cada lado de la mesa blanca. El chico frente a Aurora. Detrás de ella, en medio de la pared encalada, cuelga una cruz grande, parte de un collar hecho con bolas de madera: Fran nunca había visto un rosario. Sobre la mesa hay una caja de zapatos. También un block de hojas blancas y unos lápices de colores.
PUBLICIDAD
La psicóloga sonríe con su cara de porcelana. Tiene los ojos negros y redondos, el pelo enrulado, la piel clara. Él no conoce a nadie así, salvo a Estrella, su niñera española, son caras muy diferentes a las de su familia, judíos inmigrantes de la Europa del este. Se pregunta si su nueva tía, a la que conocerá muy pronto, será parecida a ellas.
Cada año la mamá viaja a Europa con su nuevo esposo italiano. Visitan a amigos de él en Milán, en Ginebra, ciudades en las que Roberto vivió antes de ir a la Argentina. En esas semanas de vacaciones de invierno lo mandan con Estrella a las sierras de Córdoba, a un hotel de tres alas, de dueños alemanes. Durante esos días Fran casi no habla con nadie, se queda en el cuarto con las persianas bajas.
PUBLICIDAD
Cada vez que sus padres viajan, Fran insiste en que también él quiere conocer Europa. Tanto insiste que le han prometido que podrá ir en el próximo verano del sur, al terminar las clases. Es así que deciden que en diciembre, a los diez años, lo mandarán solo. Le cuentan que una azafata lo acompañará hasta el asiento del avión, le colgarán del cuello un cartel con su nombre y los datos de destino.
Vivirá en la casa de la nueva tía en Milán, la hermana mayor de Roberto. Fran, agradecido por el regalo, se guarda el miedo. Pero la madre se preocupa cuando el hijo empieza a despertarse a medianoche con pesadillas. Para tranquilizarlo lo lleva a ver Aurora, le dice que ella entiende de sueños.
PUBLICIDAD
Fran siente que conoce a la psicóloga de antes. Le pasa con distintas personas. Ha visto a Aurora en sueños, se acuerda de ella en el momento de conocerla. Es su secreto: ni su mamá lo sabe.
Va a verla tres veces por semana. Lo lleva Estrella en colectivo después de la escuela. Es un departamento de un barrio que no conoce. Suben en un ascensor de rejas de hierro. Las puertas son altas y de madera oscura, con molduras como telas de araña. El lugar le resulta tan tenebroso como el tren fantasma.
Fran se queda muy quieto, no habla, no toca la caja de cartón. ¿Debería abrirla? Aurora no le dice nada. Los ojos del chico van de la cruz a la caja, de la caja a su cara, y de nuevo a la cruz en la pared. ¿Espera ella que él diga la primera palabra? Pasan una hora en silencio. Finalmente Aurora se levanta y con una sonrisa le indica la puerta.
PUBLICIDAD
Estrella lo espera afuera, sentada en un banco del hall de entrada. Le entrega a Aurora un sobre con la plata de la sesión.
Se repiten la cara de porcelana de Aurora, la cruz en la pared. Con cautela, Fran comienza a mover la caja cerrada de un lado a otro de la mesa de melamina. El movimiento cobra cierto ritmo. Aurora no dice nada, lo observa y sonríe.
Falta solo un mes para viajar a Europa y Fran está tan excitado que le cuesta dormir. Cuando se duerme, tiene nuevas pesadillas. Sueña que viaja con su madre sentada al lado. Mientras el avión cae en picada ve por la ventanilla montañas con nieve. Fran se despierta de golpe y corre a la cama de su madre para comprobar si respira.
PUBLICIDAD
Una semana antes del viaje, Fran le hace un agujero a la tapa de la caja de cartón con uno de los lápices de colores. Cada sesión agranda más el agujero, y el último día se decide a abrirla. Adentro encuentra un camión de bomberos, una lupa, y unas miniaturas de animales: un león, un caballo, varias ovejas, una vaca. Esto parece alegrarlo. Saca a los bichos de la caja y durante una hora los hace actuar unos juegos silenciosos. Al final los guarda con cuidado. Entonces dice: a dormir, y tapa la caja. Aurora sonríe.
ALBA
Marcos pintaba murciélagos. Óleos y témperas en una gama lúgubre de azules y violetas cubrían las paredes del departamento en la calle Azcuénaga, frente al cementerio.
PUBLICIDAD
Su afición por la oscuridad, casi de quiróptero, se completaba con unas cortinas gruesas que sellaban la única ventana que daba al llamado “aire y luz”.
No le había sido fácil encontrar un alquiler cerca del departamento de Alba. Había llamado a todos los Denegri que encontró en la guía, pidiendo cada vez por la doctora. Varias veces le pasaron con alguna otra doctora Denegri, hasta que una vez tuvo suerte. Esperó un rato en silencio antes de que Alba colgara, irritada por la falta de respuesta. Su delicada voz era inconfundible.
No es que se hubieran visto más que aquella única vez en los consultorios externos del Hospital de Clínicas. La joven doctora le había mostrado una serie de cartones con manchas de colores en los que Marcos sólo había reconocido murciélagos: hermosos ejemplares de todas las variedades con sus respectivos nombres en latín. Marcos notó que la doctora, al principio incrédula, había finalmente disfrutado con la descripción de cada cuadro. Se había reído y hasta le había hecho unas bromas maliciosas, que él consideró insinuantes. Alba era de una belleza frágil, transparente.
PUBLICIDAD
Toda su piel parecía vibrar ante la presencia de Marcos, que había visto en sus ojos un brillo familiar: una oportunidad irrepetible. Marcos faltó a todas las sesiones siguientes del psicodiagnóstico.
El precio del monoambiente resultó sorprendentemente bajo, a pesar de estar ubicado en una zona residencial. Debía ser por esa calle que daba al cementerio de la Recoleta, repleta de albergues transitorios. Pero Marcos era un bicho de ciudad y sabía que en esa colmena de concreto que son las urbes siempre queda algún agujero oscuro y sin aire, uno que nadie quiere ni reclama. No necesitaba la luz ni el espacio. Lo único importante era que el edificio quedara a la vuelta del de Alba, a solo unos metros de distancia. Temblaba ante la sola perspectiva del encuentro.
Durante los dos primeros meses se cuidó mucho de no dejarse ver. Salía bien tarde a la noche, y si tenía que pasar por la puerta de ella, cruzaba a la vereda de enfrente.
Luego de vigilar con exquisito cuidado sus hábitos nocturnos, Marcos eligió un amanecer púrpura. Ella llegaba por la silenciosa vereda con el guardapolvo colgado del brazo. Parecía cansada, debía haber sido una larga noche de guardia en el hospital. Sincronizó con exactitud los pasos hasta la llegada de los dos a la puerta de su departamento. Casi topándose con ella, la saludó torpemente, con una sorpresa fingida, y sus ojeras hundidas se le hincharon con pasión azul al sonreírle.
“¡Alba!”, susurró Marcos. Ella lo miró con ojos soñolientos, entre curiosa y distraída, sin reconocerlo. Ya era demasiado tarde para defenderse de ese chico confianzudo, que ahora la saludaba con un beso preciso dirigido a su cuello transparente.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Jean-Michel Basquiat, el pintor que imaginó Black Lives Matter antes de que existiera: su amistad con Warhol, su fascinación por el arte infantil y los 6 años que lo cambiaron todo
Un nuevo libro recorre la vida y la obra del artista neoyorquino a 38 años de su muerte prematura. Su galerista suizo lo definió como una inteligencia excepcional capaz de anticipar el futuro, y su legado sigue transformando el mundo del arte

"Oktubre" cumple 40 años: Rocambole convoca a presentar creaciones personales para una muestra que celebra el álbum que cambió el rock argentino
Las propuestas de tatuajes, banderas y murales podrán enviarse hasta el 2 de noviembre para integrar una muestra de diciembre en el Museo MAR, junto con piezas originales del artista y documentos históricos

La actriz Sandra Hüller, de la Alemania de posguerra al presente: "Hay que ir contra el fascismo hasta que lo hayamos derrotado"
La alemana interpreta a la hija de Thomas Mann en ‘Tierra de mi padre’, la película de Paweł Pawlikowski sobre el regreso del escritor en 1949 a su país, que está dividido. Aquí, vincula aquella herida histórica con el ascenso actual de la ultraderecha

Flavia Costa: “El desarrollo de la IA aplicado a la guerra es peligrosísimo y no va a poder frenarse con una regulación”
La investigadora argentina, autora del libro ‘Vidas artificiales’, repasa el mapa de poder detrás de la inteligencia artificial, reflexiona sobre lo que llama “guerra cognitiva” y “guerra contra las instituciones” en nuestro hemisferio y advierte sobre el avance de una “IA agéntica” que, según los principales institutos de seguridad del mundo, ya no es posible controlar

‘Slow Horses’ convierte a los peores espías de Gran Bretaña en protagonistas de la serie del momento
Con un notable Gary Oldman y el universo literario de Mick Herron como eje, la producción de Apple TV+ juega con la torpeza y el cinismo para lograr un fino relato de tensión y humor negro


