
¿Se terminó la era de la Revolución de Mayo y estamos ante una etapa menos “heroica”? ¿Donde ya dejamos de ser “hermanos frente al poderoso conquistador” y nos peleamos unos con otros porque cada cual tiene sus intereses? Esta idea incómoda rondará toda la charla con Eduardo Sacheri, uno de los novelistas más leídos de la Argentina. Pero no vamos a hablar de una novela, vamos a hablar de un libro de Historia. Siglo XIX. Separación de España y, bueno, cómo seguir.
Se sabe: antes de El secreto de sus ojos -que lo llevó a la fama, a Hollywood, al modesto star system literario- Sacheri era profesor de Historia en escuelas del conurbano, donde debe haber aprendido más de un recurso para narrar con eficacia. Lo notable es que, ya Sacheri, ya best seller, siguió dando clases. Cerca de sus alumnos. Hablando de lo que pasó, de cómo este país llegó a ser este país.
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Pero en 2022, entre El funcionamiento general del mundo y Nosotros dos en la tormenta, Sacheri publicó un libro de Historia. El primero. Se llamó Los días de la Revolución (1806-1820) y ahí ya se sabía que vendrían más. Los días de la violencia (1820-1852), se ocupó del rosismo. Ahora llega Los días de la Constitución (1852-1880). ¿Un período que nos acerca más al presente?

“Me dan más trabajo estos libros que las novelas”, contará el narrador al final. “Estás todo el tiempo con el riesgo de ponerte demasiado riguroso y eventualmente confuso para el lector, que no tiene por qué ser un especialista. O, por el otro lado, de ser demasiado cercano y simplista y no respetar la complejidad misma del proceso que estás intentando explicar.
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-¿Esta es una etapa menos conocida de la Historia? Como si la Historia que conocemos llegara hasta 1816, después algo con Rosas... y saltamos a la mitad del siglo XX. Como si se hubiera acabado la etapa heroica.
-Es cierto, se acabó la etapa heroica. También tiene que ver con esta imagen de orden que el Estado argentino intenta edificar, aunque en realidad es una época de una gran conflictividad. Hay unas rebeliones provinciales feroces, está la Guerra del Paraguay, que es un conflicto fenomenalmente importante... y sin embargo, quedan ahí como en segundo plano. Si vos mirás la Guerra del Paraguay en nomenclatura de las calles, por ejemplo, casi no aparece,sus batallas son casi desconocidas.
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-Y fue tremenda.
-Es una guerra sangrienta y terrible. El revisionismo de los años 60 y 70, el revisionismo de izquierda, le dio mucha manija a la Guerra del Paraguay como una maniobra imperialista británica. Eso caló bastante en el sentido común. Hoy en día no se la estudia así: el libro mío intenta hacerse a un lado de esa mirada un poco conspiranoica de la Guerra del Paraguay. Es una cosa horrible, pero no es una conspiración británica. Tampoco se entiende mucho la derrota final de Buenos Aires.
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-¿Cómo es eso?
-A veces me causa más escozor que gracia esta interpretación de que la Argentina es un país unitario: no lo es. Puede ser un país macrocefálico, pero no es un país unitario. Y no hay mejor ejemplo que la división final y definitiva entre la provincia de Buenos Aires y la ciudad de Buenos Aires. Mejor ejemplo de la derrota de la gran provincia del siglo XIX a manos del Estado nacional no hay. Y sin embargo, no se lo entiende de ese modo.
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-¿Que es lo más importante de esta etapa?
-Yo creo que la construcción del Estado. No solo la redacción de una Constitución sino el funcionamiento de una Constitución, un reglamento que va edificando un Estado. En 1852 tenés todavía catorce provincias sueltas. Cuando Urquiza derrota a Rosas en Caseros, tenés lo mismo que tenías el día anterior. Son catorce provincias sueltas pero, ahora sí, con una decisión de construir un Estado. En 1880 volvés a mirar y encontrás ese Estado, a nivel institucional, a nivel político, a nivel territorial. La Argentina de 1880 es como el doble de grande que la de 1852..
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-Para eso hizo falta la Conquista del Desierto...
-Y la Guerra del Paraguay, las dos, porque la Guerra del Paraguay define los límites en el norte. Y la conquista del desierto es define los límites con Chile, ni más, ni menos. Pero también se define la construcción de un espacio económico: dejás de tener un montón de espacios disgregados y, a través del tendido de ferrocarriles que se inicia en esa época, empezás a tener un mercado interno digno de ese nombre.
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-Empieza a parecer un país.
-Esto de tener un Estado nacional indiscutiblemente más fuerte que las provincias es el gran resultado de este periodo. El crecimiento económico y demográfico que viene después de 1880 en adelante se asienta en esto: hubiera sido imposible que te llegaran los millones de inmigrantes que te llegaron, que te llegaran los capitales y que la producción agropecuaria pegara el salto feroz que pega después de 1880 sin estas bases, sin construir un Estado nacional donde no lo había.
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-¿Eran necesarias la conquista del desierto y la Guerra de Paraguay?
-Cuando estudio Historia pienso en la mirada de los contemporáneos. Para ellos era necesario.
-¿Y hoy cómo lo vemos?
-Sobre la Conquista del Desierto, con ojo del siglo XXI, de tolerancia étnica, etcétera, tiene miradas muy críticas. Para la sociedad blanca -y cuando digo “sociedad blanca” no me refiero al color de piel sino a la sociedad de los colonizadores- la Conquista del desierto es imprescindible. La diferencia es el grado de apuro que tiene Alsina, que es el primer ministro de Guerra de Avellaneda, con la mirada de Roca, que lo sucede. Pero nadie se imagina un Estado aborigen al sur de la Argentina: en todo caso Alsina quiere ir de a poco y Roca dice: “¿Qué de a poco? Es ahora y es definitivo, si no nos apuramos se nos adelanta Chile”.

-¿Necesitaban esas tierras?
-La verdad es que las tierras no son las más importantes para lo que será el modelo agroexportador. Más que las tierras, se trata de suprimir la amenaza indígena sobre las tierras de Buenos Aires, del sur de Santa Fe, del sur de Córdoba, que son las más ricas. Suprimir la amenaza de los pueblos aborígenes es lo que les da garantía para el progreso económico de esas áreas más ricas.
-Y para suprimir la amenaza tenías que suprimirlos a ellos.
-Desde la mirada de la época, sí. Yo no estoy haciendo juicios morales.
-¿Esto pasaba en otros lados?
-En un punto se parece a lo que sucede en América del Norte, en los Estados Unidos. El avance final de Estados Unidos sobre los pueblos aborígenes de las Rocallosas se produce también después de la Guerra Civil estadounidense, cuando la superioridad tecnológica de los blancos se vuelve incontestable.
-El tren, los fusiles...
-La campaña del desierto se hace con fusiles Remington, telégrafos y ferrocarriles. Si no lo hicieron en 1820 no es porque no quisieran, es porque no podían. Entonces, no es que los hombres de 1870 son moralmente más reprochables que los de 1820. Solo los de 1870 tienen cómo hacerlo. La superioridad tecnológica también va de la mano de un Estado sólido, porque se aprueba una ley en el Congreso, se consiguen los fondos y se suscriben los bonos. La Campaña del Desierto se financia a través de un Estado moderno que aprueba la ley, emite los bonos, los particulares compran los bonos y con esa plata se hace la campaña.

-Así, los que compraron bonos se fueron reservando tierras para cuando ganaran...
-Es un choque de mundos, los mundos más tradicionales con mundos más modernos, es algo que en esa época está pasando en todo el mundo. Y yo in-insisto con esto, cuando estudio historia explico, no juzgo.
-¿Hay una revalorización de lo europeo, después de haberse distanciado, de ser más americanistas, en el momento de la Revolución?
-Ya desde la época anterior: en la época revolucionaria tenés una mirada a, a Europa fuerte que tiene que ver con los valores de la Revolución Francesa, del iluminismo, de la libertad. T, también, del mercado británico. Sobre todo, por oposición a lo español, que se veía como arcaico, religioso, ultraconservador, atrasado. En algunas lecturas ven a Rosas como una reivindicación de lo hispánico.
-Hacés mucho hincapié en que, cuando se da la unión, es una verdadera federación, con lazos fuertes, y no una confederación de estados independientes.
-Es el gran cambio que se da después de 1852. Si vos leés la Constitución de Argentina, es una constitución federal, no es la Confederación Suiza, con autonomía de lo cantones... En la etapa de Rosas era una confederación donde son casi países independientes. Pero en ese modelo si hay uno uno mucho más poderoso que los otros, en la práctica ese maneja las cosas a su antojo. Qué es lo que pasa con la Buenos Aires de Rosas.
-Tenés un capítulo titulado “No hay nada más difícil que vivir sin tí”, porque las provincias no pueden vivir sin Buenos Aires. Y, sin embargo, el Estado se forma cuando Urquiza derrota a Buenos Aires.
-Urquiza tiene la fuerza como para derrotar a Buenos Aires, pero no para impedirle recuperarse. Fijate: la derrota es en febrero de 1852 y, sin embargo, en septiembre del mismo año, ya Buenos Aires puede hacer una revolución y decir: “¿Saben qué? Sigan su vida, nosotros nos separamos”. Y Urquiza podrá patalear, podrá intentar ponerle sitio a Buenos Aires, podrá bloquearle el puerto, pero fracasa. Van a pasar nueve años donde Urquiza hará lo que pueda con esta Argentina naciente de trece provincias y Buenos Aires va a seguir en la suya. Y a Buenos Aires le va a ir mucho mejor que a las trece provincias de la Confederación urquicista. En Cepeda, en 1859, Urquiza va a volver a derrotar a Buenos Aires y tampoco la va a doblegar. O sea, Urquiza, después de dos victorias, llega a la terrible conclusión de que la puede derrotar militarmente en el corto plazo, pero en el largo plazo no tiene manera de construir ese estado con el que él sueña sin Buenos Aires.
-Como decía Alberdi: la fuerza de las cosas.
-Por eso en la batalla de Pavón, que es dos años después, no sabés si Urquiza fue a fondo o no. Que es muy lógico, porque ¿qué va a pasar si arriesga la caballería y gana? Nueva victoria, nuevo tratado donde Buenos Aires se compromete vaya a saber a qué, y un año después los porteños van a estar haciendo lo que quieran de nuevo.

-En el libro hablás mucho de Urquiza. ¿Está subvalorado ?
-Me parece que Urquiza es un tipo que tiene muy claro su proyecto de un país unificado en el que Buenos Aires es necesaria. Lo que pasa que eso lo pone en un lugar incomodísimo el resto de su vida, porque dirigentes del interior le reclamarán una vez y otra vez que se ponga al frente de oponerse a Buenos Aires. Y por el otro lado, desde Buenos Aires lo seguirán odiando porque lo ven como un conquistador que los derrotó dos veces. Finalmente, el proyecto de Urquiza tiene éxito, pero ya sin Urquiza y Urquiza no lo va a ver.
-¿Cómo es eso?
-En algún momento, el Estado nacional, alimentado con los recursos de Buenos Aires, va a derrotar a Buenos Aires. Pero eso va a ser en 1880, cuando Urquiza lleva diez años muerto. Eso también tiene que ver con cómo los porteños reinventan su pasado, como si en Caseros hubiera sido Buenos Aires la que se liberase de Rosas, cuando en realidad es una victoria del litoral, de Entre Ríos y Corrientes sobre todo, sobre Rosas. La gran derrotada es la provincia de Buenos Aires. Esto tal vez tenga que ver con eso ese lugar incómodo u opaco de Urquiza.
-Cuando hablás de la Constitucion, contás que estaban preocupados por atenuar “el peligro democrático”.
-Ese es Alberdi, que le tiene miedo a lo que fue el apoyo plebeyo a Rosas. Ponete en la cabeza de esos tipos: ellos saben que el poder que tenía Rosas en Buenos Aires era enorme, con sustento popular. Entonces, al momento de imaginar un sistema republicano, dicen: “¿Cómo hacemos para que la plebe no pueda legitimar un dictador?”
-“La miseria se vende”, decia Alberdi.
-Por esta preocupación hacen que ni el presidente ni lo senadores sean elegidos por voto directo. Son dos reaseguros claves que busca el sistema alberdiano. Un pequeño grupo en cada provincia se va a reunir y va a votar al que a ellos les parezca. Los electors del siglo XIX son autónomos, mejor dicho, dependen de los gobernadores. Son los gobernadores los que le dicen: “Muchachos, ustedes votan a Fulano para presidente y a Mengano para vice”.
-¿Ese miedo al pueblo sigue durante toda la Historia? Pienso en el “riesgo kuka”...
-Desde mi periferia habitual en temas de banderías políticas, me da la sensación de que el gobierno actual siente que está reorientando estructuralmente la economía argentina y que si volviese el kirchnerismo demolería esa reorientación estructural. Como suele pasar en distintos regímenes argentinos, se sienten fundando algo. El kirchnerismo hizo lo mismo. Todos dicen: “estamos haciendo una verdadera revolución, no nos interrumpan, porque si nosotros somos desalojados del gobierno, la base de esta estructura la van a demoler”. Pero, claro, en un país donde votamos cada dos años el, el reaseguro republicano es alto, el poder siempre es muy frágil para quien lo detenta.
-Hablás de una disputa por los impuestos que también me hizo pensar en el presente: si hay una quita para los productores, lo va a pagar otro sector, de algún lado tiene que salir la plata.
-En ese momento, el gran impuesto es el de Aduana: llega el barco, le cobrás impuestos, sale el barco, le cobrás impuestos. Es más simple. El gran problema de ese impuesto es que depende mucho qué te pase con el comercio exterior. Como en ese momento la Argentina arranca un periodo expansivo de exportaciones y de importaciones, ahí el Estado argentino va a tener una fuente de ingresos que en principio se va a ir agrandando. Una segunda fuente que no hay que olvidar es la emisión de moneda. En esa época el Banco Provincia es mucho más fuerte que los intentos de bancos nacionales que se van haciendo. Y el papel moneda del Banco Provincia se acepta, mientras que el papel moneda de otros bancos, no. Pensá que no hay una sola fuente de emisión de moneda, cada banco emite. Por ejemplo, nadie quiere la moneda que emite Urquiza. Aun en el interior quieren la moneda que se emite en Buenos Aires.

-Que tiene los ingresos del puerto..
-El riesgo es que en períodos donde bajan los ingresos de Aduana, emiten de más, y eso tiene una consecuencia inflacionaria. Pero el privado tiende a bancarse más la inflación que el impuesto con su nombre. Recién en 1890, cuando hay una crisis feroz, la cosa se acomoda por unas cuantas décadas y se las ingenian bien con los impuestos de Aduana y con empréstitos, que es otra manera de financiarse. Porque nosotros tenemos la idea de que es malo endeudarse, pero hay un mundo, que para nosotros es desconocido, donde pedís un préstamo a tasa razonable, lo pagás y eso te permitió crecer.
-Milei ha dicho: “volvamos sobre los pasos de Alberdi”, entones uno se pregunta si ese modelo sirve todavía.
-Yo les veo un parentesco. Una gran discusión que atraviesa todo el siglo XX argentino es si la manera mejor de crecer es con un modelo abierto o cerrado al mundo. En pleno siglo XXI, el modelo del kirchnerismo fue muy cerrado. Milei claramente está en la vereda de enfrente y, en ese sentido, se parece a estos fundadores del siglo XIX, porque es verdad que, con sus diferencias, Alberdi, Sarmiento, todos están de acuerdo. Pueden odiarse entre ellos a nivel personal, pero están de acuerdo en que la Argentina va a crecer vendiéndole alimentos y lana al mundo y trayendo capitales, mano de obra e inmigrantes. Y hasta más o menos 1930 eso funciona, con una gran crisis en 1890 y otra gran crisis en la Primera Guerra Mundial.
-¿Y después qué pasó?
-Como es un modelo que depende mucho de la prosperidad de tus clientes, a partir del 30 cambia completamente el enfoque. Argentina se vuelve un país que confía no solo en el desarrollo industrial, sino en cerrar su economía. Y eso es así hasta prácticamente ahora. Entonces, este gobierno te dice: “Todo lo hecho desde 1930 en adelante ha sido un desastre. Entonces, hay que retomar aquello”.
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