
Cuando en la Navidad de 2022 el escritor británico-pakistaní Hanif Kureishi tuvo un accidente que lo dejó tetrapléjico, la noticia me impactó de tal manera que necesité seguir día a día la crónica de esa desgracia. Kureishi era el escritor que, con sus libros, me había transmitido un deseo por la vida condensado en esta frase: “el mundo es una pollera que quiero levantar”. En sus novelas convivían la densidad de la buena literatura con la liviandad del humor y el sexo.
Cuando hace unos años vino a Buenos Aires, me quedó grabado lo que dijo en el auditorio del Malba. Cuando a sus hijos les preguntaban en la escuela a qué se dedicaba su padre, ellos respondían: “trabaja de mirar por la ventana”. Recordé eso ahora, leyendo su libro posaccidente, cuando durante un año no le quedó otra que mirar por la ventana del hospital: el cielo italiano, unos árboles, una nube.
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Y, sin embargo, A pedazos no es un libro deprimente, aunque sí transmite la indignidad del achaque. Esa humillación. Un tema que Kureishi ya había tratado en la ficción Nada de nada: la historia de un cineasta que conoció la gloria y que, postrado en una silla de ruedas, le pedía a su esposa que se desnudara frente a él porque “puede que con los años el deseo sexual decline, pero he aprendido que la libido, como Elvis y los celos, nunca muere”.

El libro también se pregunta cómo se sostiene el deseo cuando el cuerpo no responde. Y dedica especial atención a médicos y enfermeros, que de pronto se convierten en personajes centrales de una vida: el cuidado, la solidaridad, el pudor perdido frente a un cuerpo invadido, la dignidad puesta a prueba. Si la tragedia es física, el desgaste es emocional. Una bomba expansiva —dice Kureishi— que hizo pedazos también a quienes lo rodean: su pareja, sus hijos, sus amigos. Todas las relaciones quedan sometidas a una renegociación. Una familia entera se reconfigura cuando uno de sus miembros cae.
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También están las visitas. El visitante ideal, escribe, es el que se queda como mínimo una hora. Y sus preferidos son los egocéntricos: los que hablan de sí mismos y llevan así el mundo exterior a habitaciones de té turbio.
“Si los pensamientos no se verbalizan pueden convertirse en monstruosos”, decía el autor de Mi oído en su corazón. Por eso este libro está escrito con todos sus monstruos vivos: rabia, envidia, frustración, miedo, resignación. Casi nada de autocompasión. Es un libro escrito con la verdad, como si fuera un extra de su propia vida: de esa vida tal como la conocía antes de ese paseo en Roma.
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También es un libro que funciona como memorias sobre la vocación. Ese destino que te elige. Sobre lo que pasa cuando un escritor ya no puede escribir y tiene que dictar, desesperado por la lentitud del proceso, por depender de otro cuando antes eran la pluma y él, uña y carne, mente y cuerpo. El límite físico aparece justo ahí donde estaba el centro de una existencia: poder sostener un lápiz se vuelve en la máxima ambición.
Y, sin embargo —spoiler—, mantiene ese espíritu que me cautivó cuando lo leí de más joven: Hanif Kureishi, con todo, va siempre hacia adelante. Porque escribir nunca fue tan importante para él como ahora.
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