
Es común hoy en día estar rodeados de fake news, asistir a una conferencia en streaming o ver una sitcom en prime time. Si hablamos de moda, son continuas las referencias al look (incluso al lookazo), el outfit, el animal print y el dress code. En cuanto a la alimentación, ya sabemos que es mejor para la salud todo lo healthy, y que debemos evitar consumir demasiada fast food, como pueden ser los hot dogs.
Los extranjerismos están en todos lados de la conversación popular. Pero ¿está bien emplearlos? ¿Es cool o da cringe?
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Préstamos entre idiomas
Para establecer la corrección o no de estos, en primer lugar, es necesario precisar qué entendemos por extranjerismo.
En sentido estricto, y referido al español, por extranjerismo se entiende toda aquella voz que no procede de la evolución directa del latín, origen de la lengua actual.
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Desde este punto de vista, son extranjerismos palabras como ‘guerra’ y ‘yelmo’ (germanismos), ‘almohada’ y ‘alfiler’ (arabismos), ‘crema’ y ‘servilleta’ (galicismos), ‘acuarela’ y ‘ópera’ (italianismos) o ‘líder’ y ‘túnel’ (anglicismos).
Todos estos términos se perciben hoy día como propios del español. Y es lógico, porque la incorporación de voces de otras lenguas no es un fenómeno característico de los últimos tiempos: desde el origen de nuestro idioma se han ido integrando en él palabras de muy distinta procedencia.
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No obstante, la aportación de unas lenguas u otras varía a lo largo de los siglos. La llegada de arabismos fue más frecuente en la Edad Media (’naranja’, ‘azúcar’); los italianismos, en el Renacimiento (’novela’, ‘soneto’) y los galicismos, especialmente en los siglos XVIII y XIX (’botella’, ‘blusa’). Actualmente, los anglicismos (’tique’, ‘vip’) son los que reciben el mayor protagonismo.
A lo largo del tiempo
Ya que no es un fenómeno reciente, ¿cuál es la postura académica con respecto al uso de palabras de origen extranjero?
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Pues se ha producido una evolución en este sentido a lo largo del tiempo. Para conocer cuál ha sido este cambio, son muy esclarecedores los prólogos de las distintas ediciones del Diccionario, como el de 1843, donde se recoge lo siguiente:
“Este es el objetivo primordial del Diccionario, dar á conocer las palabras propias y adoptivas de la lengua castellana, sancionadas por el uso de los buenos escritores; pero muchos no lo entienden así; y cuando no encuentran en el Diccionario una voz que les es desconocida, en vez de inferir que no es legítima y de buena ley, lo que infieren es que el Diccionario está diminuto. Así hemos visto lamentarse algunos de no hallar en él las palabras comité (por comisión) o secundar (por cooperar), y otras muchas extranjeras que están infestando la mayor parte de los escritos que diariamente circulan”.
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En este texto se aprecia claramente aversión hacia este tipo de voces. En los prólogos de los Diccionarios Manuales de la Real Academia, que intentan ser diccionarios de uso, también se percibe la misma idea de rechazo hacia la voz de origen foráneo, como se lee en el prólogo del Diccionario manual de 1927:
“Incluye [el Diccionario] también los vocablos incorrectos y los extranjerismos que con más frecuencia se usan (…), poniendo en su lugar la expresión propiamente española que debe sustituirlos”.
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Si bien es verdad que se han ido aceptando voces cuyo uso ya era generalizado, a veces se ha mostrado excesiva reticencia a adoptar estos términos. Así sucedió con la voz sándwich, documentada desde 1881 en español, aunque su incorporación al Diccionario se produjo en la edición de 1992, ciento once años después.
En la actualidad
Esta postura de oposición se ha modificado en los últimos tiempos. Por ello, en el actual Diccionario panhispánico de dudas se aclara que:
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“Todos los idiomas se han enriquecido a lo largo de su historia con aportaciones léxicas procedentes de lenguas diversas. Los extranjerismos no son, pues, rechazables en sí mismos. Es importante, sin embargo, que su incorporación responda en lo posible a nuevas necesidades expresivas y, sobre todo, que se haga de forma ordenada y unitaria, acomodándolos al máximo a los rasgos gráficos y morfológicos propios del español”.
Al leerlo, se aprecia un aperturismo hacia el uso de voces de procedencia extranjera. Pero con matices: si existe una voz española para designar la realidad, es preferible usar esa (contraseña en vez de password; correo electrónico por e-mail; silenciar por mutear). En el caso de que no exista o no esté muy extendida, es admisible la voz extranjera (emoji, software), pero intentando adaptarla a la lengua (pódcast, selfi, tuit).
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Así, podemos concluir que los extranjerismos empobrecen el lenguaje cuando la lengua receptora posee una voz para designar esa misma realidad. Por el contrario, la enriquecen cuando no existe el término para denominar la nueva entidad.
De todas formas, con el paso del tiempo, estas incluso pueden desplazar a la voz patrimonial: la palabra “calzón” fue sustituida por el galicismo pantalón, o “millo”, a su vez, reemplazada por el término de origen taíno maíz. En el caso del fútbol, donde la terminología procede del inglés, dependiendo del lugar se hablará de árbitro o de réferi, de penaltis o penales…
En conclusión, no somos más elegantes al emplear extranjerismos. Pero tenemos que tener presente que la sociedad evoluciona y la lengua lo hace con ella, por lo que llegarán nuevas voces procedentes de distintos sitios: unas se consolidarán; otras, con el tiempo, desaparecerán.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
* Profesora Titular de Lengua Española, Universidad CEU San Pablo.
[Fotos: Ken Welsh/ Grosby; Infobae; Real Academia Española]
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