
“Tres días sin dormir, mucha merca, pun-pun y listo”. Así Enrique Symns escribió Un guion para Tinelli, una obra de teatro de vida breve que desapareció sin dejar demasiadas huellas. Ahora, en la silenciosa noche de la literatura argentina, reaparece en forma de libro póstumo en una edición muy curiosa: tamaño de bolsillo, tapa y contratapa de tela, una detallada introducción a cargo de Julián Berenguel. El sello se llama Los Píxeles Muertos. El libro es fascinante, pero empecemos por el principio.
En 2005 Enrique Symns ya había atravesado todas las dimensiones. La teatral con sus monólogos para Los Redondos, Los Piojos, Los Caballeros de la Quema, Bersuit, etc. La periodística con la revista Cerdos & Peces. La literaria con los siete libros que hasta entonces había publicado (el último de ese entonces, en 2004, fue su autobiografía: El señor de los venenos). Le faltaba —o al menos ahora se lo estaban proponiendo— la televisiva: Ideas del Sur le ofreció escribir un guion para la serie Criminal.

La productora de Marcelo Tinelli tenía en el aire de Canal 9 un unitario con el esquema ya armado: Diego Peretti interpretaba a un remisero que decide tomar justicia por mano propia ante una tragedia familiar. El guion se escribió y, según el propio Symns, es “alucinante”, pero todo queda en la nada porque quieren que sea coguionista y él se rehúsa; también está la versión de que no le cerraba el pago. Ese verano se va a El Bolsón con Héctor Ledo, dibujante y actor. Necesitaban plata; se les ocurrió una idea.
Pensaron juntos la idea, las historias. Con el “resentimiento de ese mundo careta” aún en el paladar, Symns se sentó a escribirla. Ledo se encargó de la dirección. La estrenaron ese verano, en 2006, en el sum de una radio comunitaria de El Bolsón y siguieron en Bariloche. Duraba una hora; la entrada, diez pesos. Después Buenos Aires, sobre todo en el Foro Gandhi, algunos fragmentos en la Rock & Pop, también en La Tribu, luego La Plata. En 2007 algunas funciones en el Imaginario Cultural de Almagro, y listo.
La obra empieza con Ledo, triste, leyendo un diario, cuando golpean la puerta al ritmo de marcha triunfal. “¿Quién es?” “En una tribu de monos, en una calle de zombies...” “¡Enrique!” Entonces aparece Symns con un champagne y una noticia: lo acaba de llamar Sebastián Ortega de parte de Tinelli para que escriban un guion. Le dan diez mil dólares. Lo tienen que mandar esa misma noche, en cuatro horas. Symns pone sobre la mesa una bolsa de 25 gramos de cocaína. Toman. “Dejame concentrarme...”
Imaginan al protagonista, El Sombra, lo ubican bajando de un tren en Constitución, caminando por la calle, entrando a un bar. La historia avanza zigzagueante, escribiéndose sobre la marcha, interrumpida por otras escenas, como los llamados a Ortega para adelantarle cómo vienen o el inolvidable diálogo entre el mafioso Yhony y su dubitativo sicario Monky o la dupla de ladrones Escuerzo y Quebracho que ingresan a una conferencia a robar y meter miedo. En escena, solo ellos dos: Symns y Ledo.
Un guion para Tinelli, el libro, porque lo que tenemos en las manos es un libro, tiene el aspecto de un bicho de esos que brillan en la noche. Esos insectos deformes para nuestros ojos pero perfectos en su naturaleza. Un bicho que ilumina con ironía todas esas zonas que solo se pueden visitar con la mirada torcida. Pero lo más importante es que, como todo bicho, está lleno de mugre, embebido de esa suciedad extrema que recuerda al realismo sucio, al periodismo gonzo, a este sitio inmundo.
La vida no es injusta, es hermosa, dice Trotsky; lo injusto es el mundo. Symns murió en la pobreza. Se van a cumplir tres años ya. La edición de este libro, cuenta Julián Berenguel, pretendía ayudarlo económicamente. Como todo gran artista, esos que se juegan el pellejo por el arte, dejó una obra. Y la obra de Symns es larga, enorme. Un guion para Tinelli, esta “tragedia humorística en el acto”, es apenas una porción, pero una de las mejores, sin dudas, de este viejo loco, de este “dramaturgo del rock”.
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