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Epicuro, filósofo griego: “La riqueza que exige la naturaleza es limitada y fácil de obtener, pero la riqueza que exigen las ideas vacías es infinita”

Creador de la escuela ateniense ‘El jardín’, este pensador clasificaba los deseos según lo verdaderamente necesarios que fueran

El filósofo griego Epicuro, pintado por Agostino Scilla en el siglo XVII.
El filósofo griego Epicuro, pintado por Agostino Scilla en el siglo XVII.
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Epicuro de Samos, nacido en el siglo IV a. C., fue uno de los pensadores más influyentes de la Grecia helenística. Fundó en Atenas su famosa escuela, El Jardín, un espacio revolucionario donde acogía a mujeres y esclavos por igual, y desde donde se hizo reconocido mundialmente por desarrollar el epicureísmo, una filosofía centrada en la búsqueda de la felicidad a través de la serenidad del alma y la eliminación del miedo.

Muchos asocian a Epicuro con los placeres y el desenfreno, pero lo cierto es que el filósofo propuso un estilo de vida más bien austero y encaminado a la autosuficiencia. Como muchos otros filósofos de la época, consideraba que la verdadera riqueza no consistía en acumular bienes materiales, sino en reducir las necesidades superfluas. Por eso, en su vida cotidiana, el pensador griego practicó una sobriedad ejemplar, alimentándose de pan, agua y queso, convencido de que la paz mental se alcanza disfrutando de lo esencial en compañía de buenos amigos.

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Del mismo modo, para resumir su visión del deseo y los bienes materiales, Epicuro plasmó una recordada reflexión en sus Máximas capitales: “La riqueza que exige la naturaleza es limitada y fácil de obtener, pero la riqueza que exigen las ideas vacías se extiende hasta el infinito”. Con estas palabras, el sabio marcó una frontera clara entre las necesidades biológicas reales y las ambiciones creadas por la sociedad. Una línea que, incluso a día de hoy, sigue estando vigente.

Cubierta de las 'Obras completas' de Epicuro
Cubierta de las 'Obras completas' de Epicuro. (Cátedra)

El significado de la frase de Epicuro

El filósofo griego creó una forma muy llamativa de clasificar los deseos: naturales y necesarios, naturales no necesarios y ni naturales ni necesarios. Las necesidades básicas, como comer o abrigarse, son fáciles de satisfacer y tienen un límite claro. En cambio, los deseos nacidos de esas ideas vacías, como el afán de fama o de lujo, jamás se colman. Como diría en otra de sus recordadas sentencias: “Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco”.

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Por eso, a día de hoy deberíamos preguntarnos: ¿qué sería suficiente para nosotros? ¿Y para los demás? Nuestra sociedad, marcada por el consumo de productos y de contenido, hace que constantemente estemos adquiriendo cosas que, en realidad, no necesitamos. Del mismo modo, nuestro concepto sobre el estatus social que eleva a determinadas figuras para que nos muestren su vida y podamos compararnos con ellas no hace sino alimentar esas “ideas vacías” de las que advierte Epicuro.

Así, el mensaje del filósofo ateniense invita a comprender que los bienes indispensables para vivir bien son muy accesibles y que, en realidad, nos basta con ellos. Este conocimiento no implica reducir nada que no queramos reducir, pero sí nos libera de la ansiedad financiera y laboral que muchas veces domina nuestras vidas. Epicuro invita a entender que el exceso no añade felicidad, sino preocupaciones, y precisamente por eso resulta imprescindible conocer bien qué es realmente necesario y qué no.

El filósofo y ensayista alemán de origen surcoreano Byung-Chul Han, galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025. (Fundación Princesa de Asturias/UIMP/MOME)

Los herederos de Epicuro

Siglos más tarde, el filósofo romano Séneca, máxima figura del estoicismo, coincidió plenamente con el enfoque epicúreo sobre la abundancia. En sus Cartas a Lucilio, el pensador cordobés reflexionó sobre la falsa opulencia y dejó escrito: “No es pobre el que tiene poco, sino el que tiene muchos deseos”. De este modo, ambas escuelas compartían la certeza de que la auténtica libertad exige dominar la codicia individual, antes de que esta nos domine a nosotros.

En la época moderna, el filósofo estadounidense Henry David Thoreau llevó estas ideas a la práctica retirándose a vivir en la naturaleza. En su conocido libro Walden, fruto de varios años viviendo aislado de la sociedad en la naturaleza, condensó este principio con la siguiente reflexión: “La riqueza es la capacidad de experimentar la vida plenamente”. Reduciendo las exigencias materiales, decía el filósofo, ganábamos el tesoro más valioso de todos: el tiempo para vivir y pensar libremente.

Como vemos, son muchos los pensadores que han concebido ideas muy parecidas a las de Epicuro, recordándonos que la verdadera opulencia está más en la mente que en nuestra cuenta corriente. Una vez somos conscientes de ello, el primer paso es liberarnos de las falsas necesidades que no son, como diría el sabio de Samos, ni naturales ni realmente necesarias. Saber hacer esa distinción en nuestra vida nos ayudará a descubrir qué es verdaderamente importante para nosotros.

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