
26 de febrero de 2015 es una fecha que ha quedado inmortalizada en los anales de internet. Ese día se desató un debate digital después de que un artículo de BuzzFeed pidiera a la gente decidir si un vestido era blanco y dorado o, más bien, negro y azul, dividiendo al mundo online en bandos enfrentados. También fue el día en que dos llamas se escaparon de sus cuidadores en Arizona, lo que provocó una persecución policial televisada.
Y es aquí donde Megan Garber inicia su nuevo libro, Screen People. Ese día, escribe, “parecía anunciar una era de cada vez más fracturas y cada vez menos diversión”, mientras todos “nos volvíamos más enojados, ruidosos, solitarios y cansados”.
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No han faltado análisis —tanto en tinta líquida como digital— sobre el 26 de febrero a lo largo de los años siguientes. (Como reportera que cubría la cultura de internet en ese período, confieso haber contribuido con lo mío). Y este punto de partida deja claro desde el principio a quién va dirigido este libro: si te consideras extremadamente conectado y ya vienes reflexionando sobre cómo nuestras vidas han sido modificadas por el poder de los intermediarios digitales, gran parte de “Screen People” te resultará familiar.

En cambio, para quienes están menos conectados, las reflexiones de Garber sobre el panóptico pixelado y su capacidad de impactar todo, desde vidas individuales hasta elecciones presidenciales, ofrecen una introducción rigurosa, aunque a veces dispersa. (La autora es escritora en The Atlantic, y “Screen People” en ocasiones se lee como una colección de ensayos recargados).
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El argumento central de Garber es que el lenguaje y el espíritu del entretenimiento tradicional, gracias al estudio de Hollywood personal contenido en el teléfono móvil, se han filtrado en todos los aspectos de la vida. Ninguna acción o experiencia parece poder evitar ser, como mínimo, percibida y, como máximo, percibida y luego transmitida al mundo.
Describe cómo ahora ocurren “minidramas” casi a diario en espacios públicos, desde aviones hasta pasillos escolares. Buscamos la “energía de personaje principal”, con fiestas de revelación de género y videos de bodas diseñados no para la posteridad ni la nostalgia, sino para la viralidad instantánea y la oportunidad de alcanzar la fama. Invitar a alguien al baile de graduación se ha convertido en un género cinematográfico propio. Hacerlo para Instagram, escribe Garber, ha dado paso a simplemente “vivir para Instagram”.
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“En nuestras pantallas, somos tanto actores como público, tanto productores como extras, a veces las estrellas y a veces solo el decorado”, escribe Garber.

Garber cita tanto a Charles Darwin como a ChatGPT para explicar cómo nos hemos sentido tan cómodos convirtiéndonos en “contenido”, una palabra que describe como “ideada para situarse entre la noticia y el entretenimiento”, aunque en realidad el contenido “se difumina y mezcla” y desafía las categorías fáciles, una “designación que declina designar casi cualquier cosa”. Garber ofrece un análisis agudo sobre cómo se superponen los hechos y la ficción en nuestras pantallas, creando un mundo que, aunque real, no es necesariamente la realidad.
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Cada capítulo se divide en categorías cercanas al entretenimiento, como “Los guiones” y “Las estrellas”. En “Los giros”, Garber aborda la reciente llegada de la inteligencia artificial a la vida cotidiana. Ese capítulo —el último— resalta especialmente, al reflexionar sobre una tecnología incipiente que otorga “permiso tácito para tratar a otras personas como imágenes; manipulables, dóciles, prescindibles”.
El libro alcanza su punto más fuerte cuando Garber se vuelve muy específica, confrontando al lector con el hecho de que el poder de la pantalla ha alcanzado todas las áreas de la vida. Escribir, señala, se ha convertido en un acto observable, con pequeños puntos pulsantes en la pantalla del teléfono mientras intentas descifrar el pensamiento del interlocutor. Y el simple hecho de hacer pedidos online, una experiencia sin rostro separada de la persona encargada de preparar tu compra, ha dado paso a la tendencia de pedir bebidas en Starbucks increíblemente complejas, que luego se comparten digitalmente tanto por consumidores como por empleados.
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Aunque “Screen People” está lleno de referencias tanto actuales como históricas, desde P.T. Barnum hasta Susan Sontag y Taylor Swift, tras algunos capítulos, el lector puede notar la ausencia de un hilo narrativo claro. Para un libro sobre cómo todos nos hemos convertido en personajes, a “Screen People” le faltan precisamente personajes.
En las páginas finales, Garber vuelve al 26 de febrero de 2015, un “gran día en internet” que marcaría el tono de nuestro futuro mediado por pantallas. “Si actuamos sabiamente, sus mejores días estarán por venir”, escribe Garber, en un cierre esperanzador que uno desearía fuera el inicio del libro.
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Fuente: The New York Times
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