
La utopía, escribió Tomás Moro en 1516 al acuñar una palabra suspendida entre “buen lugar” y “no lugar”, nace con una contradicción que explica por qué tantos intentos de convertirla en realidad terminaron en dictaduras, comunas disfuncionales o sectas sexuales: el ideal social absoluto casi nunca resiste el paso del papel a la vida.
Esa es una de las ideas centrales de The Uses of Utopia de Joad Raymond Wren, en un repaso intelectual sobre la historia del concepto, que sigue la pista de las sociedades perfectas imaginadas en la literatura y observa un patrón persistente: cuando una comunidad pretende ordenar cada aspecto de la vida, la promesa de armonía suele exigir coerción.
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El recorrido arranca, como señala la publicación, en Platón y su República, con prescripciones extravagantes como la necesidad de “neutralizar la influencia de los poetas sobre las madres”. Desde allí avanza hacia la isla de Moro, donde “nada es privado” y por eso “los asuntos comunes son observados con empeño”.
La revisión incluye la Nueva Atlántida de Francis Bacon, presentada como una utopía basada en la experimentación científica racional y que pudo haber inspirado a Wakanda en las películas de Black Panther de Marvel.
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También aparece El mundo resplandeciente, de la duquesa del siglo XVII Margaret Cavendish, que imagina a su autora como una diosa elegida por un mundo de híbridos humano-animales aficionados a la ciencia. En el siglo XVIII, Sarah Scott imaginó en Millenium Hall una sociedad ideal de mujeres sin hombres, una idea que Charlotte Perkins Gilman retomó durante la Primera Guerra Mundial en Herland.
De ese catálogo emergen varias constantes. Muchas utopías recurren a un narrador transportado por accidente o por medios fantásticos a una nueva tierra, donde recibe largas explicaciones sobre el funcionamiento del sistema.
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Otra regularidad es la abolición de la familia, con niños criados en común. En la fantasía de 1888 Mirando atrás, de Edward Bellamy, incluso desaparecen las escuelas de derecho y los abogados, “abolidos aquí como en la mayoría de las utopías”, según resume Wren.
La excepción parcial es Viaje por Icaria, del socialista francés del siglo XIX Étienne Cabet, que permite la existencia de familias, aunque dentro de un comunismo rígidamente regimentado. El problema empezó cuando Cabet intentó trasladar ese modelo al mundo real.
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En 1849 fundó en Illinois su propia sociedad modelo, Icaria. A los pocos años, sus habitantes acumulaban posesiones, practicaban “vicios” como la caza y la pesca, juraban, fumaban y bebían alcohol; las mujeres usaban maquillaje, joyas y perfume.

La respuesta de Cabet fue endurecer aún más las normas y exigir para sí la presidencia durante cuatro años en lugar de uno. En esa deriva, el libro encuentra una lección repetida: la utopía siempre amenaza con convertirse en autoridad sin límites.
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El libro, sin embargo, tiene una ausencia llamativa en ese recuento: Anarquía, Estado y Utopía, publicado en 1974 por el filósofo político estadounidense Robert Nozick. Allí sostuvo que el único Estado moralmente admisible es uno “mínimo”, dedicado a garantizar derechos de propiedad, seguridad y cumplimiento de contratos.
A partir de esa base, las personas deberían poder crear las formas de asociación que quisieran, siempre que la pertenencia nunca fuera forzada. Para Nozick, la objeción decisiva era que las utopías son coercitivas porque no todos aceptarían libremente sus valores.
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“Es útil imaginar a hombres de las cavernas sentados juntos para pensar cuál sería, para siempre, la mejor sociedad posible y luego lanzarse a instaurarla. ¿Ninguna de las razones que los hacen sonreír se aplica a nosotros?”, dice el autor. Esa pregunta funciona como una impugnación directa al impulso de diseñar una vida perfecta para todos.
Buena parte de las utopías del inventario, además, dejan una impresión sombría. En Moving the Mountain, de Gilman, “casi no hay mascotas, porque son un desperdicio”; en Viaje por Icaria, los grabados decorativos contienen información útil en vez de paisajes “inútiles”.
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En Una utopía moderna, publicada en 1905 por H. G. Wells, existe una élite samurái que representa la nobleza natural del sistema y cuyos miembros “no deben actuar ni cantar”, ni tampoco jugar o mirar deportes competitivos. La perfección, en estos casos, se parece menos a la libertad que a una disciplina total.
Wren sostiene que las utopías funcionan sobre todo como “máquinas orgánicas para pensar las premisas de nuestro pensamiento”. Bajo esa definición, se acercan a la ciencia ficción, y algunas de hecho pertenecen a ese territorio.
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Entre ellas figura la “utopía anarquista” de los años 70 Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin. La corriente más popular en las últimas décadas, probablemente, haya sido la serie Culture, de Iain M. Banks, que imagina un comunismo de lujo totalmente automatizado en el espacio, dentro de una sociedad pan-galáctica de humanos mejorados.
Ni siquiera allí todo funciona sin grietas. Esa sociedad ideal se ve alterada por ataques de fanáticos intolerantes, por inteligencias artificiales utilitaristas fuera de control o por artefactos alienígenas demasiado antiguos para ser comprendidos, un detalle que refuerza la idea final del ensayo: la mejor ficción utópica termina siendo, de manera implícita, también antiutópica.
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