
San Agustín de Hipona fue uno de los filósofos más influyentes de finales del Imperio Romano y la Edad Antigua más tardía. Nacido en el 354 d.C. en Tagaste (actual Argelia) y tuvo una vida donde la pasión por el conocimiento, la fé y su carrera como obispo en la ciudad de Hipona (también al norte de África) tuvieron un papel protagonista.
Esta misma amplitud de intereses y facetas fue la que potenció su capacidad de síntesis entre los dogmas del cristianismo y la tradición grecorromana de los filósofos más importantes. Fue a través de esta fusión que San Agustín exploró algunas de las grandes preguntas sobre el alma, el mal, la libertad humana y la naturaleza del amor, legándonos obras tan importantes como La ciudad de Dios, sus famosas Confesiones o su Manual de fe, esperanza y caridad.
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En este libro, considerado como una suerte de recopilatorio del pensamiento agustiniano sobre el amor de los creyentes, San Agustín escribe una frase que encierra, en pocas palabras, varias claves de su pensamiento: “Para saber si alguien es bueno, no preguntamos qué cree o espera, sino qué ama”.

Dime qué o a quién quieres y te diré quién eres
El sentido de la afirmación de San Agustín armoniza con su idea de que el amor (en este caso, definido con el latinismo caritas) es lo que deterina la vida moral de las personas: no basta con tener las ideas correctas ni albergar buenas esperanzas. Si no amamos el bien supremo, que para el filósofo es Dios, no podemos estar seguros de ser buenas personas.
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Esta afirmación tiene también una lectura laica. Para Agustín, el amor no era un sentimiento efímero, sino una fuerza que configura quiénes somos. En Las confesiones ya plantea que el corazón humano está inquieto hasta que descansa en lo que ama verdaderamente. Amar correctamente es ordenar el corazón hacia lo que es bueno y verdadero, lo que trasciende creencias y expectativas porque, lo que verdaderamente nos mueve, lo que detetrmina nuestras acciones y decisiones en nuestra vida, es lo que amamos verdaderamente.
La visión agustiniana contrasta mucho con la tendencia actual a valorar moralmente a las personas según sus valores o sus metas. Siguiendo su máxima, no obstante, reconocermos que las mejores pistas sobre su verdadero carácter están en aquellas cosas qué ama: no solo su familia, también sus proyectos vitales. En la misma línea, los valores no se proclaman, sino que se viven. “La medida del amor es amar sin medida”, defendía San Agustín, que nunca dejó de subrayar la diferencia entre quienes aman ser reconocidos y quienes aman el bien común.
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“El corazón tiene sus razones que la razón no conoce”
El pensamiento de Agustín sobre el amor y la bondad influyó tanto en filósofos como en teólogos posteriores. Por ejemplo, su vinculación entre el amor y el bien supremo sentó las bases de una idea más amplia: el amor es lo que conduce nuestra voluntad hacia lo bueno. Ya en la Edad Moderna, figuras como Blaise Pascal retomaron la introspección sobre el corazón humano y el amor como clave para entender la condición humana. “El corazón tiene sus razones que la razón no conoce”, diría este último, que también creía que no basta con saber lo que es bueno sino que hay que amarlo.
En filosofía contemporánea, el énfasis en la motivación y la atención afectiva (es decir, lo que amamos y por qué lo amamos) sigue siendo una de las grandes cuestiones tanto de la filosofía como de otras disciplinas como la psicología. Cada vez parece más claro que los afectos son uno de los grandes fundamentos de nuestra moral. En cualquier caso, San Agustín nos recuerda en sus obras que son este tipo de cuestiones, por encima de las creencias o las expectativas, lo que nos define como personas.
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