Mo Yan, el premio Nobel que se enamoró de la Feria del Libro: “He llegado tarde, voy a tener que volver”

En sus apariciones públicas, el autor chino que llegó por primera vez a Buenos Aires habló de fútbol, tango y por supuesto, de literatura. “Las historias se parecen, lo que cambia son las maneras de contarlas”, dijo

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Mo Yan - Feria del Libro
El premio Nobel de Literatura Mo Yan participó como invitado principal en la 50ª Feria del Libro de Buenos Aires

Mo Yan vivió intensamente la “experiencia Buenos Aires” durante cinco días. Como relevante invitado internacional de la 50ª Feria del Libro de Buenos Aires que terminó este lunes, el escritor chino premio Nobel de Literatura tuvo varias apariciones públicas: el viernes 8 en el Salón Dorado del Teatro Colón cuando fue nombrado “huésped de honor de la ciudad de Buenos Aires”, el sábado 9 en una conferencia de prensa y luego en un diálogo con Alejandro Vaccaro y Ezequiel Martínez, y finalmente, el lunes 11 cuando participó del festejo de cierre de la feria. Esa noche, tomó la palabra y dijo que había quedado maravillado con la danza del tango, con la carne argentina y también, con la Feria del Libro.

El sábado 9, en la sala de prensa, Mo Yan se sentó frente a un grupo de periodistas y se dispuso a hacer lo que hace desde hace cuarenta años: contar historias filtradas por un intérprete. Habló en mandarín, esperó, observó cómo el chino se volvía español en una boca ajena, y volvió a hablar. El Premio Nobel de Literatura 2012 -el primer escritor chino con residencia en aquel país en recibirlo- ha vivido toda su carrera internacional en esa interfaz, y en algún momento de la conferencia confesó que la considera “un trabajo creativo” de pleno derecho, no una mera operación técnica. Lo dijo casi al pasar, pero quedó ahí como una de esas frases que reordenan retroactivamente todo lo anterior.

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Empezó, eso sí, con un equívoco que él mismo prefirió resolver. Una periodista le preguntó por su cercanía con un cronista chino al que admira desde la infancia, alguien que escribió sobre el pueblo donde Mo Yan se crió, en Gaomi, a unos doscientos kilómetros de su casa actual. Y respondió como quien repasa una deuda. Empezó a leerlo a los diez años, dijo, sin entender gran cosa; recién a los veinte algo se ordenó, y lo que se ordenó fue el reconocimiento: aquellas historias eran las mismas que él había escuchado de los ancianos de su pueblo. “En ese sentido me identifico con él, porque también yo cuento la historia de la gente común”, dijo. Pero -y este es el gesto que Mo Yan repitió toda la tarde- no quiso que la identificación se confundiera con el calco.

Mo Yan - Feria del Libro
El escritor chino Mo Yan ofreció diversas conferencias públicas, donde elogió la cultura argentina y la Feria del Libro de Buenos Aires

Las historias se parecen entre escritores; lo que cambia, dijo, son las maneras de contar. Y de inmediato, casi como si necesitara fijar la distancia, recordó que la Academia Sueca lo había clasificado como cultor de un “realismo alucinatorio”, no del “realismo mágico” de García Márquez. “La forma de contar es diferente a la de García Márquez”, aclaró. Lo dijo con la cordialidad de quien ya ha contestado mil veces la misma pregunta y aun así no quiere ser injusto con ninguno de los dos términos. La conversación derivó pronto hacia la traducción, que para un autor cuya obra fue trasladada a más de cincuenta idiomas es un tema cotidiano. Le preguntaron si sentía que el español le devolvía libertad o le robaba secretos. Respondió con una frase que probablemente lleve años puliendo: “la traducción es siempre un trabajo de creación, no de transferencia”. Y agregó que lo que se traduce no es la lengua, sino la sociedad, la historia, la vida y la costumbre que están detrás de la lengua.

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El buen traductor, según Mo Yan, conoce esos códigos culturales antes de tocar una palabra. Sobre la irrupción de la inteligencia artificial en el oficio fue prudente y, por momentos, deliberadamente vago. Sus amigos traductores ya la usan, dijo. Puede sustituir buena parte del trabajo técnico. Pero en una obra literaria el traductor todavía debe buscar por sí mismo las equivalencias para los fondos culturales del idioma original. La frase, en boca de un Nobel, sonaba a concesión más que a defensa.

Cuando le preguntaron por el peso político y social de los escritores en China, Mo Yan recurrió a la respuesta que dio en el banquete de Estocolmo y que ya forma parte de su autodefensa pública. La literatura, dijo, se diferencia de las ciencias naturales en que no tiene aplicaciones. La frase, dicha así, sin énfasis, es de una rareza considerable: viene del país donde la literatura se ha entendido durante siglos como vehículo moral, donde la tradición exigía a la palabra escrita una utilidad pedagógica explícita, y donde el Estado contemporáneo no ha abandonado del todo esa expectativa. Mo Yan la pronunció en una sala porteña, frente a periodistas latinoamericanos, y la coronó con un elogio al boom: los autores latinoamericanos, dijo, supieron tratar lo social y lo político porque escribieron sobre seres humanos, sobre destinos y emociones, no sobre teorías. Esa, sostuvo, sigue siendo la lección que los escritores chinos jóvenes están procesando.

Mo Yan - Teatro Colón
El viernes 8 en el Teatro Colón, Mo Yan fue declarado "huésped de honor de Buenos Aires": aquí saluda a Christian Rainone, presidente de la Fundación El Libro

Fue entonces cuando una periodista quiso saber si había encontrado barreras al escribir, si había sentido alguna intimidación, si había decidido no contar algo. Negó con calma: nadie le había dicho nunca qué no podía escribir. Sí había recibido sugerencias de editores -cambiar la forma de una escena para ganar claridad, exactitud, belleza-, pero no censuras. Y dejó caer la frase que la sala había estado esperando: “Para un gran escritor no debe haber zona prohibida en su escritura”. Lo dijo sin redoble, casi como una nota al margen. La pregunta siguiente intentó empujarlo un grado más: ¿escribe pensando que sus novelas circulan de un modo en Occidente y de otro en China, como testimonio político allá y como artefacto literario aquí? Replicó con una elegancia que era también una clausura: “Cuando una obra literaria está publicada, prácticamente la misión del autor queda completa. Cómo interpretarla es asunto del lector, no del autor”.

Mo Yan parecía cómodo en esa clase de finales secos. Quizá lo más revelador, sin embargo, vino cuando lo invitaron a hablar de su biblioteca argentina. Recordó que en los años ochenta, durante el boom literario chino, leyó Autopista del sur de Cortázar; leyó los cuentos de Borges. De ambos no le quedó una escena ni un detalle concreto: sí, una manera de narrar, una posibilidad nueva. Después llegaron García Márquez, Juan Rulfo, otros. Y aquí Mo Yan ofreció lo que probablemente sea la mejor anécdota literaria del oficio reciente: cuando García Márquez leyó por primera vez a Kafka, dijo “caramba, se puede escribir una novela así”. Y los escritores chinos de su generación, al leer a García Márquez, a Borges, a Rulfo, sintieron exactamente lo mismo.

“Cojonudo”, fue la palabra que Mo Yan eligió usar, y que el intérprete dejó pasar tal cual. Una palabra que en boca de un Nobel chino, en una sala argentina, traducida desde el mandarín, debería ser uno de los pequeños milagros del idioma. Pero, agregó enseguida, pronto se dieron cuenta de que imitar no producía nada. Lo que había que aprender era el espíritu de innovación, no las técnicas. Y volver, después, a la propia cultura, a la propia historia, a la vida del propio pueblo. Sin esa vuelta no había estilo. Sin estilo no había literatura nacional.

Mo Yan - Feria del Libro
Mo Yan reflexionó sobre la influencia de autores latinoamericanos como García Márquez, Borges y Rulfo en la literatura china contemporánea

Sobre la inteligencia artificial y la creación volvió a ser cauto, pero más firme que con la traducción. La IA, dijo, aprende, y sigue obteniendo resultados notables. Pero su aprendizaje se nutre de lo que los escritores siguen escribiendo. Si los escritores del mundo dejaran de crear, la IA no podría avanzar. La fórmula tenía algo de circular y algo de orgulloso, y dejó la sala momentáneamente en silencio. Después, sin transición, le preguntaron por la China que se transforma vertiginosamente. Reconoció los cambios materiales -ciudades nuevas, riqueza nueva, miradas más abiertas, turistas chinos por el mundo- y los relegó a un segundo plano. Lo importante, dijo, es lo que cambia detrás de eso: el interior del ser humano, su alma, sus emociones. “Relatar todo esto debe ser la misión permanente de un escritor”.

Hacia el final, las preguntas se volvieron domésticas. ¿Qué se llevaba de Argentina? Había leído literatura y además había visto partidos de la Selección y de varios equipos argentinos, pero los dos días en el país le habían añadido un descubrimiento imprevisto: la gastronomía. La carne, los mariscos. Dijo, con una sonrisa que el intérprete tradujo en su propia sonrisa, que había llegado tarde. Que tenía que volver.

Una pregunta sobre Rana lo llevó a hablar de forma. Por qué eligió la estructura epistolar para narrar la política china del hijo único. Contó que había empezado con una composición más teatral, espectadores observando una escena, y a las cien páginas se dio cuenta de que era demasiado complicado. Abandonó el manuscrito y volvió a empezar. La carta le resultó la forma más directa para contar lo que quería contar. Sobre los personajes femeninos que dominan sus libros, la abuela de Sorgo rojo, la madre de Grandes pechos, amplias caderas, la tía partera de Rana, fue más enfático. Esas mujeres, dijo, sobrevivieron las grandes transformaciones de China sin dejar de pelear. Son sus heroínas. “Quizá sea porque me considero feminista. Siempre creo que las mujeres son más grandes que los hombres”, dijo. Y agregó finalmente: “creo que las mujeres construyen y los hombres destruyen”.

Después se levantó, agradeció en mandarín y la sala se vació despacio, como si nadie quisiera ser el primero en romper el silencio que dejó esa última frase.

[Fotos: Fundación El Libro]

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