
Una explicación coherente de la conciencia elude a la ciencia moderna. En A World Appears (Un mundo aparece), Michael Pollan se sumerge de lleno en este misterio. ¿Por qué se siente como algo ser uno mismo al despertar por la mañana, y como nada durante el sueño profundo? ¿Por qué sentimos, pensamos y disfrutamos de un flujo interminable de experiencias subjetivas? ¿Cómo genera el cerebro un sentido unificado del yo?
Pollan no logra ofrecer las respuestas (nadie puede, aún), pero presenta una exploración cautivadora, personal y sensible. A diferencia de un libro que solo informa sobre el estado del campo de la conciencia, aquí recibimos la historia a través de la mente aguda de un escritor y el corazón inquisitivo de un buscador.
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Michael Pollan, profesor de periodismo científico y ambiental en la Universidad de California, Berkeley, y cofundador del Centro para la Ciencia de los Psicodélicos, ha escrito varios libros bien recibidos sobre alimentos, plantas y drogas que alteran la mente, pero aquí asume un nuevo desafío. Se enfrenta a las preguntas sobre la mente no como experto en neurociencia, sino como explorador, entrevistando a decenas de voces líderes en la ciencia y ofreciendo un amplio panorama del pensamiento en el campo.

Pollan escribe: “Mi esperanza es que este libro empañe el cristal de tu propia conciencia y sirva como una herramienta para ayudarte a apreciar plenamente el milagro cotidiano de que aparezca un mundo cuando abres los ojos — un mundo y mucho más, incluido tú, un yo”.
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La pregunta central es por qué tenemos experiencia interna. La posición mayoritaria en la neurociencia actualmente tiende a ocuparse de lo estrictamente físico: se asume que la conciencia surge de alguna manera de la interacción entre nuestros 86 mil millones de neuronas. Al fin y al cabo, incluso ligeras alteraciones en la química o estructura cerebral —por drogas, lesiones o enfermedades— pueden cambiar drásticamente lo que experimentamos y cómo lo experimentamos.
Aun así, no sabemos cómo ensamblar partes para que el resultado final posea experiencia interna y privada. Imagínate que te entrego miles de millones de piezas de Tinkertoy y te pido que construyas una máquina consciente. ¿Por dónde empezarías? No contamos con la ciencia que nos indique cómo convertir lo físico en mental. Como reflexiona Pollan: “La idea de que puedas salir de la experiencia y decir que sabes lo que es en términos de otra cosa, como la biología o la física, simplemente parece imposible”.
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Pollan sugiere que la popularidad de un modelo puramente físico y algorítmico de la mente tiene su origen en la llegada de la computadora digital. Como nota al margen, no estoy del todo de acuerdo con eso: más bien, es popular porque las explicaciones físicas han resultado ser las correctas en biología (el enigma metafísico de por qué tu rostro se parece al de tu padre resultó tener una solución biológica sencilla en la herencia del ADN).

Así, la conciencia podría surgir naturalmente del procesamiento de información. Y si es así, podría no importar de qué material se construye un cerebro (ya sea con neuronas, circuitos de computadora o latas de refresco y pelotas de tenis). Siempre que los algoritmos adecuados estén en funcionamiento, la conciencia sería el resultado.
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Pero quizá el modelo físico no sea suficiente para explorar algo tan extraño y subjetivo como la experiencia, y Pollan realiza un excelente trabajo profundizando más. El “panpsiquismo”, nos dice, propone que todo lo existente (incluso un grano de arena) posee una pequeña chispa de proto-conciencia, y que estos elementos diminutos de conciencia se combinan para formar nuestras experiencias mentales.
Otro marco teórico, el “idealismo”, sugiere que la conciencia no es producida por la materia sino que es un campo que existe fuera de lo físico: el cerebro no crea la conciencia, sino que actúa como una radio sintonizando señales ya presentes. Existen, según algunos recuentos, 22 teorías sobre la conciencia, y Pollan examina muchas de ellas, siempre con una combinación de asombro y escepticismo.
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Pollan inicia el recorrido del lector preguntando si las plantas podrían ser sensibles. Pronto surgen otras preguntas: ¿Es la raíz de la conciencia la demanda biológica básica de mantener la estabilidad (homeostasis)? Y de ser así, ¿podrían todos los sistemas autoorganizados poseer algún grado de conciencia? ¿Depende la conciencia tanto del cuerpo como del cerebro? ¿Por qué somos capaces de sorprendernos con nuestros propios pensamientos?

La cuestión de la conciencia siempre ha sido importante, pero en los últimos años ha adquirido una nueva intensidad. Con la aceleración de los grandes modelos de lenguaje y, pronto, la robótica humanoide, será necesario entender si nuestras redes neuronales artificiales realmente tienen experiencias. Y si es así, ¿podríamos estar causando sufrimiento?
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“A World Appears” resulta sumamente placentero de leer. Mi única queja es que Pollan presenta la ciencia occidental como una empresa monolítica que prácticamente ignora la conciencia. Sin embargo, muchos de los científicos que entrevista o menciona son occidentales, desde Charles Darwin hasta William James y otros contemporáneos que cita por sus experimentos y teorías.
Al final, Pollan no logra (ni puede) decirnos qué teoría de la conciencia prevalece. Tras su amplia exploración, expresa la impresión de que todas las teorías disponibles parecen, por igual, magia. Según él, esta sensación “invita a mantener la mente abierta”. Y pregunta: “¿No podría existir, en algún lugar del espacio de todas las posibilidades, alguna idea sobre la naturaleza fundamental de la realidad y la conciencia que la mente humana aún no haya concebido?” Ojalá así sea, y ojalá tengamos la suerte de que Pollan escriba la continuación.
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Fuente: The New York Times
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