
Vuelven, cuarenta y dos años después, los tres primeros tomos de la Autobiografía de Victoria Ocampo. Originalmente se publicaron de manera póstuma, entre 1979 y 1984, en seis volúmenes de Ediciones Revista Sur: El archipiélago, El imperio insular, La rama de Salzburgo, Viraje, Figuras simbólicas. Medida de Francia y Sur y Cía. Hubo reimpresiones en esa misma década y después, nada. Su reedición plantea varios temas interesantes. El archipiélago (1979) cubre la infancia. Genealogía de las dos ramas, los Ocampo y los Aguirre, con antepasados en las actas de mayo, la casa de Viamonte y Florida, los veranos en San Isidro, el gobierno de tías, abuelas e institutrices francesas e inglesas, las cinco hermanas menores. Ahí se instala el dato que ordena toda la obra: el francés como primera lengua de lectura y de escritura, aprendido antes que cualquier idea de país. El título describe una familia dispersa en islas que se tocan sin unirse. El imperio insular (1980) va de la adolescencia al casamiento. El viaje familiar a París, las clases oídas de prestado en la Sorbona y el Collège de France, Bergson entre ellas, la amistad y la correspondencia con Delfina Bunge, las lecturas fundacionales, la vocación de actriz que el padre le prohíbe, Marguerite Moreno, y el noviazgo con Luis Bernardo “Mónaco” de Estrada hasta la boda del 8 de noviembre de 1912. Cierra donde abre el tomo tercero.
El título del tercer tomo es una cita. En De l’amour, Stendhal cuenta que en las minas de sal de Salzburgo los mineros arrojaban una rama deshojada al fondo de un pozo abandonado y la recuperaban meses después cubierta de cristales, irreconocible, deslumbrante. A eso llamó cristalización: la operación por la cual el enamorado recubre al otro de perfecciones que el otro no tiene. Ocampo tomó esa rama y la puso en la portada del volumen donde iba a contar los trece años que pasó con Julián Martínez, primo de su marido, en la clandestinidad más vigilada de Buenos Aires. La rama de Salzburgo se lee, cuarenta y cinco años después, con una incomodidad que los otros tomos no producen. Beatriz Sarlo tituló su ensayo sobre ella “Victoria Ocampo o el amor de la cita”, y la fórmula sirve aquí exactamente al revés de como suele usarse: no se trata de que ella amara citar, sino de que solo podía amar citando. Cuando le tocó escribir el deseo propio, fue a buscar quién se lo había escrito antes.
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Victoria Ocampo tenía veintidós años cuando se casó, el 8 de noviembre de 1912, con Luis Bernardo de Estrada, Mónaco, abogado, católico, celoso, de una familia todavía más conservadora que la suya. El matrimonio se deshizo durante la luna de miel. En Roma, en 1913, conoció al primo del marido, que trabajaba en la embajada. El resto ocurrió en el único registro disponible: cartas, teléfono, un departamento alquilado, taxis, chofer, encuentros del lado sur de la ciudad, lejos de las miradas del Barrio Norte. Aparecen la calle Garay, el Parque Lezama, Leandro Alem. La geografía del amor de Victoria Ocampo es la geografía de dónde no la iban a ver.

No existía el divorcio. No había tampoco lengua. Para una mujer de esa clase, en ese Buenos Aires, existían dos vocabularios para nombrar lo que le estaba pasando: el del confesionario, que lo llamaba pecado, y el de la crónica social, que lo llamaba escándalo. Ninguno de los dos servía para describir la experiencia desde adentro. Ocampo hizo lo que había aprendido a hacer con todo lo demás: importó. Stendhal para la mecánica del enamoramiento, Dante para la dignidad de la falta, Proust para los celos, Jung para el fondo del asunto. El libro está lleno de esos nombres y no los usa como ilustración. Los usa a manera de defensa.
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En 1924, en plena relación con Martínez, Ocampo publicó su primer libro: De Francesca a Beatrice, una lectura de la Comedia que Ortega y Gasset le editó en Madrid, en Revista de Occidente, con epílogo propio. Francesca es la adúltera del canto V del Infierno, condenada junto a Paolo. Y es, sobre todo, la mujer que cae leyendo: Dante hace que el pecado empiece en un libro, en la página sobre Lanzarote, en el momento en que dos lectores levantan la vista. Ocampo, adúltera y lectora, escribió su primer libro sobre la lectora adúltera, y lo tituló como un itinerario de salida: de Francesca a Beatrice, del amor que condena al amor que salva. El tercer tomo de la Autobiografía es ese mismo libro escrito cuarenta años después y sin el itinerario de salida. Ahí hay solo Francesca, sostenida, argumentada, y una mujer de más de sesenta años que ya sabe cómo terminó todo y que igual se niega a arrepentirse.
Ahora bien, hay una ironía en la elección de la cita elegida. La cristalización de Stendhal es una teoría del error. La rama que sale del pozo no se volvió preciosa: se cubrió de sal. El enamorado ve lo que no hay. Al ponerle a su historia de amor el nombre de la teoría que explica por qué los enamorados se equivocan, Ocampo está admitiendo, en la tapa, que su Julián podía ser una invención suya. Y lo escribe desde la única posición desde la cual eso puede decirse sin cinismo: la de quien vio caerse los cristales ya que la historia termina mal de la manera menos romántica posible. La pasión no la mataron la familia ni la Iglesia ni el marido. La mató la libertad. Mientras hubo que esconderse, hubo incendio. Cuando el obstáculo desapareció, la cosa se enfrió y quedó la amistad. Ese es el dato duro del libro y el que le da su valor de documento: Ocampo relata, sin querer demostrarlo, que su amor había sido inseparable de su ilegalidad. Denis de Rougemont escribió en 1939 que la pasión occidental necesita la espada entre los cuerpos, que Tristán ama el obstáculo más que a Isolda. Ocampo lo comprobó en su propia vida veinte años antes de que Rougemont lo publicara.
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Este tercer volúmen es muy diferente a los dos anteriores y vale la pena mirar el vocabulario, porque ahí se ve trabajar la mano. Conviven en él dos lenguas. En los diálogos aparece el voseo porteño, con sus querés, sabés, tenés: Buenos Aires entra al libro por la boca de la gente, en un registro que la Victoria pública casi nunca usaba. Y en las zonas de mayor temperatura aparecen palabras francesas sin traducir, coeur, sang, joie. La distribución no es caprichosa. Lo que se habla, se habla en argentino; lo que se siente, cambia de idioma. Ocampo escribió el cuerpo en la lengua de las institutrices, que era la lengua en la que había leído todo lo que sabía del amor y también la única en la que esas cosas podían decirse sin sonar a médico o a confesor.
Stendhal distingue cuatro especies de amor y Ocampo se queda con el amor-pasión: al inscribirse allí cambia de tribunal. En la grilla moral, lo suyo es adulterio; en la grilla stendhaliana, es una especie con leyes propias, descriptibles, que no admiten juicio porque no admiten voluntad. Pero dada la naturaleza de esta mujer, este amor-pasión es también según sus palabras “Abdicación”: amar como abdicar: ceder soberanía. Victoria Ocampo fundó, financió, dirigió, presidió y decidió durante sesenta años. Este es el único territorio de su obra donde se narra a sí misma como súbdita. Stendhal y Jung conviven en el volumen. La cristalización dice que el enamorado cubre al otro de perfecciones inexistentes; la teoría junguiana de la proyección dice, con otro vocabulario, exactamente lo mismo. Ocampo se dotó de dos aparatos que coinciden en que el amado es una pantalla. Sumale Proust, también presente, cuyos celos son un problema de conocimiento antes que de posesión: se cela porque el otro es incognoscible. La consecuencia es dura y ella la asume: el tomo es una autobiografía de una pasión y de una abdicación, no un retrato de un hombre. Julián Martínez queda escrito casi sin atributos. Es coherente. La rama no se describe, se describe la sal.
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Y es en los años de clandestinidad exactamente los años en que Ocampo se vuelve escritora. Primer artículo en La Nación sobre la Comedia, 1920. De Francesca a Beatrice, 1924. La laguna de los nenúfares, 1926. La mujer que no podía firmar su vida empezó a firmar su prosa en el mismo momento. Que la vida clandestina y la vida pública nacieran juntas no es un dato menor: el amor con Julián no fue un episodio dentro de una carrera, fue la condición que la produjo.
Otro de los puntos fuertes de este tercer tomo es el tema de los terceros. El adulterio de una mujer de esa clase era una operación de logística ejecutada por terceros. Un chofer que sabía las direcciones. Una mucama que llevaba las cartas y que, en un episodio célebre, dejó una de esas cartas sobre el escritorio del marido. El teléfono, la tecnología nueva, entra al libro como instrumento erótico y como riesgo, porque del otro lado de la línea siempre había alguien más en la casa. La intimidad de Victoria Ocampo dependía de la discreción de personas a las que ella les pagaba un sueldo, y esa dependencia está escrita, aunque no esté pensada. Es uno de los pocos lugares de la obra donde su clase se le nota sin que ella la administre.
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Los editores de 2026 decidieron reemplazar por nombres completos las iniciales con que el original protegía a personas hoy públicamente identificadas. En un libro construido sobre iniciales: Victoria escribía J., y quienes contaron la historia después hablaron de “V. y J.”. La discreción tipográfica era el último resto vivo de la clandestinidad que había hecho posible la pasión: mientras la letra sola resistiera, algo del secreto seguía funcionando. Deshacer la inicial es terminar de hacer lo que la libertad ya le había hecho a ese amor. El libro que enseña que la pasión necesita el obstáculo acaba de perder el suyo.
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