
Un nuevo libro de Jorge Consiglio ha llegado a las librerías. Se trata de Campo visual, editado por Eterna Cadencia. Se trata de un volumen reúne nueve cuentos escritos con la paciencia y la precisión de un viejo orfebre que conoce bien aquello de lo que están hechas las cosas, las personas y también las palabras.
Jorge Consiglio nació en Buenos Aires en 1962. Es Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y una de las voces más sólidas de la literatura contemporánea en español. Trabaja dictando talleres de escritura y como profesor de literatura. Publicó novelas, cuentos, poesías. Ente sus obras principales están Hospital Posadas (2015), Tres monedas (2018) y Sodio (2021).
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El jueves 4 de junio a las 19 horas Campo visual se presenta en la Librería Eterna Cadencia, ubicada en el barrio porteño de Palermo. Acompañan al autor Liliana Herrero, Santiago Craig y Luciana Consiglio. La actividad abierta y gratuita. A continuación, un cuento del libro.

Un día en la vida
“Ahora sé, sin duda, la mitad de la verdad,
y eso es más de lo que ellos reconocen”
Abel Ferrara
El viernes 26 de abril de 1985, Ray Baeza despertó con su propio grito. Estaba en cama ajena. La mujer que dormía junto a él se sobresaltó. Baeza, desorientado, demoró unos segundos en ubicarse; ni bien lo consiguió le pidió que se calmara. Tuve un mal sueño, le dijo.
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Se habían conocido la noche anterior en Las Palmas, una pizzería de Lanús, a propósito de un error del mozo: confundió los pedidos. Tanto Baeza, que acababa de cumplir 28 años, como ella, Amanda Cruz, un poco mayor que él, guardaban la esperanza de hallar compañía genuina. Por eso vislumbraron en ese accidente un verdadero encuentro.
De Las Palmas salieron pasadas las 23. Caminaron un rato y entraron a una confitería. Imaginaron que tenían poco para decirse, pero la charla duró horas. Como querían verse espontáneos, tomaron más de la cuenta. Salieron a la calle, mareados, en plena madrugada. El alumbrado público les pareció escaso —una luz amarillenta colgaba de un cruce de cables— y el clima, caluroso para la época. Se detuvieron frente a la vidriera de un negocio. El anuncio de una licuadora les provocó gracia. Se rieron a carcajadas y sin querer se rozaron las manos. Enseguida, sus cabezas se acercaron —como atraídas por un electroimán— y se dieron un largo beso. Los dos lo venían ansiando. La intimidad de los cuerpos, previsiblemente, los animó, y a partir de ese momento actuaron con seguridad: juntos, se tomaron un remís hasta Lomas. Amanda alquilaba un terreno sobre la calle Ottawa. En el fondo había una casa amplia con techo a dos aguas de fibrocemento.
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Con la pesadilla encima, Baeza se levantó de la cama y entró al baño. Amanda se acomodó el pelo con las manos. Después preparó mate. Estuvieron en silencio hasta que ella le preguntó por su estado de ánimo. Baeza respondió una vaguedad. En sus rasgos, sobre todo en la región nasal, conservaba algo infantil. Hacía un par de años había entrado como bombero en el cuartel de la calle Ameghino, en Avellaneda.
Esa mañana, como los dos estaban libres —Amanda llevaba un tiempo desocupada—, se manejaron con calma. A las 13 Baeza tomó un colectivo en la avenida. Tenía que pasar por la casa de su madre a revisar una pérdida de agua. Su ocupación, en realidad, era la plomería. Tenía una habilidad natural para esos asuntos y, en cierta medida, sentía lo mismo con su condición de bombero, eran dos aspectos de una sola cosa. Él los llamaba oficios complementarios.
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Ese mismo día, pasadas las 21, Baeza visitó el cuartel de la calle Ameghino. Estaba de buen ánimo y decidió saludar a la guardia. Por lo general, quedaban apostados dos efectivos, pero ese viernes había cuatro. Por aquellos años, el grupo era unido y usaban la sede como punto de encuentro. Hablaron generalidades hasta que a las 22.30 recibieron un llamado.
En el barrio de Saavedra —Republiquetas entre Estomba y Rómulo Naón— se había desatado un incendio en una clínica psiquiátrica. No les correspondía por la zona, pero las dotaciones presentes no daban abasto. Se acomodaron en el camión y salieron. Sabían manejar el caos, pero esa vez todo fue distinto: un marcado nerviosismo alteraba los diálogos. Todos lo notaron. Sin embargo no lo tomaron en serio o, mejor, lo dieron por sentado, como se da por sentado el aire o la frecuencia cardíaca. Cruzaron la ciudad en un suspiro. A pesar de que era viernes, el tráfico estaba liviano. Por la información que les había llegado sabían que la situación era grave, pero nunca imaginaron el pandemonio que los esperaba.
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Las otras dotaciones trabajaban con mangueras de alta presión y escaleras hidráulicas. El incendio era incontrolable. Se había iniciado en el tercer piso y la propagación había sido inmediata. Varios factores ayudaron para que creciera la catástrofe: algunos pacientes estaban sedados; otros, encerrados en sus habitaciones; unos pocos —los incontrolables, según informaron— atados a sus camas. Antes de la medianoche, dos internos se tiraron de la terraza. Media hora más tarde, una enfermera atravesó una ventana envuelta en un colchón. Los tres murieron en el acto.
A la una, los bomberos entraron al lugar. Un escape de gas avivó el incendio y retrocedieron. Baeza quedó entre dos cortinas de fuego. No murió quemado, como era de esperar, sino que una viga le partió el cráneo. Los rescatistas encontraron su cuerpo al amanecer. Además de esta baja, el panorama fue desolador: 78 muertos, más de 150 heridos. Las acusaciones fueron cruzadas y no se hicieron esperar. La causa siguió abierta por décadas.
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Cuando Amanda Cruz se enteró de la desgracia, se desmayó. Nueve meses más tarde, dio a luz un varón, fruto de su único encuentro con Baeza. Lo anotó con su apellido y lo llamó Anselmo. Había sido el nombre de su abuelo más querido.
Amanda entró como overloquista en una textil. Trabajó seis felices años en la fábrica, pero de pronto la empresa se retrajo. Su jefe, un hombre de sinceros ojos claros, le notificó la desvinculación. Ella lo miró como si no entendiera el idioma. Cobró lo suyo y se fue sin protestar. La lógica del mundo había dispuesto que cayera de rodillas. Se podría haber salvado, pero le tocó la adversidad. En una existencia inestable, la intuición era el único estímulo. Amanda procuró seguirlo constantemente. Buscó trabajo. A pesar de que bajó sus pretensiones, no tuvo suerte. La situación desesperante la obligó a tomar una decisión rotunda. Me separo de Anselmo, pensó. Con ese acto cumplía dos objetivos: preservaba a su hijo de la miseria y se castigaba por el fracaso.
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Entregó el chico a su hermano, peón de campo. El hombre se lo llevó sin decir una palabra. Tenía puesta una boina vasca gastada por el sol y una bombacha bataraza. Anselmo lloró durante el viaje. También en la estancia.
Pero antes de morir de pena, algo cambió en él. En adelante, porfiado como un buey, se aferró a la vida. Su tío, que lo quiso como a un hijo, le sirvió de modelo.
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A los 19 años, Anselmo arreaba ganado, desmalezaba y cambiaba alambrados. La llanura, con su monotonía, fue clave en su formación. Se sabía inteligente y respetuoso de las normas. Por eso —al margen de palabras y entendimiento— interpretó que los recuerdos de infancia eran veneno para su alma. Para él, la madre despiadada y la ciudad eran la misma cosa. De hecho, moriría sin haber conocido el obelisco ni las luces del centro.
En 2005, integró una partida que llevó un rebaño de Hereford a un remate de hacienda. No había estado nunca en una circunstancia así. Lo entusiasmó la posibilidad de ir pero en el camino, receloso por naturaleza, se volvió huraño. Llegaron a lo de Francisco Xavier Acevedo entrada la mañana. Acomodaron las reses en un corral. Después se sentaron a matear. Frente a ellos desfiló el mundo: gauchos, productores de bota corta, empleados de frigoríficos. La subasta era un espectáculo. Se notaba hasta en la forma de montar.
La venta duró dos largos días. En el primero, un ternero destrozó una tranquera. No había manera de pararlo. La reacción de Anselmo fue inmediata. Lo golpeó con un fierro. El animal, lejos de calmarse, lo embistió con furia. Anselmo quedó despatarrado en el corral, cubierto de bosta. Gente del sur maneó al novillo y el asunto no pasó a mayores, pero el peón se sintió ultrajado. Algo en su ánimo se rompió. Luego de un momento de confusión, se liberó su verdadero carácter.
En el cierre del remate, hubo fiesta. Un gaucho de Pergamino se emborrachó y se puso peleador. Trajo a cuento el episodio del ternero y largó una risotada. Anselmo se le fue encima, pero sus compañeros, siempre atentos, intervinieron. Hubo gritos, se revolearon botellas. Nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte, dijeron para descomprimir.
La noche siguió con asado. Las guitarreadas borraron el mal momento, pero al rato, el provocador insistió. La escena fue junto a un fogón. Todos estaban cansados. O bebidos. O con ganas de que el tipo escarmentara. Nadie se interpuso al ataque de Anselmo, que estiró el brazo derecho y lo retrajo. Repitió tres veces el movimiento. En la mano tenía un cuchillito dentado. Cuando el cuerpo del pergaminense estuvo en el piso, reculó. Después se trepó a un tordillo y escapó a la carrera.
Al día siguiente, la policía lo encontró en un fachinal. Se acercaron en silencio, pero los delató el grito de un chajá. Anselmo, entonces, se arrancó la ropa: quedó desnudo como un cristo. Quería demostrar que pelearía sin trucos. Lo apuntaron con escopetas y le dieron la voz de alto, pero su locura pudo más. Lo hirieron en el hombro, en el antebrazo y en la palma de una mano. Desvanecido, lo tiraron en la caja de una camioneta.
La primera parte de su condena la purgó en la U. 24; la segunda, en Sierra Chica. Salió y era otro. Más callado, casi mudo.
En el campo, lo recibieron con cariño. Su tío le dio un abrazo interminable. Le dijo que ahora cumpliría otras tareas, sería puestero. Anselmo agradeció y se acomodó en un límite de la estancia. La llanura, y no la cárcel, terminó por asentarlo. Su cuerpo se volvió grueso; su andar, lento y su mirada, remota.
En un baile, al que fue porque le insistieron, conoció a una mujer. Al rato estaban juntos. Después de un año tuvieron un hijo. En esa época, imaginó que había corregido el pasado, y sin poder explicárselo entendió que vivía en un presente perpetuo. Se juzgó feliz, aunque no lo era en absoluto: un día del porvenir cifraba su identidad y este hecho anidaba en su ánimo. No tenía idea de lo que le esperaba, pero sospechaba que su destino tendría un vuelco. De hecho, a partir de aquel momento, todas sus decisiones lo conducirían a ese momento.
Lo primero que hizo fue acercarse a la comisaría. Tomaba mate y jugaba a las cartas. Aunque resulte disparatado, su condición de expresidiario lo hermanaba con los subalternos. La gente le decía sargento, y él, con un sobreactuado gesto de suficiencia, decía que sí con la cabeza.
A comienzos de diciembre, cierto decreto provincial dio lugar a un organismo, vago en empleo y jurisdicciones, llamado policía rural. Anselmo Cruz fue de los primeros miembros. Su desempeño en dos procedimientos lo destacó entre todos: un abigeato que terminó a los tiros y una usurpación de campos. En ambos casos, se portó como un valiente. Lo reconocieron compañeros, vecinos y jefes. Él se limitaba a cumplir con su deber. Seguía igual de callado y con las mismas costumbres.
Una mañana recibió una orden extraña, debía acompañar a la policía local. Perseguían a un tal Gauna, que debía dos muertes, la de un peón y la de un hacendado pampeano. Lo habían sorprendido en un control vehicular y se había dado a la fuga. Ahora estaba en un campo cerca de Buenos Aires. Acorralado.
Cuando llegó Anselmo, había tanta gente en el lugar —la cantidad de efectivos era un despropósito— que Gauna aprovechó la confusión. Robó las llaves de un Fiat y, con toda discreción, atravesó el cerco policial. Anselmo, que fumaba a la sombra de un paraíso, vio la escena. Sin dar cuenta a nadie, empezó la persecución. En el trayecto vio galpones, extensos campos sembrados y una estación de servicio modernísima. Tardó menos de una hora en llegar a la ciudad.
En Saavedra, precisamente en un semáforo de Avenida del Tejar, interpeló a Gauna y fue repelido a balazos. Anselmo informó la situación por radio. A los veinte minutos el prófugo estaba otra vez cercado, ahora en un cobertizo de la calle Estomba. A metros de allí, Ray Baeza, el padre de Anselmo, había perdido la vida en el incendio. El reflejo de esa tragedia pesó en sus decisiones.
Los contendientes dosificaban la violencia. La batalla era solo tiempo. Anselmo, siempre atento a las oportunidades, aprovechó un descuido y se filtró en el refugio de Gauna. Lo acompañaban dos hombres. El interior del galpón estaba oscuro, pero dieron enseguida con el criminal. El tiroteo fue confuso y los agentes cayeron malheridos o muertos.
Al cabo de un rato quedaron solo los protagonistas. En ese momento, cuando parecía que todo estaba perdido, Anselmo, que desde hacía tiempo se encaminaba hacia aquella escena, creyó entender quién era de verdad. Entonces, tomó aire y dio dos pasos atrás, como si alguien, distinto al hombre que tenía frente a sí y al que apenas conocía, lo hubiera intimidado. Se dijo que cada destino es firme y personal, y que no hay forma posible de esquivar el propio.
Acto seguido, se arrancó las charreteras y la insignia y lanzó un terrible grito de guerra, algo inhumano que le costó reconocer como propio. Después, volvió a tomar aire y clavó sus ojos en Gauna. Sin decirse una palabra, treparon por una escalera de metal. La idea de los dos, jamás formulada, era aguantar, juntos y a pie firme, el acto que la fatalidad les tenía reservado.
*Jorge Consiglio presenta Campo visual el jueves 4 de junio a las 19 en la Librería Eterna Cadencia (Honduras 5582, CABA)
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