
La vida en familia puede ser trágica. Sí, trágica. Sé que puede sonar fuerte, pero para la protagonista de la novela de Amélie Nothomb, no lo es. Qué te ignoren es muy feo. Es doloroso. Y más si sos una nena chiquita que lo único que quiere y necesita es que la quieran y la cuiden. El libro de las hermanas (Anagrama, 2022) nos habla de eso y de mucho más. Explora la indiferencia de los padres hacia su hija mayor Tristane y del inmenso amor entre hermanas. Por momentos no se entiende de qué va la historia, hacía dónde quiere ir. Es rara. Parece que es una broma o algo así. Pero después se comprende un poco más y decís ¡ahhhh!, eso era.

El libro de las hermanas
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Hay algo de realismo mágico en el relato de la autora belga. Lo que sucede resulta ajeno, curioso, por momentos estrambótico, como si nos estuvieran contando una película fantástica, donde algunos personajes son superdotados y otros no. Y esa particularidad me hizo acordar mucho a Matilda, esa nena precoz e hiperinteligente, rechazada por sus padres y su hermano, hasta que una maestra repara en ella y ahí la cosa se pone buena.
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Familia muy normal
Nora y Florent son una pareja que se ama y mucho. Tanto, que no existe nada alrededor más que ellos y su relación. Y si bien nunca se les había ocurrido tener un hijo, alguien les dijo que por qué no lo hacían y ahí nació la preciosa Tristane, una niña increíble pero invisible a los ojos de sus progenitores.
Pronto la bebé advierte que no hay lugar para ella y así crece con la mínima atención. A los pocos meses de edad su papá le pide que no llore y ella nunca más lo hace. Aprendió a hablar, a leer y a escribir sin la más mínima ayuda y con dos años y medio fue enviada a pre-escolar.
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“La maestra se fijó en las capacidades de Tristane. ¿Quién te ha enseñado a leer y escribir, tu padre o tu madre? No, he sido yo sola. ¿Y ellos lo saben? No. ¿Por qué? Prefiero quedarme con Usted”.

La nena se comportaba como adulto y, para complacer a sus padres, hacía todo lo que ellos indicaban al pie de la letra. Tal vez esa fue la única manera que encontró de no molestarlos, de no pedirles nada. “Hablas muy bien Tristane! ¡Bravo! Se esforzaron en olvidar que su hija había esperado a dirigirles la palabra hasta que ellos la invitaron a hacerlo. Una cortesía tan demencial debería haberles proporcionado una pista sobre el complejo de su descendencia: el miedo a molestar”. Porque a la pobrecita no le daban ni bola.
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Dueña de una inteligencia única, evidente para todos menos para sus padres, la pequeña se sentía poca cosa. Pero un buen día la vida dio un giro inesperado. El nacimiento de su hermana Laetitia hizo que el escenario cambie por completo. Entre ellas se forjó un vínculo invencible y a diferencia de la protagonista, la hermana menor creció sintiéndose amada ya que su hermana mayor se esforzó cada día en darle todo el amor que ella nunca recibió.
“En brazos de mamá había un bebé minúsculo. Hola Tristane. Te presento a Laetitia. Es tu hermana. La he hecho para ti. Con el corazón latiendo hasta romperse, Tristane acogió en sus brazos los tres kilos más preciosos del universo. Dos almas se descubrieron y resonaron la una en la otra. Dos planetas se alienaron de manera exacta que, audible solo para esas criaturas se elevó una música que nunca se apagaría. (…) Entre Trsitane y Laetitia se produjo el amor en sentido absoluto, el amor fuera de toda categoría, un fenómeno tanto más potente por cuanto no está catalogado. Todo el amor y toda la libertad al mismo tiempo: era algo que escapaba a la alteración de las clasificaciones. (…) Laetitia nunca sentiría la angustia de no ser amada…”. Así las cosas, las hermanas del libro crean un lazo fuera de todo límite, capaz de sostenerlas, impulsarlas y protegerlas, lejos de cualquier hostilidad e indolencia.
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Superdotadas y sosos
Las chicas tienen un don especial. Tal vez la mayor es la que más se destaca, pero la menor no se queda atrás. De una sabiduría rotunda para sus pocos años, Tristane es casi sobrenatural. Piensen que aprendió todo el lenguaje antes de hablar, leía y escribía antes de los tres años y era capaz de interpretar cada uno de los gestos y de los silencios de cualquiera a su alrededor. Una genia. Su hermana también es inteligente, aunque no tanto, pero tiene un brillo que la vuelve refulgente, tenaz y decidida, capaz de con solo 8 años formar una banda de rock que se transformará en el destino de su vida.
En contraste, el padre y la madre se muestran como personas más bien comunes, convencionales y bastante sosas, incapaces de comprender lo extraordinario que habita en sus hijas.
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El libro de las hermanas es como un juego de opuestos que muestra el reverso de la familia ideal: un canto a la relación entre hermanos, pero también el relato de la decidia parental y cómo esta deja marcas indelebles en la mente y el alma de los hijos. Es una alabanza al amor fraterno, pero también es una foto de la desoladora apatía de los padres hacia su prole y las terribles consecuencias que eso puede traer en la vida de ambos.
Y tal vez sea en los rincones de esas luces y sombras donde encontremos el porqué de una trama atractiva y seductora donde también hay espacio para la ternura y las reflexiones sobre otras cuestiones como los excesos, las adicciones y los problemas alimenticios.
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Con humor y sagacidad, la autora se las ingenia para revelar el valor de las palabras, a la hora de moldear una identidad o un destino en la vida familiar. “¿Cuándo comprenderás que las palabras solo tienen el poder que les des tú?”, dijo la prima de Tristane como un sortilegio contra toda sentencia parental. Y tiene razón.
Y al final, la fábula de Amélie Nothomb no es otra cosa que una gran meditación sobre la existencia, sobre la imposibilidad de algunas relaciones y sobre el amor que nos salva a todos. Y como corolario deja un mensaje amargo que provoca: no todo el mundo debería ser padre o madre. “¿Cómo es posible que un amor tan grande como el de nuestros padres haya desembocado en un desastre semejante?, pregunto ella. No solo desembocó en este desastre. También nacimos nosotras de él. Nuestro amor vale más que el suyo. Sin ser consciente, Laetitia acababa de liberar a su hermana de su maldición. Tristane se sintió tan libre que se quitó las gafas; no veía muy claro, pero en su interior, la vista era perfecta. Tristane quemó la carta materna. Laetitia aplaudió.”
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