
A propósito de su poemario Isla con madre, presentado en México en estos días, el escritor argentino-español Andrés Neuman asegura que no asume la poesía como quien sube a un escenario, sino de una manera entrañable.
“Mi idea de la poesía es la de un susurro cómplice; como de alguien que canta al oído, comparte un secreto y requiere una escucha fina”, dijo el autor.
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Neuman (Buenos Aires, 1977), quien como novelista ganó en 2009 el Premio Alfaguara con la novela El viajero del siglo, escribe poesía desde joven, lo cual se nota también en su prosa, marcada por el lirismo.
Su nuevo libro es consecuencia de un acto íntimo. Sin afán de publicarlos, hace más de 15 años escribió decenas de papelitos en los días finales de su madre y sólo después del nacimiento de su hijo volvió por ellos, escogió los mejores y formó Isla con madre.

“Me imagino este libro como una elegía por una madre perdida, pero también es un canto a las posibilidades de recuperarla mediante la palabra y un pequeño acto de gratitud hacia nuestros seres queridos que partieron y a la comunidad cuidadora, poco valorada”, explica.
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Contrapeso del ruido
Hijo de una violinista y un oboísta, Neuman escribe de manera musical, lo cual se nota en sus libros, melódicos. Escribir es para él una manera de huir del ruido.
“Somos una tribu ruidosa y de pronto cuando se produce un pequeño susurro ritual, el ruido ha de cesar. Entonces cuando escribo, visualizo los ritmos, los acentos; parte de la elocuencia está en el ritmo de lo que decimos. Es una especie de contrapeso del ruido, que el sonido sirva para algo”, explica.
Al regresar a sus papelitos tanto tiempo después, Neuman descubrió que estaban escritos en su dialecto materno, porteño, con un voceo ajeno a sus obras, salvo cuando en alguna un personaje es argentino.
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“Se ve que hubo algo del balbuceo infantil, de invocación a la madre. Me impactó tantos años después pasar en limpio esos escritos y encontrarme con ese pronombre materno. Así que el libro, aparte del homenaje a la madre, lo es también a la lengua materna, que en este caso es el dialecto materno”, narra.
La metáfora de isla en el poemario adquiere una fuerza simbólica porque la experiencia que la originó se vivió como un espejismo del aislamiento.
“Nos parece que nuestras vivencias son únicas, que nadie puede entender lo que estamos sintiendo; por eso nos cuesta compartirlo con el prójimo. Nos cuesta abrir conversaciones al respecto; bien porque no alcanzan las palabras, porque tememos que no haya escucha o una mezcla de las dos cosas”, admite.
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Un empujón al vacío
“Escribir se parece a un empujón muy suave”, dice sobre Isla con madre. El poeta cree que lo más fructífero sería escribir sin red, pero, en ese caso, uno puede terminar lastimado.

“En el acto de escribir, hay algo de lanzarse al vacío y al mismo tiempo, hay una parte de la realidad que parece detenida o anulada y cuando se nombra, parece que les diéramos un empujón. Yo me imagino como un nudo que se desata, cuando encontramos el fraseo de lo que queríamos decir”, asegura.
En su libro sobre el dolor ante la muerte, Neuman no filosofa acerca del más allá. El autor considera el esoterismo poético, mas no cae en él porque se siente rebasado por el acto de existir.
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“Considero lo esotérico casi una parte de la tradición poética y no lo digo con ninguna superioridad moral; es simplemente que para mí lo que llamamos condición terrenal, ya es tan misterioso y tan inagotable que siento lejos el más allá.
—¿Debemos ver el dolor como algo para crecer?
—Hay un discurso del dolor; algunos dicen, todo pasa para algo. A mí eso me parece sumiso; la idea de que lo peor de tu vida te pasa por algo es como reivindicar la utilidad del dolor. Yo no estoy orgulloso del dolor. Con el dolor se negocia, pero todos preferiríamos no tenerlo.
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Fuente: EFE
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