“Yo fui una niña errante”, dice Silvana Vogt. En Argentina son las diez de la mañana, en España ya están de sobremesa. Nació de este lado del Atlántico, en Morteros, Córdoba, y a los once años se fue a Santa Fe. Su padre, ingeniero, movía a la familia de acuerdo a las posibilidades laborales. Luego vivió en Corrientes, donde estudió Filosofía; continuó sus estudios en Buenos Aires. Pero en el año 2001 cruzó a Europa y no volvió más. En realidad, vuelve cada tres meses, de visita, para no caer en la orfandad. Ahora, desde Sant Just Desvern, “una especie de San Isidro de Barcelona”, donde tiene su librería, conversa con Infobae Cultura. Acaba de ganar el Premio Finestres.

El fino arte de crear monstruos
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Hace unos días recibió el llamado. Fue Camila Enrich, la presidenta del jurado que incluyó a Andrés Barba, Giuseppe Caputo, Laura Fernández y María Negroni, la que le dio la noticia. “Pensé que me iba a agradecer por participar. Yo creía que iba a ganar Celso Castro o Pedro Mairal, alguien con un nombre o con una carrera literaria más larga”, cuenta. Tenía sentido dudar: El fino arte de crear monstruos, novela con la que ganó en la categoría “narrativa en castellano”, es su segundo libro; el primero, La mecánica del agua, se publicó en catalán en 2016 y tres años después en español.
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"El fino arte de crear monstruos se aleja del cinismo contemporáneo para exhumar una forma de ternura intelectual y un amor por la vida poco frecuentes; celebrando la capacidad humana de maravillarse ante todo lo que parece ordinario”, sentenció el jurado. Fue por unanimidad. Es la tercera argentina en ganarlo, después de Camila Sosa Villada y César Aira. En su reciente discurso de recibimiento, Vogt dijo: “Confieso que fui una niña sin libros, sin lecturas, pero con un mundo desbocado de cataclismos y de personas con una capacidad oral inmensa. Más tarde, cuando llegué a los libros, entendí que, a veces, la literatura se aprende viviendo primero y leyendo después”.

“Morteros se inundaba con facilidad y sin causas. Algunos días de algunos años, los campos se llenaban de agua y, sin que nadie supiera muy bien por qué, Morteros se transformaba en un pueblo flotante”, comienza esta novela editado por el sello español H&O. “Cuarenta niños nos subimos a cuarenta ataúdes y jugamos durante más de una hora a la batalla naval, al Titanic, a matarnos y a morir”, se lee después. ¿Ciencia ficción? ¿Terror? ¿Fantástico? ¿New Weird? “Acá le dicen realismo mágico. Esa es la etiqueta. Es curioso, porque yo vivo acá hace más de veinte años, pero escribo como si fuera una escritora argentina... que es lo que soy”, responde.
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“Morteros existe”, dice Vogt. En un rincón de Córdoba, está entre Santa Fe, Santiago del Estero y la laguna Mar Chiquita. Según el último censo, lo habitan unas veinte mil personas. “El pueblo existe, las catástrofes existen. Yo lo único que hago es contarlo con el sentido del humor y con la magia que tenemos los argentinos para explicarnos las cosas. Quizás lo fuimos perdiendo un poco con el correr de los años. Me refiero a esta fantasía desbocada para ponernos a escribir libros que no sean exactos, que no sean una copia de la realidad o libros de denuncias que visibilizan enfermedades, problemas o el estado de la sociedad”, dice del otro lado del teléfono.
“Por Morteros pasó un tornado, hubo dos inundaciones, se tiraron paracaidistas, no se abrió el paracaídas, se murieron, se tiraron otros y murieron también. Como el libro estaba atravesado por la muerte, había que ponerle magia, sentido del humor y darle al lector un tono que no fuera grave”, sostiene. A El fino arte de crear monstruos lo define de dos formas. Como “un canto a la imaginación” y como “una carta de amor al momento en que la literatura se genera”: “Necesitaba que fuera fantasía pura. Una fantasía en el sentido de la vida, que la soportamos a través de las historias que nos contamos y que tienen que poder darle belleza a la herida, al mundo, a la catástrofe”.
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A España llegó tras los pasos de un libro de Rodrigo Fresán. Tenía treinta y tres años, “grande para la época en la que solemos exiliarnos”, y ríe. “Al llegar acá, enseguida me pasé al catalán para soportar la pena de perder el país, la familia, los amigos, mi casa de Buenos Aires. Enseguida me hice de la literatura y la cultura catalana. Aprendí a hablar en catalán y escribí una novela en catalán. Y recién ahora volví a la gua materna”, cuenta. “Por esta errancia, llegué a Europa y recuperé todos los recuerdos de Morteros. Acá me empezaron a preguntar quién era y ahí me empecé a acordar de mi pueblo y a recuperar mi identidad más pura que es la de la infancia”.
Desde aquella orilla, Silvana Vogt mira la Argentina y ve autenticidad. Al ponerlo en palabras se emociona: “Uno vive partido cuando se viene. Me siento también muy de acá, pero lo que uno ve cuando mira a Argentina, sacando el caos político y las cosas malas, es la autenticidad, el sentido del humor, el cuidado... Ay, lloro, me emociono cuando hablo de Argentina... La solidaridad, la compañía, la manera de abrirnos, de compartir, la generosidad... La vida salvaje. Lo digo en un sentido positivo: que la vida no esté absolutamente organizada por reglamentaciones y ordenanzas. Tenemos un caos infernal que nos permite seguir siendo, comparado con Europa, más humanos”.
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La dotación económica del premio Finestres es de veinticinco mil euros. Además, pasar un mes en la residencia de la Fundación Finestres, en la Costa Brava, donde Truman Capote escribió A sangre. Leila Guerriero y Mariana Enríquez también fueron becadas. Vogt ya había estado el año pasado: presentó un proyecto —está terminando ese libro— y quedó seleccionada. Pero aunque viaje por el mundo, “mi literatura nace de mis raíces, y mis raíces están allá“, dice. ”Así que el paisaje siempre será aquel“. En agosto estuvo en Morteros. El pueblo le hizo un homenaje. Hacía cuarenta años que no iba. “Fue muy lindo”, recuerda. “Fue extraordinario el reencuentro”.
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