
Aparece Primo Levi en la página 129 de Ahora y en la hora, el conmovedor libro del colombiano Héctor Abad Faciolince. Y aparece su figura porque el escritor reproduce una pregunta que Levi, sobreviviente de Auschwitz, se hace en Los hundidos y los salvados y es la de “por qué algunos –en una situación límite, durante una campaña de exterminio– tienen la extraña suerte de salvarse mientras que otros, quizás la mayoría, el infortunio de hundirse”. Esa misma pregunta, dirá luego Abad, es la que él se hace a partir del 27 de junio de 2023, a las 19:28 de la tarde, “cuando un misil Iskander ruso de alta precisión, con seiscientos kilos de explosivos adentro, estalló sobre nosotros en una pizzería en Krematorsk, a 21,6 kilómetros del frente entre la Ucrania libre y la parte de Ucrania ocupada por el ejército ruso, que lleva años pretendiendo arrebatar la parte suroriental del territorio ucraniano”.
Abad Faciolince (poeta, narrador, columnista, autor de El olvido que seremos y Salvo mi corazón, todo está bien, entre otros libros) sobrevivió al ataque, igual que la periodista y reportera de guerra colombiana Catalina Gómez Ángel y el filósofo y diplomático colombiano Sergio Jaramillo, quien junto con Abad Faciolince eran los promotores de la campaña solidaria “¡Aguanta Ucrania!”. En la misma mesa rectangular, en la terraza de la pizzería, estaban también Dima Kovalchuk, el fixer ucraniano que facilitaba la lógística del viaje y Victoria Amelina, joven escritora ucraniana y madre de un hijo que, a partir del inicio de la invasión a gran escala de febrero de 2022, se había convertido en investigadora y activista. Entre sus muchas acciones, ella había hallado un documento valiosísimo: los diarios de la ocupación de otro escritor, Volodimir Vakulenko, quien había sido ejecutado por los rusos en Izium. El diario estaba enterrado bajo un cerezo en el jardín del padre de Vakulenko.
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Abad y Victoria se habían conocido unos días antes en la Feria del libro de Kyiv, la verdadera razón para su presencia en el país en guerra: el colombiano presentó la edición ucraniana de El olvido que seremos, un hermoso libro que llegó al cine y que narra la historia de su padre médico y activista por los derechos humanos, asesinado por los paramilitares, y Victoria había presentado los diarios de Vakulenko. Luego habían partido junto con los otros colombianos hacia el este del país, más cerca del frente y los territorios ocupados, con el propósito de pasar dos días hablando con gente del lugar y escuchando las historias de la vida y la muerte en tiempos de guerra.
Victoria fue quien ofició de guía para los extranjeros. Desde el comienzo de la invasión rusa, era una mujer en semi duelo, desesperada por documentarlo todo y por transmitirle al mundo lo que ocurría en su país. Le faltaba muy poco para dejar Ucrania e irse durante un año a París por una beca y eso le daba una gran satisfacción pero, a la vez, le provocaba un sentimiento muy parecido a la culpa.
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Esto había escrito: “Desde el 24 de febrero de 2022, dejé de ser escritora para convertirme en investigadora de crímenes de guerra, y desde entonces he aprendido a ser ambas cosas para poder contarles a ustedes, al mundo, la historia de la sociedad civil ucraniana en busca de justicia. Ahora esta debería ser también la historia de cómo he ido aprendiendo a ser una madre para mi hijo de once años. Pero voy a dejar que sea él quien cuente esto, con la esperanza de que nuestros hijos y nuestros seres queridos sepan entender, respetar y perdonar lo que hemos resuelto hacer.”
En el caso del escritor, el viaje se concretó en medio de muchas contradicciones y venciendo resistencias emocionales: a sus propios temores se sumaba que su familia le insistía todo el tiempo para que no se pusiera en riesgo. Faltaba muy poco para superar la prueba. “La muerte estaba cerca, sí, pero nosotros no habíamos sentido que nos estuviera respirando en la nuca”, se lee en su libro.
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El misil ruso impactó en la pizzería y provocó la muerte de trece personas, muchas de ellas fallecieron en el acto. Era la última noche del grupo en la zona, al día siguiente habían programado regresar a la capital. Tenían apenas un rato para relajarse, a las 9 comenzaba el toque de queda pero era una tarde de verano, el grupo había tenido una experiencia muy fuerte y el peligro severo estaba llegando a su fin. La mesa era rectangular, Jaramillo ocupaba una cabecera y Abad Faciolince estaba sentado a su lado, pero como tiene dificultades en su oído derecho, en determinado momento se cambió de asiento y se pasó al otro lado de la mesa. Estaban sentados sobre un sofá blanco, todos se fueron corriendo un lugar y Victoria Amelina ocupó su asiento.
Victoria murió cuatro días después del ataque, a causa de las heridas provocadas por el misil sobre la estructura de la pizzería. “Mi oído defectuoso me salvó de morir en Kramatorsk. Hay otra forma de verlo: mis ganas de oír me salvaron de morir en Ucrania”.
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Escribe o más bien describe Abad Faciolince: “Puedo recordar a la perfección, pese a todo, y voy a recordarlo siempre, que Victoria estaba muy pálida, más pálida aún de lo blanca que era, con la cabeza levemente inclinada hacia atrás. Entre el polvo, el humo, los gritos, la cámara lenta que sigue a una explosión devastadora, Victoria a veces abría brevemente los ojos como si algún resto de su mente quisiera averiguar lo que pasaba. Le pregunté a Sergio si estaba viva y él me dijo que tenía pulso. Algo, nunca supimos con seguridad qué, había alcanzado a Victoria en la parte de atrás de la cabeza, en el occipital, y cuando nosotros nos recobramos del estupor del estruendo (...), aunque tenía pulso, no reaccionaba por mucho que Dima y Catalina la tocaran y gritaran su nombre. Inmóvil, pero erguida en su lugar, recta, como una estatua vestida de negro”.
Héctor Abad Faciolince visitó recientemente Buenos Aires y participó de varias actividades en la Feria del libro, entre ellas, la presentación de su libro. Ahora y en la hora es su relato autobiográfico de aquel viaje a Ucrania y de esa experiencia traumática y definitiva pero es, también, un conjunto de retratos sutiles de las diferentes personas a las que conoció, un ejercicio de escritura sobre lo vivido y sobre la propia escritura, un documento en contra de la guerra y un ensayo profundo y conmovedor sobre la existencia humana.
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Tuve la oportunidad de conversar con el escritor colombiano para Infobae y compartir experiencias de nuestros viajes. Café de por medio, la charla tuvo lugar en una sala de trabajo de un hotel antiguo y distinguido del centro de Buenos Aires a la hora de la siesta, ese descanso reparador que la mayoría de los porteños conocemos apenas de oídas. Lo que sigue es la reproducción de ese encuentro.

— Hay muchas cosas asombrosas y estremecedoras que contás en tu libro pero hay una, en particular, de la que me interesa hablar y es cómo o por qué te fuiste del lugar después del ataque ruso. Es algo que resulta impactante porque a vos también te movilizó y te quedaste mal con eso. Hablemos de ese momento.
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— A ver. Digamos que el motivo irracional es un motivo puramente animal. Y es el motivo inmediato que es huir, huir, huir del peligro; huir del sitio donde te pueden matar. Ese es el impulso. Luego uno lo racionaliza y mi manera de racionalizarlo es que yo sabía conscientemente que los rusos tiran dos bombas, dos misiles, dos drones sobre el mismo blanco. Ellos hacen lo que en la guerra se llama el double tap y es que tiran un segundo proyectil. Entonces, digamos que el motivo racional era que sentía: tengo que protegerme, tengo que irme de aquí porque...
— Esto sigue siendo peligroso, claro.
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— Porque esto sigue siendo peligroso. Y, de hecho, cuando yo me alejo paso por el carro en el que íbamos, veo el carro totalmente destruido, aunque estaba más lejos que nosotros... Y es que hubo una segunda explosión, un segundo misil Iskander que cae unos 100 o 200 metros más allá, sobre el asfalto. Ese segundo misil era el que habría rematado a mis amigos, a los socorristas, a los médicos, a los paramédicos, a los heridos. Entonces, desde un punto de vista racional yo hacía bien en irme pero yo no estaba... Realmente yo eso lo pensé después. Esa fue mi justificación. Catalina (Gómez Ángel) me dijo: eso es lo que hay que hacer, hay que alejarse del sitio. Pero lo humano y lo que hicieron Catalina y Sergio y Dima fue quedarse ahí junto a Victoria, socorriéndola. Entonces eso no me hace sentir bien. Me hace repetirme que yo no soy propiamente un hombre valiente. Soy todo lo contrario, soy un hombre que se aleja del peligro, que nunca quiso ir allá. Yo no fui a Ucrania a escribir ni siquiera una crónica, como hiciste tú. Yo no fui a trabajar. Yo fui a presentar un libro. Yo no fui a escribir un libro, mucho menos o a ver la guerra de cerca. A presenciar la muerte, tampoco. Yo no soy un hombre de acción. Yo no soy un luchador por los derechos humanos como mi papá.
— Eso te iba a preguntar, sí.
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— No, yo no lo soy. Sin embargo lo hice voluntariamente. Es decir, claro, un poco me presionaron, pero nadie me obligó literalmente a hacerlo. Mi libro salió en Ucrania antes de la invasión total. Lo publicaron en el 2021, en pandemia. Yo iba a ir ese año.
— Pero nos pusimos entre paréntesis como mundo.
— Sí, todo se puso entre paréntesis. Y no se pudo. Y en el 2022 iba a haber Feria y no hubo por la invasión. Y en el 2023 era la primera feria y la primera oportunidad de ir, entonces ahí acepté.

— Sí, pero el tema es que te fuiste bastante más lejos de la capital.
— El tema es ése, sí.
— Ahí te arrastró también, pienso, la sensación de: cómo voy a decir que no si estoy con esta gente que me está animando a ir y ellos son estas personas tan valientes y valiosas.
— Sí. Y que la misma Victoria, que no estaba programada para ir, que no iba a ir, que tenía compromisos el lunes y no podía, cancela todo y se va.
— Ah, mira. Ahora, ella como personaje, como esta cosa trágica, lo de vestir de medio duelo, lo del cambio. Esto pasa con mucha gente. Es la primera vez que yo lo veo en una mujer pero lo vi con muchos hombres escritores que cambian de género porque van al frente. En el caso de ella cambia de género y se convierte en cronista porque aparece la guerra.
— Totalmente, sí. Y todo el tiempo está diciendo “me voy a cortar el pelo y me voy a ir de voluntaria”. Y lo primero que hace es comprar una pistola.
— Sí, vos le preguntás a Catalina, que es quien recogió las cosas de Victoria de su habitación, si estaba la pistola.
— Sí, es verdad. Si estaba la pistola en el bolso. Y como Catalina es muy prudente me dice “no abrí la maleta” . Es que recoger las cosas, las pertenencias de un muerto, es siempre una cosa muy delicada, muy rara.
— Y en el caso de Victoria, se trataba de alguien que salió para volver.
— Sí, sí. Ella solo quería despedirse. Se iba un año a París, a la seguridad de Occidente, tenía culpa de irse. Y lo que decía era: me tengo que despedir de mis amigos, de una amiga que estaba en Kharkiv. Porque... Porque por qué hacemos las cosas es muy raro.
— Eso, ¿no?
— Pero no todo es la historia con mayúsculas. No todo uno lo hace por... Claro que lo hace por compromiso con el país, eso es...
— Sí, pero ella nunca se imaginó terminar convertida en un personaje histórico.
— No. No.
— En todo caso quería colaborar con la historia documentando.
— Sí, y ella decía “¿qué me va a pasar a mí?”
— Pero hablaba de la muerte dicen sus amigas.
— También. Ella tuvo que pedirles a los de la organización Truth Hounds en la que trabajaba permiso para cancelar un taller que iba a darles a nuevos integrantes. Entonces dijo: bueno, lo hago después, cuando vuelva de Kramatorsk.
— Me impresiona mucho el vínculo entre dos escritores, dos personajes trágicos, ella y Vakulenko. Están unidos por la muerte pero antes porque ella es la que encuentra el diario.
— Ella es la que encuentra el diario. Y la última entrevista que ella concede, creo yo, yo creo que es la última porque es el día antes, es un video de diez minutos que le hago debajo del cerezo de Vakulenko. Es como una entrevista que yo le hago en inglés, a veces con preguntas torpes incluso, pero es muy bonita esa última entrevista yo creo. Es el día antes. Ella todavía tiene esa cara muy triste de los días anteriores, no la cara radiante de su última tarde.
— ¿De qué hablan ahí? Contame un poco.
— No, ella me repite toda la historia de Vakulenko y cómo con una pala bajo ese mismo árbol encontró el diario. Ella no quería que entráramos al jardín porque el padre está completamente alcoholizado. Entonces vive ahí en esa casita, bueno, una casita bonita, siempre con las persianas bajas. Vakulenko se volvió escritor de cuentos infantiles para su chico, que tiene autismo severo. Eran sus libros dedicados a él.
— ¿Conocías algo de esa historia antes?
— No, nada. Victoria, cuando hicimos la presentación de “¡Aguanta Ucrania!” en la Feria del Libro, ella venía de la presentación de los diarios de Vakulenko.
— Contás en algunas de las entrevistas que te costó encontrar recepción en los autores latinoamericanos para esa campaña.
— Mucho.

— Posiblemente tiene que ver con que en la región se sigue viendo a Putin como un aliado del progresismo.
— Claro, ellos piensan que este espía del KGB, este ser como con cara y lengua de serpiente despreciable, piensan que es un heredero de la izquierda y un representante de la izquierda, cuando es probablemente uno de los tipos más ricos del mundo Uno que pactó con los oligarcas que se robaron todo el dinero público de la Unión Soviética para que o le daban una porción de su riqueza a él o los encarcelaba. Y los que se van o denuncian algunas de estas cosas, de repente se caen por una azotea. Cuando no los acarician con alguna sustancia que de repente te destroza.
— Cada vez que escribís o das una nota repetís que en esta guerra hay un agresor y un agredido.
— No, ellos me decían exactamente lo contrario y mis colegas, a quienes yo respetaba, y lo pongo así en imperfecto porque a veces ya dudo, me decían: no, eso es culpa de Zelenski, eso es culpa de Biden, de Obama.

— Y de la OTAN.
— Y de la OTAN, sobre todo. Ellos son los culpables. Putin teme la expansión de la OTAN, entonces tiene todo el derecho a hacer un ataque preventivo. Es exactamente lo mismo que ahora dice Trump. Entonces, no sé ellos cómo se sentirán con esto.
— Se llegó a decir que Ucrania empezó la guerra, además.
— Sí, es alucinante. Alucinante. Después de que cayó el misil, el embajador ruso en Colombia dijo unas idioteces de un tamaño... No, son unos expertos en mentir, así con la cabeza más dura en la propaganda, en decir que en el segundo piso de esa pizzería funcionaban unas oficinas de la OTAN. Y esa pizzería no tenía segundo piso. Yo estaba ahí. Y hay gente que lo cree y lo repite y lo dice en los periódicos.
— Algo que me queda dando vueltas de tu libro tiene que ver con el lugar de muchas mujeres. Porque pienso no solo Victoria Amelina sino en tu hija, en la asociación que hacés porque ambas tenían la misma edad. Pienso en tus editoras ucranianas. Y pienso en tus editoras en español por este libro, por cómo rescatás el trabajo de ellas. Todas ángeles mujeres.
— Es verdad. También Oleksandra Matviichuk (N. de la R: Nobel de la Paz ucraniana) estaba ahí. Es una mujer extraordinaria. Sobre el trabajo de mis editoras… yo tengo una editorial pequeña con mi mujer. Ella era maestra de escuela, profesora de inglés de niños, se volvió editora. Y cuando yo escribí este libro, era un híbrido mixto en el que un capítulo era sobre un viejo que va a Gaza a tratar de meter comida de contrabando, porque no soporta el Holodomor (N. de la R: genocidio por hambre en Ucrania provocado por la hambruna artificial que ordenó Stalin) en Gaza en pleno siglo XXI. Mi esposa editora dijo: esto es un poquito un disparate. Pero yo mandé el libro así, disparatado, con un capítulo en Gaza y un capítulo en Ucrania.

— Porque para vos ambos temas estaban relacionados.
— Porque yo no sabía decidir si escribir una novela de un viejo que va a un viaje absurdo y desesperado por su vejez y porque está aburrido o si eso era el libro, esa novela, o si el libro era la crónica de un viejo un poco menos desesperado, que se deja arrastrar a la guerra. Entonces están los dos temas y mis editoras... A veces, como tengo editorial también sé que algunas personas desprecian las editoriales, desprecian el trabajo editorial. Creen que el futuro de la edición es la autopublicación, sin que nadie intervenga. En cambio, el trabajo de estas dos buenas editoras que yo tuve, Carolina López, en Bogotá y Carolina Reoyo, en Madrid, fue increíble. Ellas recibieron ese libro mío entregado de afán precipitadamente el 30 de diciembre del 2024 porque nacían mis nietos y fueron prematuros extremos. Yo lo he contado, tú lo has oído.
— Estuvieron todos en la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos). Los chicos y tu hija.
— Los tres parecía que se podían morir. Bueno, los niños casi se mueren pero sobrevivieron. Y mi hija, después de dos días, ya pudo salir de UCI a unidad de cuidados ya especiales. Un mes después, ya en enero, mis nietos siguen en UCI, ellas me escriben y me dicen: bueno, nosotros te proponemos que hay que cortar todo lo de Gaza.
— Ir por un solo lado, que es Ucrania.
— Ir por un solo lado. Y yo creo que fue una decisión acertada. Entonces ellas podaron todo. Tenía exactamente el doble de extensión. Pero no hicieron solo eso, hicieron como un trabajo de montaje cinematográfico porque no inventaron ni una palabra, pero cambiaron el orden en el que yo había narrado el libro en muchos aspectos.
— Bueno, editar es eso, también
— Editar es eso a veces y yo no estaba bien psicológicamente. Yo estaba muy, muy afectado, muy rayado decimos nosotros.
— Nosotros también.
— Sí, muy dolido. En un estado como de estupor completo. Entonces ellas hacen un trabajo increíble que yo les debo, me pidieron que escribiera un capitulito más y lo hice.
— ¿Cuál es?
— Bueno, decían que Dima había quedado como sin retrato. Entonces se necesitaba también un retrato de Dima.
— Qué bueno, porque eso es un lector profesional el que puede ver eso.
— Ve lo que falta.
— ¿Y qué pasó con el relato de Gaza?
— Salió, sabes.
— Ah, no me digas.
— Sí.
— ¿Y dónde lo publicaste? ¿Vos mismo en tu editorial?
— Bueno, cuando Ahora y en la hora ya había salido, el año pasado mi agente literario me llama y me dice: Aquí la FNAC, las tiendas estas francesas, en lo que ellos dicen la rentrée, que no es la rentrée literaria sino cuando los niños vuelven al colegio, después del verano. sacan un libro no venal corto, que regalan a todos los que compran más de 30 euros en libros. Entonces, están buscando un librito no muy largo.
— Es hermosa la idea.
— Sí. Y entonces yo le dije: ah, bueno, pues no tengo nada listo pero tengo la poda de Ahora y en la hora. Tiene 120 páginas y lo tengo que reducir a 70. Pues bueno, lo intento. Y entonces lo reduje también con la ayuda de mi editora. Yo creo que es una novelita muy imperfecta, un poquito delirante porque yo estaba muy tocado, pero de esa manera circuló. Y además circuló muchísimo porque ellos hacen 30.000 ejemplares.

— Yo te quería preguntar por algo que tiene que ver con la escritura porque en tu libro hay muchas reflexiones sobre el tema. Hablábamos antes sobre Victoria, que por la guerra pasa de ser escritora a cronista e investigadora. En tu caso, lo que aparece es algo que no estaba en tus planes y es un activismo evidente, casi una misión. Y lo que entiendo es que cuando uno estuvo ahí, cuando uno tiene amigos ahí, cuando uno vio la guerra y las caras de la guerra es muy difícil después no llevar ese mensaje o esa palabra. Contás que la escritura de este libro fue tortuosa, decís que tomabas medicación, que te costaba mucho reconstruir lo que vivieron. ¿Cómo fue?
— Mi convencimiento de que la causa de Ucrania era la causa justa, de que las víctimas y los agredidos y los invadidos eran los que te daban la razón, no hacía falta esta experiencia ni este viaje para yo confirmarlo.
— Ya lo sabías.
— Yo eso lo tenía muy claro. Había escrito muchos artículos desde antes de la invasión a gran escala. Pero claro que esto como que me implica de una manera ya distinta y más personal. Pero a mí no me gusta escribir panfletos, yo escribo historias. Historias íntimas. Historias familiares. Entonces, cuando la historia con mayúsculas se mete en mi vida sin yo querer, de todas maneras tengo que tratar de escribir algo que tenga que ver con lo que más siento. Con lo que a mí más me afecta. Y para poder escribir eso lo primero que tuve que hacer fue pensar que la muerta era mi hija. Y fue lo primero que escribí: “Acaricio el aire a mi alrededor como si fuera el fantasma de mi hija muerta”. Yo logro pensar lo que siente un padre que ha perdido a su hija. Lo que siente un viejo. Es decir, si hubiera sido mi hija la que muere, mi culpa y mi desesperación tendría unas dimensiones tan grandes que hubiera sido incapaz de escribir eso. En este caso, al menos, para poderlo imaginar bien y poder escribirlo tengo que como ponerme en los zapatos de alguien que pierde muy íntimamente a una persona que quiere mucho, que adora. Entonces, con ese espíritu un poco loco, un poco despersonalizado, con muchas dificultades y con esa sensación de que Victoria está viva y de que habla a través de mí, fue como lo pude abordar.
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